Un helicóptero en el baño – No a #Helipuerto en #Copilco @JornadaSemanal

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[de Fabrizio Lorusso – La Jornada Semanal – ¿Qué pasa en Copilco? Lee aquí sobre eso…LINK ] Volver de unas vacaciones en otro país siempre es placentero, sobre todo si se trata de tu país de origen y visitas a la familia, por ejemplo. Chilangolandia, sin embargo, es como una segunda casa, un hogar decididamente ajeno pero fuertemente amado que, a la vez, reserva sorpresas y sustos.

Donde no había nada, de repente surgen tiendas y edificios mastodónticos, o brotan, como honguitos alucinógenos, centros comerciales alucinantes como Oasis, de Coyoacán, que se nos regaló a los vecinos en 2015, precedido por ridículas medidas de compensación, como el arreglo de (algunas) banquetas y de changarritos a la salida del Metro. Es decir, algo que debería ser normal y ordinario, como mantener la infraestructura. El inútil Oasis, que sólo es un oasis y un reparo del tráfico que él mismo ha causado, se sitúa en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, es decir, en la zona más densamente poblada de shopping malls de Ciudad de México.

La jungla vial en Avenida Universidad, utilizada como terminal camionera de muchas rutas y como conexión para acceder al “oasis”, junto al ruido imperante, ha empeorado la calidad de vida de decenas de miles de personas en pocas semanas.

Además, el flujo de carros, que avanzan a vuelta de rueda todo el día animados por desesperanzas consumistas, provoca niveles de contaminación aérea y visual indescriptibles, lo cual va en sentido totalmente contrario a las medidas del “doble hoy no circula” adoptadas por tres meses en la capital. Por un lado, queremos aire “limpio”, o por lo menos no inmediatamente mortífero, pero, por el otro, no hay planes de vialidad, se dejan en las avenidas miles de camiones sin un paradero digno y se construyen plazas absurdas portadoras de tráfico, desidias y esmog.

Pero esta vez, en 2016, el regalo de las autoridades y del capital privado va más allá del bien y del mal para rozar los umbrales de lo impensable. ¿Por qué no construimos un lindo helipuerto en Avenida Universidad, a ladito de la unam y de Oasis y en el medio de una selva de unidades habitacionales y condominios? El helipuerto de Copilco, alias “Monstruo de Copilco” o “Helipuerco”, ya fue concluido; se construyó en el lapso de unas vacaciones.

De regreso, apapachado por el sueño, me dirijo hacia la ducha, pero antes me asomo por la ventanita cuadrada del baño, en el cuarto piso de uno de los edificios que rodean al nuevo Monstruo. Aparece. Observo, con el corazón constreñido, una plataforma circular enorme para el aterrizaje de helicópteros, colocada sobre el viejo palacio de la exmueblería de los Hermanos Vázquez: un monumento al kitsch y al despilfarro a sólo unos cuantos metros de la ventanita. Unos trabajadores, que se parecen a los inimitables voladores de Papantla por la falta de seguridad y protección con la que deben laborar, pueden verme y hasta saludar. La desproporción se ha apoderado de los sueños del hombre y su monumento está en frente de mí, en lo que será el helipuerto de Cadena 3, con sus seis foros de tv y doce canales de radio. Las antenas transmisoras, con sus ondas electromagnéticas, van a enfermar el panorama y a la gente. El ruido y la contaminación de los helicópteros se cernirán diariamente sobre las cabezas inermes de miles de personas.

A lado de los trabajadores destaca una cruz con flores, visible en lo alto hacia el cielo, para recordar a uno o más compañeros fallecidos durante la realización de la obra. Es un panorama triste, indignante, que se reproduce igual en muchas otras obras y edificaciones. Se muere fácil, trabajando en la construcción de las nuevas pirámides, gracias a las cuales unos pocos “picudos” –como los llama uno de los albañiles del flamante helipuerto sideral– podrán volar desde las 4 de la mañana hasta la noche sobre nuestras cabezas, poniendo en riesgo la vida y la seguridad de miles de personas y la tranquilidad de otras tantas. Son más de 25 mil los ciudadanos afectados directamente por el naciente Monstruo copilquense.

Mi mente vuela, el sueño me domina y las imágenes oníricas se pueblan de hélices y motores rugientes. La pesadilla sigue, veo a estrellas de reggaetón y a austeros directivos de tv con sus familias plastificadas, que aterrizan sobre el trolebús de la ruta a Taxqueña, aquí abajo en la avenida. Amenazan al chofer y no pagan los cuatro pesos debidos. Y luego de nuevo suben estruendosamente con su helicopter hasta llegar al baño de mi vecina y desembarcar. Bajan los de la radio, en cadena, al baño, invaden la unidad con sus vientos, nos amenazan con avionazos y miradas tipo espionaje. El espacio público se torna cada vez más privado, privativo y exclusivo. El goce de pocos ricos voladores, armados de micrófono satelital y antena interestelar, vale más que el humilde bienestar de las masas populares que habitan los alrededores. Me despierto sudando, mi córnea trae impresa todavía la figura de un disco volador extraterrestre. Este sueño terrible, inspirado quizás en mis lecturas de Philip k. Dick, finalmente no es tan surreal. Es un hecho que habrá que denunciar y contrastar.

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Pesadilla de hélices y drones

 “El temor de que una aeronave se estrelle en su propiedad es latente, pues aún recuerdan cuando hace unos años un helicóptero que despegó de un edificio ubicado en Montes Urales cayó en un restaurante de los alrededores. Son varios los accidentes reportados por helicópteros desplomados sobre la ciudad, incluido el de octubre de 2011 frente a Viveros de Coyoacán”, reporta una petición lanzada en la web de Change.Org por el Comité de No al Helipuerto en Copilco, que pueden seguir en Facebook. Además, se lee en el documento: “La semarnat ha establecido un límite máximo de 55 dB entre las 6:00 y las 22:00 y de 50 dB de las 22:00 a las 6:00 horas en zonas residenciales; un avión produce 150 dB, a los 120 inicia el umbral del dolor y afecta nuestra salud.” Duelen los oídos al leerlo. La gentrificación de los barrios y el menosprecio de la calidad de la vida de las mayorías son en México un triste déjà vu. Copilco vive ahora su pesadilla de hélices y drones

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