Agustín Cueva y el desarrollo del capitalismo en América Latina – Fabrizio Lorusso, Revista Diálogo Antropológico, UNAM, 2004

[Reseña académica de Fabrizio Lorusso: “Agustín Cueva y el desarrollo del capitalismo en América Latina”, Diálogo Antropológico, Año 02, Num. 8, revista del Inst. de Inv. Antropológicas de la UNAM – México, jul./sept., pp. 43-52 – link artículo original]

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AGUSTÍN CUEVA (Ibarra, Ecuador, 1937-1992)

 1 – Notas sobre el contexto intelectual e histórico

Agustín Cueva fue ensayista, crítico literario, sociólogo y catedrático universitario. Autor de “Entre la ira y la esperanza”, texto polémico, en el que, desde la perspectiva marxista, revisa y cuestiona ciertos momentos de la cultura nacional ecuadoriana. Su obra más conocida, “El desarrollo del capitalismo en América Latina” ha superado las quince ediciones en su difusión continental y mundial, habiendo recibido el Premio Ensayo Siglo XXI; en 1991 el gobierno mexicano le otorgó el Premio Nacional “Eugenio Espejo” en reconocimiento a la totalidad de su obra. El novelista Fernando Tinajero, expresa:“ (…) alguien podría distinguir en la obra de Agustín una vertiente sociológica, otra de carácter político y una tercera de crítica literaria -sin descartar que alguien más pueda hablar todavía del Cueva historiador, mencionándolo acaso entre aquellos que han dado rigor científico a las tareas de la historia que se desarrollan entre nosotros[1]”.

Voy a trazar un breve cuadro introductivo para esbozar la evolución del contexto académico y del debate prevaleciente en América Latina durante los periodos que precedieron y los que formaron al Cueva sociólogo. Se dan también unas referencias históricas concretas para comprender la época de Cueva y su entorno.

Los aportes en el pensamiento social dentro de América Latina se dan ya avanzado el siglo XX. Durante la dominación colonial se “importan” de la metrópoli y, durante el primer siglo de vida independiente, esto no cambió radicalmente: los aportes de pensadores latinoamericanos “…se medían por su erudición respecto a las corrientes europeas de pensamiento y a la elegancia con la cual se aplicaban las ideas importadas a nuestra realidad[2]. Este tipo de pensamiento se ajustaba perfectamente a las necesidades de las clases dominantes. Por ejemplo, el liberalismo proporcionó la justificación adecuada al ciclo de reproducción del capital que constituía la base de su propia reproducción como clase: las oligarquías, integradas por terratenientes y comerciantes, encontraban su razón de ser económica en el intercambio de materias primas por manufacturas. En el plano político, el laisser faire se adaptaba mal al carácter de la organización nacional, el sistema de poder político-económico excluía a la mayor parte de la población y al mismo tiempo un estado altamente centralizado estaba forjándose. El mayor o menor desarrollo económico favorecía cierta diversificación social e introdujo grados variables de flexibilización en la vida política, sin poner en riesgo el carácter oligárquico de este. La búsqueda de justificaciones para el mantenimiento del orden llegó con el positivismo, el retraso de las sociedades latinoamericanas estaba justificado por la mezcla de razas, este racismo imperante llegó a extremos curiosos, desde la propuesta de exterminio y la migración europea para superar esta supuesta inferioridad, hasta la exaltación del mestizaje por parte de algunos pensadores en busca de explicaciones más objetivas.

