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Guantánamo de Calabria: carta de Cesare Battisti desde la prisión

 23/06/2021  Di: , ,

Por Cesare Battisti desde Desinformémonos

Traducción de Alessandro Peregalli e Rodrigo Ardissom de Souza

El pasado 16 de mayo, Cesare Battisti, el ex militante comunista italiano que se exilió en Brasil y que fue extraditado a principios de 2019 desde Bolivia a Italia, escribió una carta desde la cárcel de Rossano Calabro en el periódico digital italiano Carmilla, donde cuenta por primera vez los detalles de la extradición ilegal de la que fue víctima y el papel que jugaron los gobiernos italiano, brasileño y boliviano en esta ocasión, subrayando la que considera una “traición” del entonces gobierno boliviano de Evo Morales y sobre todo del ex vicepresidente Álvaro García Linera. También trae a colación su elección de declararse culpable. En esta carta, Battisti recuerda que el fundamento jurídico de su asilo no fue la inocencia o la extrañeza de los hechos violentos de los que fue autor su grupo político de entonces, el Proletari Armati per il Comunismo (PAC), sino por el carácter político de estos delitos y la persecución política de la que fue víctima en Italia. La carta también ofrece a Battisti la posibilidad de reflexionar, de forma crítica y autocrítica, sobre la fase dramática de los llamados “años de plomo” en Italia, que define como “la degeneración de un 68 reprimido con sangre, que duró 15 años”. Un período de la historia que el gobierno italiano, a través de su tratamiento ilegal y perjudicial de los derechos humanos más básicos que somete al propio Battisti, parece no saber ni querer superar (Alessandro Peregalli e Rodrigo Ardissom de Souza).

Quisiera decir de antemano que los siguientes puntos, que se refieren a algunos pasajes importantes de mi historia personal, no pueden ser exhaustivos, ni pretenden serlo. Sólo se trata de responder, aunque de forma fragmentada, a las preguntas más frecuentes que me han hecho hasta ahora quienes, a pesar de la intoxicación mediática, no han renunciado a querer entender. También los datos que ofrezco sólo pueden ser parciales, pero la intención es proporcionar información básica que pueda ayudar a los interesados a sacar sus propias conclusiones. Perdonen, pues, la discontinuidad, más allá de una redacción sin pretensiones de aparecer públicamente tal cual es. Y, en cualquier caso, dadas las circunstancias, no me hubiera sido posible un discurso lineal y en profundidad. Por esta razón, remito a los interesados a mis escritos en Carmilla o a consultar el manuscrito de mi último libro que está actualmente siendo editado por “Le Seuil” de Francia.

Es para mí natural, pero también obvio, empezar desde mi prisión en Italia. Durante mis 20 meses de aislamiento en Oristano, de los cuales nada más 6 fueron en estado semi legal, alimenté la esperanza de que tarde o temprano la Institución entendería que no se puede castigar o vengarse imponiendo a un veterano de los años 70 el estatus de prisionero de guerra de facto. Esto es lo que sugiere la privación de derechos establecida por las leyes nacionales y por las normas del derecho internacional. Ante las solicitudes formales de motivación de tratos inhumanos, alegando medidas de seguridad sin precedentes, que además se aplican con 41 años de retroactividad, el Estado responde literalmente: “la documentación solicitada ha sido retenida del derecho de acceso”. Pero entonces, uno se pregunta, ¿cuál es la posible defensa? Esta es la razón por la que me puse en huelga de hambre en Oristano.

