Desembarca Diego Fusaro en América Latina: cuando la nueva derecha se disfraza de Marx y Gramsci

Da Desinformémonos

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Como grupo de investigadores e investigadoras, trabajadores y trabajadoras, y activistas residentes en México y América Latina, deseamos expresar sorpresa y preocupación ante la reciente publicación por parte de la editorial Siglo XXI del libro Antonio Gramsci. La pasión de estar en el mundo, escrito por Diego Fusaro y traducido del italiano por Michela Ferrante. Esta publicación se suma a varias más en medios divulgativos, periodísticos y académicos españoles y latinoamericanos. Por ejemplo, la editorial española de izquierda El Viejo Topo tiene en su catálogo cuatro obras de Fusaro. La Migraña, revista de análisis político de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, también publicó un artículo suyo y son muchos los medios, entre independientes, mainstream, y de diferentes inspiraciones políticas, que reproducen entrevistas y textos del autor italiano. No queremos  cuestionar en sí la elección editorial: vivimos en un mundo y en una región en donde, de la mano de la emergencia de gobiernos autoritarios y de extrema derecha, derechos fundamentales como la libertad de prensa, de pensamiento y de enseñanza crítica están cada vez más bajo ataque y hay que defenderlos a toda costa.

Queremos, más bien, alertar de alguna manera a los lectores y lectoras, a los académicos y académicas, y a los actores sociales, sobre algunos malentendidos y riesgos que conlleva la difusión del pensamiento de Fusaro, cuyos rasgos principales y función política dentro del debate italiano son poco conocidos en América Latina.

Fusaro se presenta como filósofo “marxista”, y de hecho ha elaborado una serie de monografías sobre el propio Marx, sobre Antonio Gramsci (como la recién publicada por Siglo XXI), además de otros autores tales como Fichte, Hegel, Gentile y Heidegger. Sin embargo, la interpretación que el autor propone de Marx y Gramsci los presenta como pensadores idealistas (el primero en total continuidad con Hegel, el segundo con el filósofo e ideólogo del fascismo, Giovanni Gentile), y diluye, con abundancia de omisiones y mal entendidos, la crítica materialista que caracterizó el elemento de ruptura de la tradición filosófica marxista.

Pero tampoco es ésta nuestra preocupación principal. Si fuera así, nos encontraríamos frente al enésimo caso de un anodino intelectual que ha llegado a la notoriedad a través de una estrategia comunicativa agresiva y repetitiva (es suficiente visualizar su perfil de Twitter), un productivismo académico y editorial notable y serial, junto con la habilidad de presentar como suyas ideas ya ampliamente argumentadas, incluso con mayor originalidad y rigor intelectual, por otros autores, como por ejemplo el marxista «rossobruno» (o sea, rojipardo) italiano Costanzo Preve o el escritor islamófobo francés Michel Houellebecq. Se trataría de un producto más del mercantilismo académico y de la sociedad del espectáculo.

El problema –que consideramos preocupante, justamente por los tiempos turbios en que vivimos– es que Fusaro no sólo presenta a un Marx y un Gramsci anti-marxista y anti-gramsciano, sino que los presenta como autores con tintes racistas, anti-internacionalistas, misóginos y, en definitiva, casi fascistas. De hecho, su planteamiento filosófico –hay que reconocérselo– es perfectamente coherente con su visión política.

En los últimos años, Fusaro se ha desempeñado como enérgico partidario del recién caído (en agosto de 2019) gobierno derechista de coalición entre los partidos Movimiento 5 Estrellas y Lega, así como de sus políticas de puertos cerrados para los migrantes. Y también ha desarrollado una estrecha colaboración primero con Radio Padania, emisora de la Liga del líder xenófobo Matteo Salvini, y luego con Il Primato Nazionale, órgano del partido neo-fascista y «escuadrista» Casa Pound. Aunque se declare como un pensador “ni de derecha, ni de izquierda”, más allá de las etiquetas y presuntas “terceras vías” funge como caballo de Troya de ideas e ideologías reaccionarias.