            Es a partir de los años veinte que se da un cambio cualitativo en todos los planos de la vida social latinoamericana. Enmarcados en el contexto de la prolongada crisis capitalista, la cual desorganiza el mercado mundial basado en la división simple del trabajo y que acabará por conducir a la segunda guerra mundial, se abrieron en los países de América Latina espacios para el inicio de un proceso de industrialización, cuya contrapartida es la creación de un mercado interno, el cual impacta sobre la diferenciación de clases y la toma de conciencia por éstas de sus intereses. Los movimientos de clase media y de la clase obrera impusieron nuevas alianzas sociopolíticas, radicalizando las contradicciones entre la oligarquía agrario-comercial y la burguesía industrial y llevando, en la mayoría de los casos, a nuevos tipos de Estados, basados en el nacionalismo y en pactos sociales menos excluyentes. Valiéndose de la teoría marxista, los intelectuales latinoamericanos trataron de establecer sobre bases firmes una tradición original e independiente en la doctrina y teoría sociales de la región y, al mismo tiempo, en la economía se registran los notables aportes relacionados con el pensamiento de la CEPAL y, luego, con carácter más interdisciplinario, los fautores de la teoría de la dependencia. El difícil acceso a una ciencia social crítica, centrada en la problemática de las estructuras económicas, sociales, políticas e ideológicas, finalizaron; a partir de allí la producción teórica latinoamericana ha ido abriendo nuevas perspectivas para la comprensión de su misma realidad continental. Es a mediados de los años setenta cuando la obra de Antonio Gramsci comienza a ser recurrente en el discurso teórico y político en América Latina. Los golpes militares en el cono sur mutilan los proyectos políticos progresistas que se estaban gestando y comienza a hacerse un cuestionamiento de la teoría marxista, la cual fue uno de los principales sustentos teóricos e ideológicos de estos proyectos, así Gramsci será una de las nuevas fuentes que propicien esa reflexión. En Europa, al mismo tiempo, hay un creciente cuestionamiento hacia el socialismo, con lo que se busca superar las deformaciones que éste ha tenido y asimismo crear una opción de socialismo democrático para el mundo capitalista desarrollado: el “eurocomunismo”. En América Latina, después del derrocamiento de Allende en Chile en 1973, algunos intelectuales consideran la opción de que es posible lograr la hegemonía a través de la lucha electoral. Gramsci, siendo uno de los inspiradores de una de las principales corrientes neo-marxistas en Europa, es retomado por partidos políticos y un gran número de intelectuales latinoamericanos, los golpes militares del cono sur propiciaron de alguna manera el redescubrimiento de Gramsci, ya que al emigrar los investigadores de ciencias sociales, en mayoría argentinos y chilenos, traían ellos consigo la influencia del llamado “marxismo olvidado” (Luxemburgo, Lukacs, Bujarin y otros, entre los cuales Gramsci era el más conocido) y convirtieron en lenguaje común conceptos como hegemonía, sociedad civil, bloque de poder y guerra de posiciones dentro de las ciencias sociales. A pesar de estas consideraciones, al mismo Cueva subraya un cambio importante en la evolución de las ciencias sociales latinoamericanas a partir de la mitad de la década de los setentas. “La sociología radical, totalizante, crítica con una perspectiva centrada en el subdesarrollo y la dependencia y provista de una propuesta explícita de cambio estructural de nuestras sociedades, que caracterizó al periodo que aproximadamente va de 1965 a 1975, no sucumbió ante el solo peso de sus contradicciones (que por supuesto las tuvo), sino que fue víctima de una de las contrarrevoluciones culturales (y desde luego políticas) más violentas de la historia latinoamericanas”[3]. Se asiste entonces a una obra de censura académica y política tout court, una forma de represión más o menos explícita con un declino de la sociología radical y revolucionaria. Es justamente en este periodo, exactamente en 1977, y en este contexto que Agustín Cueva, profesor e investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos en ese entonces, pública su obra principal sobre la cual decidí enfocarme para el análisis historiográfico, “El desarrollo del capitalismo en América Latina”, un texto que considera la historia de América Latina en los aspectos económicos y políticos que permitieron el peculiar desarrollo de las formas de producción capitalistas como prolongación de la acumulación realizada en escala mundial. Su visión y su enfoque teórico resultan dialécticos y universales, cercanos a una interpretación materialista y marxista ortodoxa de la realidad histórico-social, aunque su propuesta no es la de una historia económica completa sino la de establecer unas líneas definitorias para la investigación, es decir un análisis de los procesos, condiciones y fases generales que caracterizaron el nacimiento y difusión del particular modo capitalista en América Latina.

