Las Mujeres de Casa Xochiquetzal #Mexico #DF

casa-xochiquetzalFabrizio Lorusso – Jornada Semanal – Link

Elia Guadalupe siempre trae puesta una gorrita de beisbol y una sonrisa de señora mayor, alegre, vívida y melancólica a la vez. Se sienta en la cama, a lado de Berta, su compañera de habitación. Después de una cirugía, Berta acaba de salir del hospital y descansa. No obstante, quiere escucharnos, le gusta la compañía. Acerco mi silla. Este cuarto es uno de los más amplios de Casa Xochiquetzal, el único albergue del mundo para sexo-servidoras de la tercera edad que, actualmente, hospeda a más de veinte mujeres que se han dedicado a la prostitución en los barrios de la Merced, Tepito, Loreto, Granaditas y la Soledad. Su nombre viene de la diosa mexica de la belleza, la fertilidad y el placer amoroso.

El refugio está en el Centro Histórico de Ciudad de México, cerca del barrio de Tepito, y para encontrarlo se atraviesa una selva densísima y ruidosa de vendedores ambulantes, puestos y pobladores de tianguis metropolitanos. Sin embargo, una vez que se abre el portón de madera de la casona, en el patio, los ruidos y el caos desaparecen y prima un estado de paz casi surreal. El tiempo se detiene.

Mi anfitriona es amable y platicadora. Las paredes a lado de su cama están vacías, pero en su estante personal hay unos peluches, una radio y dos botecitos de cremas. Eso, y unas pocas prendas de vestir, es todo lo que tiene. Pero los bienes materiales no lo son todo en la vida. “Aquí compartimos muchas cosas, alegrías, tristezas, llanto, y de todas formas nos apoyamos, como ahorita con la compañera enferma, todas la hemos visto, y gracias al Señor, la estamos cuidando”, me dice Elia con su voz aguda.

Después de haber pasado cincuenta y tres años en la calle, viviendo en bancas y adoquines del Centro Histórico, finalmente, hace casi dos años, encontró familia y protección en este lugar tan peculiar.

Las amorosas más bravas

A principios de 2014 salió el primer libro sobre la Casa y sus mujeres, con base en el proyecto “Voces de Casa Xochiquetzal” de la fotógrafa francesa radicada en México, Bénédicte Desrus, y de la periodista mexicana Celia Gómez Ramos.

De hecho, cuando se creó la casa en 2006, la idea de fondo era buscar, mediante el arte y con un enfoque multidisciplinario, cambios en la comunidad y en el conjunto de la sociedad. La obra de Desrus y Gómez va justamente en este sentido y servirá para apoyar las actividades de este hogar. Quizás no sean suficientes 150 páginas de imágenes y textos para contar Casa Xochiquetzal, pero el libro Las amorosas más bravas, de la editorial independiente Los Libros del Sargento, logra condensar de manera inmediata y veraz las vivencias, las historias y la cotidianidad de estas mujeres. Su día a día, tristezas y momentos gratos son retratados por las miradas y las palabras de las autoras, quienes trabajaron durante seis años en este libro. “Si las mujeres trabajadoras sexuales no luchaban por ellas mismas, nadie iba a poder ayudarles: lo hicieron, y existe el albergue”, sentencia la frase de la feminista y artista Jesusa Rodríguez, en la primera hoja del libro.

¿Te has preguntado qué sucede, al envejecer, con las mujeres que dedicaron su vida al trabajo sexual? Esta es la pregunta central que motivó el proyecto y fue estructurando la investigación periodística y visual que lo sustenta. Su obra trasciende el espacio mental y físico de un simple reportaje escrito o fotográfico. Crónica, prosa poética, narración y fotografía se alían para describir a unas mujeres únicas, con sus defectos y virtudes, quienes ahora, además de contar sus relatos de vida, pueden contar con una vejez más digna después de una existencia callejera. Los lenguajes de la cámara y de la pluma se funden para retratar la vida, la muerte, las travesuras y las ternuras de estas “amorosas más bravas”.

Elia lleva más de un año en la casa. Todavía se puede considerar como una de las “recién llegadas”. “Es el hogar que nunca tuve, el calor que nunca tuve, aquí hay mucha comprensión y cariño, es familiar”, cuenta.