En respuesta, el Estado, irritado, me trasladó a la peor prisión de Italia, colocándome a la fuerza en la sección ISIS-AS2. Esto, a pesar de las amenazas pasadas y actuales proferidas por los diferentes frentes yihadistas contra mí. Pero si Cesare Battisti ha sido destinado por la Autoridad Judicial a la media seguridad, no teniendo el “agravante”[1], ¿qué hace en la AS2? Mi presencia en la sección ISIS implica grandes dificultades y escasos márgenes de supervivencia: sin salir nunca de la celda para la hora de aire; limitado también en la comida, ya que también son del ISIS los trabajadores que la distribuyen; objeto de amenazas a través de la puerta; privado de la computadora para ejercer mi profesión; vigilado a la vista y objeto de CED (medida disciplinaria) a cada atisbo de queja; sujeto a censura, alegando supuesta “actividad subversiva” (sic) y cosas por el estilo, hasta ser obstaculizado también en el derecho a la defensa, establecido por el artículo 24 de la Constitución. Podría reunirme con mis familiares que viven en Italia, una hora a la semana, cuatro veces al mes, pero, dada la distancia de su lugar de residencia y la avanzada edad de mis hermanos, que oscilan entre los 70 y los 80 años, esto rara vez ocurre. A mi familia que vive en Francia y Brasil sólo puedo contactarla mediante videollamadas en mi teléfono móvil una vez a la semana, pero cuando lo hago tengo que renunciar a las visitas. Así, paso meses sin contacto con mis hijos, para los que tengo que pedir noticias por carta, casi siempre retenidas por la censura por estar escritas en un idioma extranjero. Incluso me han dicho que mis hijos deberían aprender a escribir en italiano para tener noticias de su padre. Esto se debe a que el censor tiene dificultades con el francés o el portugués, que son las lenguas maternas de mis hijos. Esto es un trato inhumano no sólo para cualquier preso, sino especialmente para alguien cuyo último delito se remonta a 41 años atrás. Y, por si fuera poco, el ejecutivo de la cárcel se empeña en mantener un nivel de peligrosidad absurdo alimentando un proceso de criminalización constante hasta el punto de justificar el secuestro de mi computadora, gracias al cual estaba terminando una novela sobre el conflicto de Rojava y el drama de los emigrantes. Así, para seguir el dictado de la reintegración a la vida civil.

Demos un paso atrás y lleguemos a mi fuga de Brasil. Las autoridades italianas nunca aceptaron mi refugio en Brasil. El Estado trabajó con todas sus fuerzas, pero también con medios ilícitos como la corrupción y el ofrecimiento de privilegios políticos y económicos, para conseguir mi entrega fraudulenta a cualquier costo. Brasil alberga una gigantesca comunidad de origen italiano, equivalente a 35 millones de ciudadanos. ¡Un país dentro de un país! Esta importante porción de la sociedad brasileña, además de controlar algunos sectores de la economía, tiene una fuerte influencia en el aparato militar de Brasil. Hay numerosas figuras de la dictadura de origen italiano, como el propio Bolsonaro. Pero poco importa si el ex capitán Bolsonaro, incluso expulsado del ejército, él y sus acólitos sean sujetos sin escrúpulos, cuando no claramente criminales al frente de sangrientas milicias. Italia, a través de la Embajada, siempre ha mantenido relaciones privilegiadas con los lobbies militares cercanos a Bolsonaro. Tanto como para empujar a las empresas ítalo-brasileñas a entrar activamente en la campaña presidencial de Bolsonaro. A cambio de esa amistad, Bolsonaro promete mi extradición. Aunque la Constitución se lo impediría -no se puede revocar un decreto después de 5 años de su emisión- Bolsonaro cumplió su promesa. Mediante a la compra y venta de influencias en el Supremo Tribunal Federal, se ignora descaradamente la Constitución y la prescripción de los delitos atribuidos al suscrito, en diciembre de 2018 se decreta la orden de extradición.

El gobierno de izquierda saliente me garantizó el contacto directo con el presidente de Bolivia, Evo Morales, quien permitió personalmente que el fundador del MST, Juan Pedro Stedile, me recibiera en Bolivia con la concesión de refugio político. En una operación combinada entre el PT (Partido de los Trabajadores) brasileño y el Mas (Movimiento al Socialismo) boliviano fui trasladado a Santa Cruz de la Sierra. Aquí me tomó en cargo un emisario del gobierno empleado directo del Canciller. Mientras esperaba los trámites para el refugio, me alojaron en un Centro de Monitoreo: un local perteneciente al Ministerio del Interior, ¡que servía de base para espiar a la oposición a Evo Morales! Allí trabajaban una docena de operadores informáticos con los que mantenía relaciones cordiales. De vez en cuando llegaba algún alto funcionario del Estado, y en esos momentos tenía que quedarme encerrado en mi habitación al final del patio. Enseguida tuve la impresión de que se me vigilaba a cada paso, y no se trataba sólo de fuerzas supuestamente amigas. Cuando la vigilancia se hizo más estricta, se lo señalé al jefe de Gobierno que dirigía el centro, que me respondió de forma evasiva. Cuando estaba seguro de que algo no iba bien, me recogieron a unos pasos del centro, mientras iba a hacer compras. De repente, todos aquellos a los que había sido presentado para la regularización del refugio habían desaparecido.