            La obra de Cueva integra y explicita una visión totalizadora del camino histórico, incluyendo y adaptando a la concreta realidad latinoamericana una teoría general de la historia de corte marxista y materialista: el uso de las categorías y conceptos marxistas no decae en el manierismo y en la mecánica  referencia priva de contenido, sino que retoma vigor y credibilidad gracias a una metódica labor de adaptación ad hoc al contexto latinoamericano, a la declinación de los referentes categóricos activa y fundamentada por la investigación económica e histórico-política. Su esfuerzo de periodización no se inscribe en un mero ejercicio teórico de división instrumental del devenir histórico, ni en la búsqueda de enunciados esquemáticos y reduccionistas sino que se basa en cada caso en un análisis estructural de las condiciones económicas y de las consecuencias sociales y políticas relacionadas: se trata del camino accidentado y original que las formas de producción han ido siguiendo a lo largo de los últimos cuatro-cinco siglos. La reflexión en términos de una teoría general de la historia tiene que ver directamente con la presencia de la lucha de clase como motor fundamental del movimiento histórico-económico que es generada y a su vez contribuye a modificar las relaciones productivas en un contexto de desigualdad de condiciones y situaciones entre regiones y sistemas productivos. Tomando cierta distancia del revisionismo histórico de Les annales, bajo la dirección de Fernand Braudel hasta el 1968, Agustín Cueva se rehace al marxismo ortodoxo para la explicación básica de las formas de nacimiento del capitalismo y de la acumulación originaria, fundadas en la explotación de la fuerza de trabajo y, sobre todo, en la progresiva separación entre medios de producción y trabajo. En otras palabras, se identifica el origen de la acumulación originaria con el nacimiento del trabajador asalariado sin medios de producción, el cual solamente puede ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo, prestada o vendida al capitalista, dueño de los medios productivos. La visión braudeliana se refiere a las asimetrías informativas en mercados no reglamentados y a la posibilidad de especulación sobre los precios de las mercancías como motores originarios del nacimiento del capitalismo: no habría entonces capitalismo sin el desarrollo precedente de mercados llamados de Tipo B, osea de mercados libres y de espacios que no recaigan bajo el control del  estado y permitan la especulación[4].

            El mismo Agustín Cueva reconoció que sus fuentes principales tenían una proveniencia más filosófica y literaria que sociológica: Jean-Paul Sartre, Roger Garaudy, Lukacs, Lucien Goldmann, Paul Nizan, todos autores comprometidos en la vida política de su época y de clara orientación humanística[5]. Es importante destacar que él se inició en la literatura y la filosofía, ya que el humanismo, declinado en su sensibilidad hacia las raíces nacionales profundas del Ecuador, el sentimiento de un pasado perdido y en gran parte interrumpido por el choque colonizador (él tuvo el remordimiento de que nunca pudo hablar quechua, el idioma de su tierra natal) que desembocaba en un vacío existencial típico de la entera e insegura identidad ecuatoriana, fueron elementos que lo llevaron a adoptar cierta postura y actitud frente a la realidad social latinoamericana de su tiempo.   Muy comprometido con los problemas de su país y gran conocedor de la historia ecuatoriana, tuvo que abandonar el Ecuador por razones políticas y trasladarse a México. Fue también un agudo crítico de las posiciones políticas hacia las cuales se comprometía y se orientaba: criticó a las agrupaciones de izquierda de su país considerándolas incapaces de cuestionar seriamente el orden establecido, en el marco de una generalizada inseguridad de identidad y planteamientos[6]. En este ámbito podríamos colocar el cuadro que Cueva traza en su trabajo “El proceso de dominación política en Ecuador[7]”, un breve e intenso estudio de la sociedad y la política de su país, centrado en la larga carrera del caudillo José Velasco Ibarra. Éste, con sus cinco victorias electorales y su movimiento insurgente, supo juntar a las figuras del profeta, sacerdote y guía imaginaria de las capas más bajas del proletariado. A través de esta figura simbólica y paternal, las masas han mantenido una ilusión de participación en la vida nacional; en realidad, luego de 40 años, quedan aún en un estado de extrema marginalidad[8]. El fuerte espíritu crítico de Cueva es evidente en sus dos grandes polémicas sobre la dirección y el compromiso de las ciencias sociales y con la teoría de la dependencia. Con respecto a esta última destaca que, a diferencias de los dependentistas, nunca había pretendido elaborar una teoría del desarrollo capitalista única y exclusiva para América Latina, sino que trató de introducir, en el marco general del marxismo, enfoques interpretativos más congruentes para la región (y no teorías aparte)[9]. La única fuente con que cuenta América Latina es ella misma con sus relaciones sociales y por ello Cueva considera importante conocer tanto las condiciones históricas del establecimiento de un precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, origen de la explotación, como las relaciones políticas y asociativas a través de las cuales la clase trabajadora resiste y ha resistido a este sistema.  Los acontecimientos de los años cincuentas y sesentas en la región, así como el  estudio de casos nacionales y de los desequilibrios y peculiaridades de cada país, abren para Cueva grandes interrogantes: por ejemplo, por qué fue posible una revolución obrera en 1952 en Bolivia y no lo fue en Guatemala en condiciones que aparecían semejantes, o por qué se consolidaron proyectos capitalistas fuertes en México o en Argentina y no en Haití. Finalmente su obra no estigmatiza una visión única y definitiva en la cual el conjunto de la región aperezca como una masa indistinta e incolora.

