Apuntes para una genealogía de la “autonomia operaia” Parte 1: la “resistencia traicionada”

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[Por Perez Gallo, desde Cuaderno Fronteira] Los pasados días 11, 12 y 13 de marzo se recordó en Italia el cuadragésimo aniversario del ápice de una poderosa revuelta que, a pesar de su carácter extemporáneo e desigual en el territorio nacional, agitó la sociedad italiana de forma violenta y con consecuencias dramáticas. Se trató del fenómeno que pasó durante la década de 1970, a su fortalecimiento, a su extensión y a su renovación teórica y práctica, política y cultural.

Aquellos días de marzo fueron el teatro de ocupaciones universitarias a lo largo del país, de manifestaciones multitudinarias y armadas, del asalto a una armería en Roma por parte del movimiento, del asesinato de un joven estudiante en Bolonia, de la ocupación de una parte de esa ciudad que fue a la historia con el nombre de “movimiento del ’77”, que expresó el rasgo más revolucionario de la experiencia de la llamada autonomia operaia (autonomía obrera).

Fue el signo más contundente de lo que algunos historiadores han llamado la anomalía italiana, siendo la península el único país que, en contra-tendencia con lo que ocurrió en otras partes del mundo, dio vida, en lugar que a un re-absorbimiento del movimiento revolucionario de 1968

defendida por barricadas, de cientos de arrestos políticos, de botellas molotov, gases lacrimogenos, choques armados y tanques de guerra utilizados para reprimir la insurrección.

Las páginas que siguen, y los artículos que vendrán a continuación, son sólo un intento, por mi parte, de trazar una breve genealogía de este movimiento, de sus bases teóricas, de sus formas organizativas, de sus producciones contra-culturales que no tienen semejanza con ningún otro movimiento revolucionario de la época, y del contexto histórico-social en que todo aquello pudo ocurrir.

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La postguerra en Italia

No se puede entender cómo se ha desarrollado el movimiento revolucionario italiano en las décadas de 1960 y 1970, si no se considera la particular situación con la que el país salió de la segunda guerra mundial. Mientras que el centro-sur del país había sido lentamente liberado de la ocupación nazista (que siguió a la caída de Mussolini del 25 de julio de 1943 y a la firma del armisticio del 8 de septiembre del mismo año) por las tropas anglo-estadounidenses, el norte había sido teatro de una cruenta guerra de liberación conducida por los partisanos, en su mayoría pertenecientes al Partido Comunista Italiano (PCI), al Partido Socialista Italiano (PSI)[1] y al Partido de Acción (Pd’A)[2], que finalmente lograron liberar a toda la región en el abril de 1945.

La legitimidad que habían ganado estas fuerzas en los campos de batalla y la hegemonía que habían alcanzado en parte de la sociedad italiana, les permitió de obtener en el periodo inmediatamente posterior el cierre de la guerra, importantes conquistas políticas (la supresión de la monarquía y la instauración de la república) y sociales (expresadas en la muy avanzada constitución del 1 de enero de 1948).

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Sin embargo, dichas conquistas fueron inmediatamente desvirtuadas por el nuevo orden político que se impuso sobre todo a partir de 1947-48, centrado en el dominio de la Democracia Cristiana (DC), expresión  de los intereses de la Iglesia por un lado, y del gobierno de Estados Unidos por otro, y garante de los acuerdos de Yalta, que habían establecido que el país hubiera a toda costa tenido que colocarse en el campo occidental bajo la influencia norteamericana.

Dicha situación fue consagrada en un primer momento con la decisión del gobierno de unidad nacional, a través de su ministro comunista Palmiro Togliatti, de amnistiar a todos los burócratas que habían estado en el aparato de Estado en la época fascista. En segundo lugar, por la decisión de la propia DC a inicio 1947 de romper con el gobierno de unidad nacional y de expulsar PCI y PSI del ejecutivo. Luego dicha decisión encontró su confirmación en la masacre de Portella Della Ginestra, en Sicilia[3]. En fin, con la victoria electoral del abril de 1948, donde la Democracia Cristiana se impuso en contra de la alianza de las izquierdas, denominada Frente Democrático Popular, gracias al apoyo de la Iglesia y a lo de los EE.UU – con la ayuda de la promesa Plan Marshall.