Aun así, no me desanimé. Por supuesto, pensé en la traición de Evo Morales, pero seguía contando con las leyes bolivianas que excluyen la extradición por delitos políticos y, especialmente en mi caso, porque éstos habían prescrito según las leyes bolivianas. Así que, me dije, por mala suerte que pueda tener voy a estar un tiempo en la cárcel durante el proceso de extradición. Sin embargo, lo que debería haber sospechado era que era justamente un juicio regular lo que Italia quería evitar. Los propios policías bolivianos de Interpol, algunos de los cuales había conocido en el Centro de Monitoreo, parecían bastante avergonzados por lo que iba a ocurrir. No tuvieron dificultad en informarme de que había muchos italianos, brasileños y agentes de otro país, que no quisieron especificar, pululando por allí. Me dijeron claramente que se estaba negociando mi piel y llamaban a sus gobernantes de sinvergüenzas. Comprendí de qué hablaban a la mañana siguiente, cuando un equipo negro con capuchas irrumpió y me llevó al aeropuerto internacional de Santa Cruz de la Sierra.

Colocado y vigilado en una sala cuyas ventanas daban a la pista, observaba las cuestiones burocráticas entre un núcleo de la Policía Federal brasileña y algunos oficiales de la Fuerza Aérea boliviana. Mientras, a menos de 100 metros en la pista, se calentaban los motores del turbohélice de la PF Brasil. Un poco más tarde, seguí al Delegado (Comisario) y a su equipo a bordo del avión brasileño. En un momento dado se produjo una conmoción. Me bajaron y volvimos a la misma habitación. Aquí me tomó la policía boliviana, mientras que los agentes brasileños se fueron sin mí. Por un momento esperé que Evo Morales hubiera dado una contraorden. Una esperanza efímera, hasta la llegada de un numeroso grupo de personas con los colores de Italia al cuello, que me llevaron hasta el avión estatal que nos esperaba lejos sobre la pista. Incluso intenté resistirme: “Es un secuestro”, grité. La respuesta fue desoladora: “¿y qué? Pero esta vez funcionó”. En Bolivia, al igual que en Brasil, la gente clamó por el escándalo y el vergonzoso secuestro permitido por Evo Morales. Hubo protestas e incluso manifestaciones. Obviamente, en Italia no se mencionó nada de esto. Nadie esperaba que Evo Morales, ya desacreditado por las bases de su partido, llegara tan lejos. Pero el que más sorprendió por su cobardía fue el vicepresidente Linera, con su pasado, que desapareció a última hora para evitar de dar explicaciones a los amigos comunes.

Algunos se han preguntado, con razón, si estos procedimientos, que son como mínimo fraudulentos, no pueden ser denunciados a las autoridades internacionales. A este respecto, informo que actualmente hay tres procedimientos previstos contra los delitos mencionados, cometidos por Brasil, Bolivia e Italia. Respectivamente, el primero es un recurso ante la OEA y la ONU por un acto inconstitucional en la anulación de un decreto presidencial de más de cinco años y la separación forzosa de la unidad familiar – mi hijo menor y mi esposa que permanecen en Brasil – , el segundo es un recurso ante la ONU contra Bolivia por secuestro de persona y expulsión ilegal; el tercero es un recurso ante la ONU contra Italia por recibir bienes ilícitos; y un recurso ante el Tribunal Europeo por trato inhumano en prisión. Pero un procedimiento de peticiones internacionales lleva mucho tiempo y me urge salir del infierno de Guantánamo Calabro: no tengo el agravante, ¿qué hago en el AS2?

Me dicen que al leer Indio, mi última novela publicada en Francia, se puede ver entre líneas la intención de tratar con la justicia italiana. Terminé el último borrador de Indio cuando nadie creía seriamente que una persona como Bolsonaro pudiera llegar a ser presidente. Esto para aclarar que algunas de mis reflexiones sobre el futuro incierto del eterno refugiado y perseguido son insospechadas. La desinformación que en los últimos 15 años me ha convertido en el monstruo a abatir, hizo imposible cualquier intento de arrojar luz sobre mi trayectoria político-militante primero, y de refugiado después. Se cuidaron bien que no se revelaran algunos de mis intentos de reconciliación y pacificación con una supuesta nueva realidad social en Italia. Creía que la democracia italiana hubiera madurado, que fuera capaz de afrontar su propia historia con dignidad y conciencia. Me refiero, obviamente, a los “años de plomo”, un capítulo dramático de nuestra historia relegado a una zona de sombra y tabú, donde la revisión histórica se regodea.