Sus críticas, ciertamente acertadas, al centrista Partido Demócrata de Italia (PD) como representante de los intereses de los mercados financieros y de la Unión Europea, lo han llevado a justificar los intentos de la Liga de demoler la progresividad fiscal en nombre de una fantasiosa alianza entre capital y trabajo “nacionales”, y de llevar adelante políticas represivas y de negación de derechos hacia migrantes, mujeres y minorías de género. Su caballo de batalla retórico es la categoría marxista de “ejército industrial de reserva”. Mal interpretando, de forma oportunista, el análisis de Marx y Lenin, quienes reconocían que la inmigración conllevaba amenazas para la unidad de la clase trabajadora pero siempre defendieron soluciones internacionalistas y de abertura de fronteras, Fusaro ha popularizado la idea de que, para evitar la depresión de los salarios de los trabajadores italianos, la única solución sería el cierre de las fronteras y la deportación de los migrantes a los campos de concentración de Libia.

Poco importa que su exclusión del análisis materialista del capitalismo no le permita ver que el “ejército de reserva” no es el producto de una dinámica demográfica o malthusiana sino de la propia lógica de acumulación. Poco importa tampoco que, en la Italia de hoy, sean justamente los migrantes los protagonistas de las luchas sindicales más fuertes, radicales y victoriosas, en sectores estratégicos como la agricultura y la logística. Esta lectura peligrosa del “ejército de reserva” está teniendo efectos asustadores: hasta el propio Salvini, el líder soberanista cercano a Trump, Le Pen, Orbán, Putin y Bolsonaro, una y otra vez se ha basado en esa categoría para justificar sus políticas antinmigrantes. Recientemente Fusaro fundó el movimiento político, por él definido “populista, socialista y nacionalista”, Vox Italia, supuestamente para (citamos literalmente) “dar voz al Interés Nacional” y unir “valores de derecha e ideas de izquierda”. El nombre del movimiento es prácticamente idéntico al del partido neo-franquista español Vox.

Junto con los migrantes, los blancos preferidos de Fusaro son la llamada “ideología de género”, la Unión Europea, los homosexuales, las ONGs, las mujeres (que según él, siempre en base al discurso sobre el ejército de reserva, deberían ser excluidas del mundo del trabajo), los ambientalistas y hasta múltiples componentes de la izquierda anticapitalista, como los jóvenes que en los últimos años han alimentado protestas masivas contra Donald Trump, por él definidos como una “banda de idiotas”.

Sus teorías conspirativas lo llevan a plantear que la difusión de la homosexualidad y el “libertinaje hedonista”, favorecida por lo que llama “mundialismo turbo-capitalista”, determinarían una baja demográfica en Europa, que justificaría la sustitución programada de la población europea con una mano de obra explotada y dócil llegada desde África. Estos últimos no llegarían a Europa por su voluntad (de hecho – parecería ser la argumentación implícita – ¿cómo los africanos podrían tener voluntad propia?), sino que serían trasladados bajo un nuevo comercio de esclavos organizado directamente por George Soros. Tanto los homosexuales como los migrantes harían perder la virilidad que caracterizaría a los trabajadores italianos, a favor de la tecnocracia europea y de los mercados financieros.

Estas argumentaciones asemejan a Diego Fusaro con otro “filósofo” de moda hoy: el spin doctor de Bolsonaro, Olavo de Carvalho, el tierraplanista que denunció que el Partido de los Trabajadores hacía distribuir en las escuelas los llamados «kits gay». La diferencia entre los dos es el uso que uno y otro hacen de Antonio Gramsci: para Olavo de Carvalho, Gramsci es el ideólogo de una hegemonía cultural comunista que incluye hasta la cumbre del Foro de Davos, y para Diego Fusaro, Gramsci sería la bandera bajo la cual se legitimarían políticas racistas, sexistas y colonialistas.

Gramsci, que murió en una cárcel fascista, no merece terminar en una librería contado y distorsionado por el vocero de los herederos de Mussolini.

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