            Voy a tratar ahora el análisis y la recensión de su obra principal, a través de citas y notas, para poder identificar concretamente y coherentemente los puntos, ya esbozados antes, del pensamiento de Agustín Cueva, con referencia sobre todo al materialismo y marxismo como métodos, y para colocar y justificar al Cueva sociólogo e historiador económico en su contexto, ubicándolo en su época[10] y reconstruyendo de esta forma su formación y sus posiciones.

2 – Análisis de “El desarrollo del capitalismo en América Latina”

 

Partiendo desde el supuesto de que “…la plena incorporación de América Latina al sistema capitalista mundial, cuando éste alcanza su estadio imperialista en el último tercio del siglo XIX, no ocurre a partir de un vacío, sino sobre la base de una matriz económico-social preexistente, ella misma moldeada en estrecha conexión con el capitalismo europeo y norteamericano…[11]  el autor empieza a esbozar y definir las dimensiones y las consecuencias del hecho colonial. Cabe notar la influencia del mismo Lenin[12] en el marco de las fases del desarrollo capitalista que en su estadio supremo llegarían al imperialismo, elemento que el autor ya individua y describe con respecto a la experiencia latinoamericana. Se declina el concepto de acumulación originaria de tipo marxista a la realidad continental para poder explicar la inserción de América Latina en el sistema internacional. “Si con algún movimiento fundamental de la historia ha de relacionarse la colonización de América Latina, es con la acumulación originaria en escala mundial…[13] y luego refiriéndose directamente a los estudios de Marx en el tomo I, volumen 3 del capital “…el excedente económico producido en estas áreas…se extorsionaba al productor directo por vías esclavistas y serviles…” para luego convertirse en capital solamente al exterior de los países colonizados y causar una suerte “des-acumulación originaria” significativa en la explicación del atraso latinoamericano. La obra de Cueva no quiere utilizar categorías y referencias preconstituidas y fijas sino que trata de adaptar y llenar su contenido en una disertación sobre América Latina, con sus palabras “…conviene aclarar que cuando hablamos en término marxistas del modo de producción esclavista o feudal no estamos manejando tipos ideales construidos con los “rasgos” más significativos del “modelo” europeo…[14].  Cueva retoma más de una vez el tema de la debilidad y dependencia extrema de las naciones latinoamericanas antes y después de la independencia, “La configuración estructural que venimos analizando es la que permitió también que las burguesías de los países más desarrollados cometieran abusos contra nuestras débiles naciones y determinó en gran medida la forma de tales abusos, es decir, la vinculación concreta de América Latina con el capital metropolitano[15]”. Es el mismo argumento ya encontrado en la primera página, en el exordio del mismo texto, con una citación desde la Dialéctica de la dependencia de Marini mientras ahora habla el mismo Cueva en términos de metrópoli y colonia, lo que Braudel llamaría centro de la economía-mundo y periferia, y de vinculación de una región a los intereses de las clases dominantes, es decir las burguesías ya de tipo industrial, de los países desarrollados y colonizadores. Siguen, ya en el segundo capitulo, fuertes referencias a los motores ideológicos de las grandes potencias que presuponen que “…todo pueblo colonizado carece de historia; por definición no la posee, ya que tal categoría es un atributo de la civilización y no de la barbarie[16]”. Pese a que hoy en día podríamos considerar tales afirmaciones como bastante tajantes y parciales, debemos evaluarlas en su contexto y comprendiendo el sentido crítico del autor hacia la situación muy dramática en que se encontraba su país y todo el continente latinoamericano en los años setenta, con las repercusiones negativas de la crisis mundial bajo la mirada de todos y la tiranía de un sistema internacional que parecía destrozar cualquier intento de desarrollo equitativo.