Por mencionar algunos intentos de acercamiento, el más serio y formal fue cuando estuve en la cárcel de Brasilia, durante el larguísimo proceso de extradición. Tras algunas reuniones con los funcionarios de la Embajada de Italia, les hice una propuesta de diálogo con el Gobierno italiano. Fue en un momento en el que ya estaba seguro de no ser extraditado. Les propuse que aceptaría voluntariamente la extradición si el Gobierno estuviera dispuesto a abrir un debate, con personal cualificado, para hacer por fin una rendición de cuentas históricas del período de la lucha armada, “la degeneración de un 68 reprimido con sangre, que duró 15 años”. El personal de la embajada, es decir, los espías, prometieron informar, pero no volvieron a aparecer. Mientras tanto, también había iniciado una correspondencia con Alberto Torreggiani[2] – sabemos que fue herido por su propio padre durante el atentado de los PAC en el que no participé. La correspondencia con Alberto Torreggiani, que hoy él niega por orden del Estado, o simplemente influenciado por la los reaccionarios de siempre, formaba parte de una intención más articulada de acercamiento a las familias de las víctimas de los PCC. Esto en el marco de la creación de un clima favorable para volver, sin odio, a las responsabilidades de todos los componentes del conflicto y, quién sabe, pasar por fin esa página maldita de los “años de plomo”. Lamentablemente también este intento chocó con la feroz intolerancia de ciertos sectores políticos y mediáticos siempre dispuestos a alimentar el odio por oscuros intereses de parte. No se puede no observar con recelo las salidas públicas frecuentes de los familiares de las víctimas (obviamente siempre se habla sólo de un lado de la barricada), algunos de los cuales probablemente no habían nacido en ese momento: ¡hace 41 años! ¿Y por qué culpar siempre a Battisti, como si fuera él quien inventó la lucha armada? Mientras los fascistas a las órdenes de alguna institución actúan libres y nadie protesta. O será justamente para proteger a los ejecutores de masacres que tenemos que quemar un testigo, para que la desinformación sobre esos años sea totalmente efectiva.

La plaga del Estado nos recuerda que debemos quedar callados. La pregunta que deberían hacerse los incautos que, con la sangre en los ojos, piden la horca para Cesare Battisti, debería ser más o menos ésta: “¿Por qué hasta 2003 nadie se preocupó por él?” ¿Cuándo Cesare Battisti era uno más entre las decenas de refugiados italianos que hay en el mundo? ¿En una época en que publicaba libros y artículos también en Italia y recibía visitas de personalidades italianas vinculadas al mundo político, cultural e incluso institucional? ¿Qué ocurrió en un momento determinado para que de repente se convirtiera en el “monstruo”, hasta el punto de alimentar el odio de los familiares de las víctimas -hasta entonces latente- y de los medios de comunicación vendidos? Es una locura, cómo a ninguno de estos justicialistas se les ocurre hacer la pregunta. Y, sin embargo, la respuesta es sencilla: Battisti escribe, habla en la televisión, concede entrevistas y debates en el ámbito internacional, escarba en el pasado, hace autocrítica, pero al mismo tiempo denuncia una guerra civil que el Estado ha desatado y combatido con bombas en las plazas y una represión sin precedentes. Y se ha mantenido reticente con la Historia.

La lucha armada en Italia no nació en una mente pervertida y no fue practicada por cuatro desesperados. Surgió de un gran movimiento cultural y político que no podía soportar la opresión de un Estado corrupto y asesino. Un millón de personas en las plazas y todos cómplices revolucionarios. 6 mil los condenados; unos 60 mil los denunciados; más de 100 grupos armados organizados; centenas los muertos, la mayoría de los cuales en las filas revolucionarias. Este es el contexto social en el que nacieron los PAC. No era un partido armado, sino la expresión de lucha horizontal del amplio frente de protesta, en las fábricas, en el territorio y en la educación nacional. Que su ideal era comunista se desprende del propio nombre (Proletarios Armados por el Comunismo), pero no pretendían asaltar el Palacio de Invierno, ni tomar el poder del Estado. Eran núcleos difusos e independientes que respondían a su manera a la injusticia rampante, a la extrema derecha que se armaba en defensa de los privilegios del capital. Fortalecidos por la idea de que el verdadero comunismo no podía ser el expresado por la Unión Soviética, sino simplemente el de una sociedad futura inevitable, libre e igualitaria, imaginada con extrema claridad en el Manifiesto de Marx y Engels. Sólo eso, sin más y sin menos. Si el momento histórico y el uso de las armas han sido correctos o no, los hechos lo han dicho y todos los militantes conscientes lo han repetido. Entre los que me sitúo sin ambages. Se puede admitir el error, sin caer en la indecencia de los que se iluden de poder ajustarlo todo declarando su arrepentimiento. Arrepentimiento: nunca una palabra fue tan denigrada. Tengo demasiado respeto por la historia y por las víctimas que ésta causó como para pensar en esconderme detrás de una capa de hipocresía.

