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TRABAJADORES FANTASMA: Uber Eats en México. Con #fotogallery

[di Caterina Morbiato, foto di Stefano Morrone – da AltaïrMagazine]

La versione in italiano si puó trovare in libreria, nel numero zero della rivista Lo Stato delle Cittá, edita da Napoli Monitor.

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Arandeni nunca intentó llamarlos. No tenía sentido. Desde un principio esto se trató de ganar dinero, de estar todo el día montada sobre una bicicleta, ser su propia jefa, administrar su propio horario. Cualquier cosa era mejor que pasar las horas, los días, encerrada dentro de las cuatro paredes grises de una cafetería de la Universidad Iberoamericana. 

Había una pizca de aventura en eso de pedalear en una ciudad como ésta y rodar de una colonia a otra, viboreando entre los autos. Además, Arandeni se sentía parte de la tropa: esa nueva especie que, en sólo un año, ha logrado invadir todas las calles a bordo de sus bólidos. Aquellos muchachos que a veces se dejan ver descansando en alguna base, sentados sobre las aceras de los parques o las plazas, donde aprovechan para intercambiar un cigarro, refugiarse del sol y estirar las piernas, además de checar las llantas o echar el cotorreo; eso sí, sin apartarse jamás de su más precioso aliado: el celular. Porque de eso se trataba, sobre todo, de hacer dinero.

Ocurrió en la altura de Parque Delta. Arandeni rodaba hacia la Roma para cazar algún pedido, cuando decidió tomar el carril del Metrobús para evitar el flujo de carros que, en avenida Cuauhtémoc, se lanzan sobre los ciclistas cuando dan vuelta. «No calculé y le pegué a uno de los cositos amarillos. Fue cuando salí volando», recuerda ahora.

No pensó nunca en llamarlos. Para qué. Cuando Arandeni se integró a la tripulación de repartidores de comida y alimentos de UberEATS, el servicio de food delivery operado por Uber, tenía claro que un accidente así podría pasar y que, por parte de la empresa, no recibiría ningún apoyo. Además, no cargaba ningún pedido en ese momento, ni siquiera necesitaba reportar que cancelaba el servicio. Decidió llamar a su hermano y a dos compañeros repartidores. Otro ciclista que iba pasando se detuvo a levantarla. Tenía la mano deshecha, como una rama rota.

Diagnóstico: fractura distal en la muñeca izquierda. Eso le dijeron los médicos del Hospital General y, como la inmovilización resultó insuficiente, tuvo que pasar por una cirugía. Una cicatriz vertical —de casi un centímetro de grosor, todavía fresca— surca las viñas verdes que Arandeni tiene tatuadas en su antebrazo, como si hubieran sido segada con una guadaña. 

«Estaría súper increíble que UberEATS tuviera un servicio médico, algo que te respaldara —observa ahora—. ¿A cuántas personas las han atropellado o se han caído? Ellos no responden nunca por esto. No lo hacen: tú no eres trabajador de ellos. Tú eres su socio».

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Réplicas del sismo: miles de trabajadores sin derechos laborales

[di Caterina Morbiato – da Chilango]

El viernes, por fin, cuelgan el dictamen de Protección Civil. Según éste, el edificio de Telvista de Bolívar 38, en donde laboras como telefonista, está en condiciones seguras. Ahora deberías sentirte más tranquilo. Pero no: tú y tus colegas fueron de los obligados a trabajar tras el sismo, desde el miércoles siguiente. Durante dos días estuvieron dentro de ese edificio sin la certeza de que no se vendría abajo.

Te lo dijeron el mismo martes en la noche: que se iba a operar de manera normal, así, sin ninguna explicación. Apenas habían pasado unas ocho horas del temblor y uno de tus gerentes les informaba que Protección Civil había dado luz verde a la empresa. Los daños —todo aquel derrumbe de plafones y muros que había aterrorizado a todos— eran superficiales. Había que presentarse puntuales al día siguiente.

Cuando llegaste al trabajo, notaste las dos estructuras que componen el edificio separadas entre sí, además de las grietas que partían varios muros. Los gerentes de este call center te repetían que no había daños estructurales. ¿Cómo podías tú estar seguro? Sobre todo después de que se enfadaran con ustedes los del personal administrativo. Algunos habían subido fotos de las instalaciones a las redes sociales, les pidieron borrarlas. «Ustedes sólo hablan por hablar», les dijeron enfadados. No saben nada. Los que se quejan son porque están ardidos.
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