            Muy importante resulta ser el problema del método que el autor plantea para su análisis de las fases históricas del camino capitalista en América Latina, subrayando que “El enfoque que venimos realizando permite además reformular el problema de la periodización de la historia de América Latina, en rigor irresoluble en términos puramente cronológicos. La fase denominada de “anarquía”…corresponde en términos generales al desarrollo de una estructura que partiendo de una situación de equilibrio inestable de diversas formas productivas llega a una situación de predominio relativamente consolidado del modo de producción capitalista” y además “Queda por analizar en cada caso concreto la forma de tal predominio, que no necesariamente es sinónimo de una extensión del modo de producción capitalista en la totalidad del cuerpo social…[17]. En este paso el autor está trazando las peculiaridades del desarrollo capitalista de la región, una difusión y estagnación lenta e irregular de formas de producción distintas entre manchas, más o menos extensas, de capitalismo mercantil, industrial y luego financiero-especulador. Cuando estas manchas logran difundirse y dominar el sistema económico y productivo hay una evolución diferente del proceso histórico en fases sucesivas y no definibles estáticamente con fechas o subdivisiones provenientes de otras realidades. Hay un esfuerzo constante de síntesis y relación entre los aspectos económicos y super-estructurales, los factores políticos, sociales y de clase, sin excluir la coyuntura y el accidente como elementos susceptibles de relevancia concreta y determinante. Su materialismo histórico, visto como metodología general, no se va reduciendo a un mero “economicismo” univoco sino que se nutre de una consideración del papel de la sociedad y sus instancias. Me parece muy significativa en su visión historiográfica la cita siguiente desde el capitulo tercero: “Las masas hacen la historia, pero no son ellas las que la escriben. Hasta el momento en que el proletariado logra constituir su partido, y por tanto organizar su propia memoria, ésta constituye el patrimonio exclusivo de las clases dominadoras, que aún después de rota esta exclusividad siguen imponiéndonos, como línea hegemónica su representación del devenir histórico[18]. Cueva reconoce el poder y la fuerza revolucionaria de las masas, verdadero motor del cambio histórico identificable en la misma lucha de clase que éstas protagonizan, pero también ve el peligro de que la interpretación de las luchas y del movimiento históricos puedan ser fácilmente manipulados por la clase dominante; la hegemonía hace la historia, la minoría puede así determinar cuál será la memoria colectiva e intergeneracional, qué será lo que formará a los futuros intelectuales burgueses portadores de esquemas compatibles con el sistema vigente. Solamente el nacimiento de un partido, concretización de una conciencia de masa institucionalizada por una vanguardia, junto al crecimiento y formalización de una ideología contrapuesta, de una estrategia común, de una educación conciente, logran el cumplimiento de una tarea reconstructiva fundamental: el avance de una nueva memoria de masa para las masas y desde un nuevo, distinto punto de vista. Luego de ahí la lucha constante para el reconocimiento, en términos hegelianos, que representa el desafío para las corrientes anti-burguesas que brotan de cuerpos sociales cada vez más definidos, concientes  y comprometidos. Una declinación de estos conceptos se encuentra por ejemplo en el capitulo sobre lucha de clase: “Por sí sola la visión histórica del campesinado (latinoamericano) es incluso insuficiente para estructurar un proyecto coherente y global de reordenamiento de la sociedad[19]”. Otra cita fundamental para entender el pensamiento de Cueva, en su vertiente casi determinista, se halla en el capitulo cuarto cuando se afirma que “…la historia no puede repetirse es una de esas verdades a medias…”“Es cierto que la historia nunca se repite “al pié de la letra”, mas ello no impide que exista un cierto número de regularidades estructurales, y por lo tanto de repeticiones que no son más que expresión de las leyes que rigen la conformación, el funcionamiento y el desarrollo de cada modo determinado de producción[20].  Al interno de un sistema teórico totalizador, dotado de leyes generales que no se manifiestan “en estado puro”, ha de considerarse la articulación de cada cultura material, de cada modo de producción, “…la vinculación entre formaciones sociales con distintos grados de evolución y un sinnúmero de factores más que es necesario examinar en cada caso concreto…[21]”. Dicho problema relacionado con la investigación y la elaboración histórica se refiere entonces a la relación dialéctica entre tres dimensiones básicas señaladas: lo universal, lo particular y lo singular. En este capitulo, que trata de la acumulación originaria, se encuentran numerosos puntos teóricos relacionados con el marxismo y con la visión del mismo Agustín Cueva sobre el nacimiento del capitalismo o modo de producción capitalista “…que sólo puede implantarse sobre la base de dos premisas que tienen toda la fuerza de una ley: la constitución de la propiedad capitalista de los medios de producción y la creación de una mano de obra “libre”, es decir liberada de toda propiedad…(osea) en el establecimiento de un divorcio entre el productor directo y los medios de producción, “secreto último” y por lo tanto concepto de la denominada acumulación originaria[22]. Se reconoce aquí la existencia de leyes fundamentales que, aunque tengan el riesgo de imponer un determinismo histórico a priori, quieren fundamentar un discurso sobre los motores del proceso que lleva a fases sucesivas en el desarrollo de los modos productivos, que, a su vez, mueven e influencian a las estructuras políticas y sociales en una incesante dialéctica. El materialismo histórico “cueviano” reluce por ejemplo tratando la implantación de regímenes oligárquicos en América Latina, la cual “Obedece, sin la menor duda, a la conformación de un nuevo tipo de estado acorde con las necesidades, también nuevas, de la evolución económica y social de nuestro países. Tal estado, que en síntesis no es sino la expresión de un proceso de acumulación originaria de poder capitalista, con la consiguiente concentración del mismo…[23]”. Se refuerza la idea de una estructura económica y social determinante en el juego de fuerzas que conforman al nuevo estado latinoamericano así como se renueva la percepción, aplicada al caso especifico, de la tendencia a la concentración del poder monopólico del capital, cada vez más inclinado a la concentración gracias a la “coacción extraeconómica estatal[24]”.