Se pensaba que Italia había superado ciertas debilidades y estaba preparada para enfrentar su propia historia. En cambio, 40 años después, a través de sus más altas representaciones, sigue ofreciendo a los ciudadanos el mismo innoble espectáculo, con la presa arrastrada entre la multitud enfurecida; los insultos de los cazadores que despotrican de la presa; los selfies de los ministros; el jolgorio televisivo; Battisti en la arena; ¡disfruta ahora Pueblo! Aquí están las torturas sufridas, después de un secuestro reclamado triunfalmente. Hasta el punto de que incluso el Tribunal de Casación sentenció más o menos en estos términos: “si Bolivia cometió un ilícito, no nos importa, nos dieron Battisti y nos lo llevamos”. ¡Nos lo llevamos! ¡Pero entonces son como mínimo unos traficantes! Pero no es suficiente apresarlo y llevarlo a la cárcel. También debe ser tratado como un prisionero de guerra sin la protección de la ley. ¿No podemos darle legalmente el 41 bis y el agravante? No importa, se las damos de facto, manteniendo su aislamiento e impidiéndole el tratamiento que le permitiría acceder a los beneficios reservados a todos los presos. Y si se queja, le hacemos linchar por los medios de comunicación; le enfrentamos a la venganza popular; le aplicamos la censura; le quitamos la computadora para trabajar; le metemos en la sección ISIS donde se verá obligado a permanecer en aislamiento voluntario. ¡Ahí está la tortura!

Ahora llegamos a mi elección de declarar mi culpa en el juicio. Estaba contando que durante varios años había estado meditando una solución decente para poner fin a esta persecución, en la que las fuerzas políticas italianas no escatimaban medios coercitivos ni presiones. Por cierto, debo aclarar que mis declaraciones de inocencia -nunca dirigidas a las autoridades, sino sólo a los medios de comunicación- sólo aparecieron después de 2004 en Francia, y fueron hechas para obligar al Estado italiano a admitir el uso desviado de la Justicia en los juicios de la lucha armada. Tanto antes como después, nunca había negado mi pertenencia a los PAC, asumiendo las responsabilidades políticas. Las responsabilidades penales deberían haberse probado primero en los tribunales, antes de dictar sentencias de cadena perpetua y esperar confesiones tardías. Por lo tanto, debe quedar claro que los países que han aceptado mi solicitud de refugio nunca lo han hecho, ni podrían haberlo hecho, sobre la base de una supuesta declaración de inocencia -como falsamente declaró el oportunista Lula- sino exclusivamente por la naturaleza política del delito.

Sí pensé seriamente en una solución colectiva para nuestros años 70. El clima político en Italia no era el ideal, pero sabía de la existencia de personalidades y tendencias dentro del mundo judicial que, habiendo luchado en primera línea en la guerra contra el “terrorismo”, como se dice hoy en día, conocían bien el asunto y no tenían ningún interés en recurrir a la propaganda oscurantista para comprender la realidad de los hechos. Ciertos indicios me indicaron que estas personas, o corrientes de pensamiento, aún esperaban que algún día pudiéramos enfrentar estas tristes páginas de la historia con dignidad y respeto a la memoria nacional. Puedo citar a este respecto el pensamiento del magistrado emérito Giuliano Turone, juez instructor del proceso a los PAC, que en su libro “El caso Battisti” afirma más o menos en estos términos: “Paradójicamente, aceptando sus responsabilidades políticas y penales, podría ser el propio Cesare Battisti quien permitiera revisar y cerrar definitivamente este capítulo de la historia”. Puede que las palabras no sean las mismas, pero el sentido es este. Movido por este sentimiento, alimentado por la esperanza de que 40 años eran ya mucho tiempo y que la democracia italiana debía haber madurado y que el Estado también fuese un administrador fuerte y responsable, decidí confiar en la justicia y llamé al fiscal de Milán. Esa declaración mía del 23 de marzo de 2019 fue una elección dolorosa. Llevaba fuera de Italia desde 1981, y mis contactos con el bel paese se reducían a unos pocos familiares y al editor. No podía imaginar que, más allá de la histeria de los medios de comunicación, aún pudiera despertar la venganza del Estado. Con la enorme dificultad de tener que volver a un juicio archivado durante décadas, sin ningún hecho nuevo que aportar, salvo las distinciones ya imposibles sobre mis propias responsabilidades. No me quedaba más remedio que asumir el paquete completo, una vez que criminalmente no habría tenido peso. Ante la opción de enfrentarme a un juicio histórico, y no era el único que lo creía, ¿qué sentido tendría revisar en detalle el código penal 40 años después?

