Un infierno blanco en India

13di Raúl Zecca Castel 

[Reportage originariamente pubblicato su El País] La tierra está recubierta de un suave manto blanco, como forrada de nieve. Una especie de niebla sutil oculta la vista y transforma las figuras humanas en sombras fantasmales. Incluso las voces resultan amortiguadas y distantes, como absorbidas por el polvo que se filtra en los ojos y en la nariz, dejando un persistente sabor amargo en la garganta. Ni siquiera se escuchan los propios pasos, y sacudir los pies tan solo serviría para levantar aún más el polvo. El rumor seco de las piedras que se estrellan bajo los golpes de pesados martillos es lo único que rompe el silencio, resonando en el aire como un lejano batir de alas.

Cada día, millares de hombres, mujeres y niños alcanzan este lugar infernal desde las zonas perifericas de la ciudad, donde viven en angostas chozas, privados de agua corriente y electricidad. A pesar de la reciente mecanización de algunas fases del proceso de fabricación de cal, el de picapedrero sigue siendo un trabajo muy duro y peligroso.

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Así que no sorprende que quienes lo lleven a cabo sean principalmente los conocidos como los intocables. Los parias, a quienes se reserva por nacimiento, por un destino implacable, los trabajos más humildes y degradantes. Aunque la Constitución de 1950 abolió formalmente el sistema de castas, de hecho, tal división jerárquica de la sociedad en clases inmutables sigue estando profundamente arraigada en la cultura y en la práctica diaria de más de mil millones de indios. Es poco probable que sea erradicada sin un compromiso firme de sensibilización, que debe iniciarse, en primer lugar, en las generaciones más jóvenes.

Los días comienzan muy temprano en Piduguralla, mucho antes de la salida del sol, con el fin de evitar, en la medida de lo posible, las horas más calurosas y bochornosas de la tarde, cuando en el mes de mayo, justo antes de la temporada del monzón, el termómetro puede marcar temperaturas que superan ampliamente los 45°C. En grupos pequeños, los trabajadores se disponen alrededor del perímetro de los hornos, donde durante muchas horas se dedican a separar la piedra caliza del carbón que servirá para la combustión. Los fragmentos así obtenidos son luego apilados en cestas de plástico que una cinta mecánica transporta hasta la boca de las torres cilíndricas. Aquí, envueltos en sus turbantes característicos, algunos operarios en precario equilibrio vierten el contenido de las cestas en el conducto de los hornos que, como si agradecieran su alimento cotidiano, desprenden nauseabundos gases blanquecinos.

Se necesitan 10 horas y alcanzar casi 1.000°C para cocer las piedras calizas y convertirlas en cal viva, una sustancia altamente tóxica para la salud humana. Si no se maneja con el debido cuidado, de hecho, puede causar graves daños en la piel, los ojos y el sistema respiratorio. Sin embargo, aquí, en Piduguralla, nadie adopta medidas preventivas, y las estas dolencias afectan indiscriminadamente tanto a adultos como a los muchos niños aún hoy enrolados en este trabajo agotador. Baste observar su extraño cabello rubio, como oxigenado, para darse cuenta inmediatamente de los efectos que las exhalaciones de los hornos producen. Sin mencionar los problemas de dermatitis, los ataques de migraña, las infecciones pulmonares…

Al igual que el sistema de castas, el trabajo infantil también fue oficialmente abolido en la India. Sin embargo en la industria de la cal y no solamente aquí esta sigue siendo una cuestión todavía completamente abierta. En Piduguralla, a menudo son los mismos padres quienes se ven obligados a aceptar la ayuda de sus hijos, ya que sin la aportación de esos pequeños brazos la ganancia de trabajo de todo el día no sería suficiente para mantener a las familias, por lo general demasiado numerosas.

Un hombre puede ganar hasta 150 rupias (unos dos euros) por entre 10 y 12 horas de trabajo diario. Las mujeres, todavía menos. Como si una cadena uniera a las distintas generaciones que habitan la ciudad de la cal, estas corren el riesgo de ser rehenes de un círculo vicioso que se traga miles de vidas y que produce, junto con la cal, siempre más deterioro y violencia.

Solo una lucha vigorosa por la promoción de los derechos humanos fundamentales podrá detener la perpetuación de este círculo vicioso perverso que, en nombre de los beneficios de unos pocos, ofrece demasiadas vidas inocentes como un sacrificio al dios implacable de la cal. Despojados de su infancia y de su derecho a los juegos y a la felicidad, los niños de Piduguralla son engranajes esenciales en una industria que no tiene escrúpulos ante nadie: una industria más que rentable que abastece provechosamente miles de pequeñas empresas, listas para comercializar, no solo en India sino también en el extranjero, el resultado de tan duro trabajo y sudor. Es también, gracias a las pequeñas manos de los niños Piduguralla, marcadas por las callosidades y heridas, que se construyen casas y palacios tan cómodos en los que vivimos.

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