            Una última cita que quisiera destacar para concluir este breve ensayo sobre la obra de Agustín Cueva se refiere a su posición, entre estructuralismo populista y marxismo dependendista, en el debate sobre el desarrollo económico y a la interpretación del autor sobre su mismo trabajo en el papel de historiador latinoamericano; tratando el periodo de la posguerra, hace notar que a pesar de que América Latina “… siguió dependiendo en última instancia del sector primario exportador y de sus avatares en el mercado internacional…[25], se precisa que “Los grandes acontecimientos de la historia mundial constituyen desde luego el marco obligatorio de referencia, puesto que nuestra historia particular está inserta en aquella; pero cabe recordar que esta inserción no se da en forma pasiva sino con su propio dinamismo. En este sentido nos parecen extremadamente controvertibles aquellas posiciones teóricas que a partir de un hecho cierto, cual es la situación de dependencia, consideran que la historia de nuestras naciones es un mero reflejo, positivo o negativo, de lo que sucede afuera de ellas[26].

[1] www.literaturaecuatoriana.com/paginas/ensayo.htm

[2] Marini, Ruy Mario, “Origen y trayectoria de la sociología latinoamericana” en La sociología contemporánea en México.

[3] Cueva Agustín, “Sobre exilios y reinos (Notas) sobre la evolución de la sociología sudamericana” en la revista Estudios Latinoamericanos , volumen III, año 3, enero-junio de 1988, número 4, CELA, Facultad de Ciencias. Políticas, UNAM.

[4] Braudel, Fernand, El nacimiento del capitalismo , Ed. Mulino, 1988.

[5] Cueva, Agustín, Entre lauoj ira and the esperanza , Ecuador, Planeta, 1987.

[6] Sosa Elízaga, Raquel, “Agustín Cueva en la memoria” en Marini, Ruy Mario y Millán Margarita coord., La teoría social latinoamericana, La centralidad del marxismo , tomo III, Caballito, UNAM, México DF 1995.

[7] El proceso de dominación política en el ecuador . Cueva de agustín. New Brunswick (NJ): Transaction Books, 1982.

[8] http://www.foreignaffairs.org

[9] Cueva, Agustín, Teoría social y procesos políticos en América Latina , México, Edicol, 1982.

[10] metodología Segun Propuesta en los muchas Sesiones didácticas y en De los Ríos, Norma, “Caio Prado Jr.: a. Historiográfica lectura” contenido en Marini, Ruy Mario y Millán, Margarita coord .., La Latinoamericana de la teoría social , Volumen I, Los orígenes, Ediciones El Caballito, México DF, 1994.

[11] Cueva, Agustín, El desarrollo del capitalismo en América Latina , Siglo XXI, Edición XI, p. 11-12. Todas las referencias al texto están en el carácter cursiva y siguen la indicación de la obra citada.

[12] Vladimir Lenin, Imperialismo La etapa superior del capitalismo , 1917. Véase Lenin Internet Archive (marxists.org) 1999 en http://www.marxist.org .

[13] Ob. cit. P. 13.

[14] Ob. cit . p. 15.

[15] Ob. cit . p. 26.

[16] Ob. cit . p. 31.

[17] Ob. cit . p. 41.

[18] Ob. cit . p. 48.

[19] Ob. cit . p. 152.

[20] Ob. cit . p. 65.

[21] Ob. cit . p. 65.

[22] Ob. cit . p. 66.

[23] Ob. cit . p. 130.

[24] Ob. cit . p. 136.

[25] Ob. cit . p. 193.

[26] Ob. cit . p. 147.

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