La directora de la Casa, Jessica Vargas, y la Asociación Semillas, se encargan de administrarla, atendiendo las exigencias de sus huéspedes con la colaboración de algunas trabajadoras sociales, y son infatigables para conseguir donaciones y recursos, ya que el apoyo de instituciones como el dif o Inmujeres no cubre todos los gastos. “Las señoritas nos apoyan mucho, económicamente y físicamente, bueno, de todas formas nos apoyan, principalmente cuando estamos enfermas”, explica Elia. “Gracias a Dios y a ellas no se fue mi compañera de cuarto, Berta, porque ya estaba a punto de morirse, la llevaron al hospital y luego empezaron a hospedarla aquí en la casa, pues es la última que llegó.”

Antes, durante medio siglo, el hogar de Elia fueron unas calles empedradas “por la Virgen de la Soledad y el Parque de la Soledad” porque el dinero no alcanzaba para nada y  “la prostitución de ahorita no es como antes, nos quieren pagar muy poco y luego los clientes no quieren pagar y no nos alcanza para pagar un cuarto”.

Respeto, para variar

Aquí reina la discreción. El respeto hacia las inquilinas es obligatorio. No hay placas fuera del portón, ni interfonos o buzones para el correo. El oasis está para dejar entrar la luz y no el ruido. La música de los sonideros llega de lejos; alegra, pero no molesta. “Ya hacia 2001 nace la idea de un albergue de este tipo y será Carmen Muñoz, líder de las sexoservidoras de la zona, quien va a lanzar la propuesta junto a algunas militantes feministas y la escritora Elena Poniatowska”, relata Jessica.

“El gobierno del Distrito Federal inauguró el proyecto en 2006 y el plan originario preveía que se diera hospedaje hasta a sesenta y cinco mujeres, a condición de que tuviesen más de cincuenta y cinco años de edad y que no contaran con ninguna red familiar ni hogar fijo; sin embargo, ha sido problemático encontrar los recursos y poner de acuerdo a tantas inquilinas, tan diferentes y acostumbradas a desconfiar o incluso a competir”, cuenta. Por ahora el objetivo sigue siendo obtener recursos suficientes como para atender a unas treinta y cinco mujeres, “aunque no es fácil tampoco, porque a veces la lucha es para que no cerremos, más que para crecer más”.

La calle es una habitación grande y gélida, pero familiar. Frente a la soledad y al miedo se puede crear comunidad, crear un espíritu de grupo, pese a las diferencias y a la competencia que, a veces, es despiadada: “Tenía compañeras con quienes compartíamos las noches, el parque y el lugar donde nos quedábamos; había mucho frío, pero también miedo de que le peguen a una, se burlen de nosotras, o lleguen los polis y nos lleven a la cárcel”, relata Elia, quien también fue víctima de abusos sexuales.

De hecho, después del último episodio violento, fue rescatada en el Parque de la Soledad. Llevaba días sin comer. “A mí me encontraron en el parque, me encontró una señorita porque estaba yo muy golpeada, me golpearon en el jardín, pues no quise dejarme violar y una trabaja-dora social me trajo a esta bendita casa que considero lo máximo, gracias al Señor y a esa chica.”

Aquí las heridas sanan, con paciencia, compañía y medicinas para el alma y el cuerpo. “Me trajo porque estaba yo mucho muy mal moralmente, físicamente, en todo estaba mal, pero aquí estamos, en Casa Xochi…” Elia no puede pronunciar el nombre de la casa, se traba siempre a la mitad y acaba riéndose. “Afuera nunca se han preocupado por mí, ni preguntan, ni nada, y ahora sí que como dicen, que el mundo gire, aquí estoy contenta, tengo mis compañeras, encontré lo que en muchos años no se puede encontrar: el calor de una hermana o de una amiga.”