El PCI se estaba afirmando en aquel tiempo como el segundo partido por importancia en el panorama político italiano (más fuerte que el propio PSI) y el partido comunista más poderoso de toda Europa occidental. Sin embargo, empezaba a manifestarse también una bifurcación cada vez más neta entre sus bases, que en buena medida habían decidido desobedecer a las órdenes de entregar sus armas al término de la Resistenza, y que esperaban sólo una señal para empezar una revolución, y sus cuadros, que habían tomado líneas más moderadas y buscaban más bien encontrar legitimidad como fuerza democrático-parlamentaria, privilegiando la idea de derivación gramsciana de la conquista del hegemonía en la sociedad civil. Sin embargo, más que a Gramsci, su línea se debía a la aceptación de la idea de Stalin de “comunismo en un sólo país” y de la prioridad que el líder soviético dio al mantenimiento del orden de Yalta.

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Cuando en julio de 1948, el líder comunista Togliatti fue objeto de un atentado (logrando sin embargo salvarse) explotó en el país una violenta insurrección. Así, el PCI, influenciado por la línea soviética, y a través del propio Togliatti, desde su cama de hospital, invitó a las masas a la calma y al mantenimiento de la paz democrática.

Para las bases comunistas y socialistas, a la decepción debida al abandono de la perspectiva revolucionaria se sumó el descontento social generado por las duras condiciones de vida del periodo de la posguerra: mientras las exigencias de la reconstrucción permitían a los empresarios capitalistas obtener inmensas ganancias, las reformas sociales (reforma agraria, reforma de la educación pública, plan general para la vivienda) sólo llegaban atrasadas y debilitadas. Y acompañadas por una durísima represión, sobre todo en el campo, lo que causaba muertes frecuentes entre las masas campesinas, mientras no había ninguna garantía en contra de los despidos en las fábricas.

La izquierda revolucionaria en el milagro económico Para las bases comunistas y socialistas, a la decepción debida al abandono de la perspectiva revolucionaria se sumó el descontento social generado por las duras condiciones de vida del periodo de la posguerra: mientras las exigencias de la reconstrucción permitían a los empresarios capitalistas obtener inmensas ganancias, las reformas sociales (reforma agraria, reforma de la educación pública, plan general para la vivienda) sólo llegaban atrasadas y debilitadas. Y acompañadas por una durísima represión, sobre todo en el campo, lo que causaba muertes frecuentes entre las masas campesinas, mientras no había ninguna garantía en contra de los despidos en las fábricas. La Italia del milagro económico (con tasas de crecimiento del PIB que superaban el 6% a finales de los años ’50), la Italia del desarrollo industrial (famosa en todo el mundo era en aquel tiempo la Fiat 500), se construía día cada día sobre la explotación de la clase trabajadora y sobre los desniveles cada vez mayores entre un norte desarrollado y un sur que sólo generaba masas de desempleados, de migrantes, y de obreros descalificados para las fábricas del triángulo industrial Torino-Milano-Genova. Fue en este contexto que grupos cada vez más numerosos de obreros y ex partisanos comunistas y socialistas (pero también consistentes grupos de católicos de izquierda) empezaron a hablar de resistenza tradita (resistencia traicionada). Esta desilusión, junto a unos acontecimientos internacionales decisivos que ocurrieron en el campo soviético, llevaron a los intelectuales y militantes de izquierda a abandonar sus partidos de referencia y a inventar formas novedosas de organización política. El año crucial fue el 1956. Stalin había muerto tres años antes,

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y de allí había ocurrido, bajo el nuevo liderazgo de Krushev, el proceso de desestalinización. El fin del mito del heroico líder que había derrotado al nazismo fue un golpe para la cohesión de los militantes comunistas. Con los acontecimientos de Hungría, y la dura represión que la URSS infligió a los obreros que se habían levantado en contra de un régimen socialista, aumentó la decepción: mientras que el PSI rompía la alianza con

el PCI, muchos intelectuales comunistas se alejaron del partido, cruzando sus trayectorias con los trotskistas adherentes a la IV Internacional.

 

[1]que incluía en su interior corrientes trotskistas e incluso anarquistas

[2]organización menor pero decisiva a nivel militar, políticamente caracterizada por tendencias de izquierda liberal y libertaria

[3]cuando campesinos que estaban festejando el 1 de mayo fueron atacados y asesinados por bandidos ligados a la mafia y a la DC

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