Fui condenado a dos cadenas perpetuas y seis meses de aislamiento diurno por haber sido declarado culpable de prácticamente todos los delitos cometidos por los PAC, incluidos cuatro atentados mortales. En los casos en los que era probada mi ausencia física en la escena del crimen, se me consideró el instigador. ¿Acaso debo señalar que, en un conflicto de este tipo, los instigadores no existen y que, si existieran, habría que buscarlos entre el pueblo? En cualquier caso, ciertamente no podía ser yo.

Admití todo. Reiteré mi autocrítica por la elección de haber participado en la lucha armada, porque fue política y humanamente desastrosa. ¿Pero acaso no lo había dicho mil veces durante todos estos años? No tenía nada que lamentar porque, equivocado o no, no se puede cambiar en retrospectiva el significado de los acontecimientos históricamente definidos por un contexto social específico. Sería absurdo decir que no se podría haber evitado, pero sé que el movimiento revolucionario no rehuyó asumir sus responsabilidades. No podemos decir lo mismo del Estado. Tampoco tenía nada que pedir a cambio de mi confesión. No hubiera sido necesario legalmente y además me bastaba con que se aplicara la ley, como a cualquier otro condenado sin el feo agravante, para acceder a algún beneficio futuro reservado a todos.

En definitiva, es como decir, muy bien, ustedes ganaron y yo estoy aquí para presenciar los cánticos de victoria inmerecidos. Pero, una vez terminada la fiesta, Estado democrático, ¿nos vamos a comprometer todos a rehabilitar la historia violada, mientras yo cumplo mi condena, según los términos de las leyes nacionales y las normas internacionales de humanidad, como cualquier otro condenado? Pura ilusión. Después de haber hecho alarde ante el mundo entero del fruto de una cacería sucia, de haber cantado una victoria obtenida con engaños sobre la sangre de las víctimas y el honor vendido de la Historia, el Estado de los parches no se desmente y muestra su verdadero rostro. Se entrega a los amantes de la horca, surfea en la ola populista, incluso sacrifica la palabra de aquellas autoridades que le sirvieron incluso cuando no lo merecía.

Este es el sentimiento que me ha acompañado desde Oristano hasta Guantánamo Calabro, a merced del ISIS y sometido a un trato digno de una dictadura militar. Pero no he perdido la esperanza y estoy seguro de que la justicia y la verdad triunfarán.


[1] En el texto original es ergastolo ostativo, que podría traducirse por “cadena perpetua hostil”. Es la excepción a la regla en el sentido de que no permite ningún tipo de beneficio o recompensa para el condenado. La cadena perpetua hostil es infligida a personas de alta peligrosidad que han cometido determinados delitos (por ejemplo, secuestro con fines de extorsión o asociación mafiosa) y es lo que se conoce como la “sentencia interminable”.

[2] Hijo de Pier Luigi Torreggiani, joyero asesinado el 16 de febrero de 1979 por tres miembros de los PAC, entre los cuales no estaba Battisti quien fue condenado como mandante. El asesinado fue en respuesta al homicidio por parte de Torregiani de un hombre que intentó robarle en una pizzeria. Durante la acción que condujo al homicidio de Torreggiani por los PAC, Pier Luigi se defendió y disparó por error al hijo Alberto, que quedó inválido. En años sucesivos, al menos diez personas habrían confesado, bajo tortura, ser autores materiales del asesinato de Torregiani. Además, el propio abogado de Battisti no pudo construir una defensa eficaz al ser detenido porque se le acusó de complicidad con sus clientes. Battisti, exiliado, fue defendido por un abogado de oficio.


[Texto original en italiano desde CarmillaOnLine. Texto en portugués. Lee más sobre Battisti en este enlace, entrevista de Fabrizio Lorusso/La Jornada Semanal].

Di:  In Categoria: Español, Segnalazioni

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