Elia supo cuidarse de la tira y de los peligros de su profesión. “Gracias a Dios no estuve en la cárcel, no tuve ninguna enfermedad, siempre tuve mucha precaución en eso.” Fue sexoservidora en Ciudad de México desde los trece años de edad y hasta los sesenta y cinco, aunque “antes tenía mi casa y mis hijos, pero pues, no se comportan, no espera uno nada de los hijos, ahora sí que agarran su rumbo.” Elia dio a luz seis veces: “Los primeros los tuve a los veinte años y otros después, tuve seis partos de puro corte de res, de puros hombres porque simplemente en la prostitución nos descuidamos a veces y sale una embarazada. En aquel tiempo a veces tomaba y no sabía el bebé de quién era.”

Elia no tuvo niñez ni adolescencia. Salió de su casa a los trece para dedicarse a la prostitución. Era la única opción de vida para ella, venía de un hogar muy violento. “De verdad mi familia nunca estuvo, no tuve el cariño familiar, nadie me apoyó moralmente, uno quisiera tener muchas veces la comprensión del padre o de la mamá, pero en mi casa sólo había problemas y, entonces, me desesperaba y pronto me salí de la casa, me entregué directamente a la prostitución.”

Una familia otra

Todas las mujeres de Xochiquetzal tienen historias familiares muy complicadas y, normalmente, sus hijos las rechazan por su profesión, por vergüenza o ignorancia. O simplemente se fugan, desaparecen. “Bueno, en mi caso, un hijo se lo llevó su papá, otros se quedaron conmigo pero no en la calle, los dejaba con mi madre que vivía aquí en Zaragoza y se dedicaba a la limpieza de los hogares, y cada quince días, cada mes, yo regresaba a verlos.”

De seis varones, Elia sólo conoce el paradero de dos y tiene contacto nada más con uno, el más joven, J. M., quien vive en el DF. El otro se fue a Acapulco y radica allí hace veinticinco años, se casó y jamás volvió a saber de su madre. En cambio, “el más chiquito está bien contento porque me anduvo buscando, preguntando por dónde estaba en las calles, y le dieron señas de que yo estaba aquí en mi Casa Xochiquetzal, por eso me siento muy contenta.”

La directora y las mujeres están conscientes de los potenciales conflictos, de los problemas de convivencia y adaptación dentro de la vida comunitaria en la Casa, con sus deberes y derechos, con sus satisfacciones y dificultades, por lo cual “se hacen reuniones, iniciativas colectivas, talleres de psicología y hasta cursos sobre higiene, nutrición, el cuidado personal, la no violencia, las cuestiones de género y de equidad, y la autoestima”, especifica Jessica. “El temor principal de muchas personas mayores que se quedan con nosotros es acabar en una fosa común, o ser cremadas en los hornos de la policía sin que nadie las llegue a buscar o les dé una sepultura digna”, explica, “y en cambio aquí sus familiares pueden encontrarlas o al menos saber en dónde está su entierro”.

Antes de despedirme, Jessica me enseña la foto de una mujer anciana, de mirada muy profunda. Las paredes de su oficina están tapizadas de retratos de las mujeres de Casa Xochiquetzal, de las que allí habitan y de las que ya no están. Carmelita, la de la foto, falleció hace tres años, cuando tenía setenta y seis. Crió a sus hijos ejerciendo la prostitución. Después se puso también a vender dulces en la calle, para juntar algún dinero extra, pero un día, mientras trabajaba, un coche la atropelló y le fracturó la cadera. Su primogénito la cuidó durante seis meses, pero cuando le tocó a su hijo menor, éste se alejó, culpando de ello a su esposa quien, según él, había amenazado con dejarlo, y abandonó a su madre en una parada del Metro. Tras haber sobrevivido entre penurias y limosnas durante unas semanas en un paradero de autobuses, Carmelita fue recibida en Casa Xochiquetzal, solamente por un tiempo, antes de morir lejos de su familia pero cerca de las compañeras del refugio.

Decir que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo puede convertirse en la repetición de un cliché que justifica prejuicios y generalizaciones de quienes piensan ser portadores de “la moral”, pero olvidan las luchas, los abusos, imposiciones, condiciones y elecciones, muchas veces radicales, que están detrás de las historias personales de cada una de estas mujeres. Hace casi diez años que Casa Xochiquetzal rompe estereotipos y barreras, soledades y exclusiones, representando el lado solidario de la Ciudad Monstruo.

Nota: Para conseguir Las amorosas más bravas, ir al blog: vocesdecasaxochiquetzal.com

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