Populismos de Derecha y de Izquierda – Fabrizio Lorusso en Revista EPIKEIA – Universidad Iberoamericana León (MX)

Epikeia_Logo[Artículo de Fabrizio Lorusso, “Populismos de derecha y de izquierda”, EPIKEIA (Revista del departamento de Ciencias Sociales y humanidades de la Universidad Iberoamericana León, México), n. 38, verano 2019, ISSN 2007-1418 – link original o leer a continuación]

Abstract – Si rastreamos la etimología de la palabra “fármaco”, de origen griego, descubrimos que significa tanto medicina como veneno y el efecto, positivo o nefasto sobre la salud, depende de la dosis y de la intensidad de su aplicación. El politólogo italiano, Ferruccio Capelli, acaba de publicar un libro titulado El futuro encima. La incertidumbre, el miedo y el fármaco populista (2018), el cual nos da un cuadro muy útil para entender la realidad político-social actual desde un punto de vista que, desde lo local, nos lleva a establecer vínculos y explicaciones globales, válidas en distintos países, sobre el populismo. En la espera de poder leerlo en español, vale la pena anticipar aquí algunos de sus contenidos iluminantes, incluso para el acontecer político en las Américas.

Después de la crisis económica y financiera global del 2007-09 y sus secuelas recesivas en casi todo el mundo, especialmente en el Norte y Occidente, hemos visto hechos políticos inesperados y disruptivos como la victoria de la presidencia de EEUU por parte del magnate-empresario, nacionalista, xenófobo y suprematista Donald Trump o el voto referendario del Brexit en 2016, con el cual el Reino Unido decidió salirse de la Unión Europea. Asimismo, en 2018, por primera vez en la Europa occidental se formó un gobierno sostenido por un bloque de partidos populistas de tendencia derechista en un país, Italia, que había sido, en la década de 1990, un precursor del nuevo populismo mediático-político bajo le égida del magnate Silvio Berlusconi y de su partido-empresa Forza Italia.

Si bien hay algunos fenómenos recientes que tienen rasgos del populismo, ya sea de “izquierda” o de “derecha”, el populismo viene de lejos, aunque la oleada actual tiene sus peculiaridades y sus raíces vienen de la historia de las últimas 3 o 4 décadas, caracterizada por la globalización, el predominio del mundo financiero, los movimientos masivos de personas y el neoliberalismo. La oleada “clásica” del populismo, en cambio, se remonta cuando menos a la década de 1930, tras la crisis económica de 1929 y la Gran Depresión, por ejemplo con presidentes latinoamericanos como el brasileño Getulio Vargas, el mexicano Lázaro Cárdenas y el argentino Juan Domingo Perón.

La evolución 3.0 de ese fenómeno incipiente del nuevo populismo de fin de siglo se concreta hoy, en la mayoría de los casos, en líderes racistas de extrema derecha que conjugan una política económica de corte neoliberal con alguna concesión a los sectores populares y una política social regresiva o incluso anti-liberal. Viktor Orbán, Primer Ministro de Hungría, y Jair Messias Bolsonaro, el inquietante presidente de Brasil, desde luego entran en esa clasificación y siguen una línea que favorece al gran capital y a los inversionistas extranjeros, a la vez que tiende a comprimir los derechos laborales, sociales y de las minorías.

Pero el populismo no es sólo un fenómeno de la “derecha” del espectro político, sino que “a la izquierda” también se dan evidentemente retóricas y prácticas populistas. Si Hugo Chávez y Evo Morales pueden ser casos emblemáticos, más parecidos a los populistas “clásicos”, en la América Latina pre-crisis del 2008, el partido español Podemos, el estadounidense Bernie Sanders o AMLO en México pueden representar liderazgos populistas nuevos en la era post-crisis. Estos sin duda son influidos por los cambios y efectos importantes que la crisis ha acarreado en la política, sobre todo el tema de la desigualdad, así como por movimientos sociales como Occupy Wall St. (el famoso 99%), el nuevo feminismo, el ambientalismo y los indignados españoles. En unos apartados más vamos a ver las diferencias, que me parecen fundamentales, entre el modelo de populismo de derecha y de izquierda.

Cabe pensar en periodos largos, yendo más atrás incluso de la crisis de 2008-2009, pues hay tendencias más profundas y preexistentes de los últimos 40 años, que se han caracterizado por una nueva “gran transformación”, distinta de la que hablaba Karl Polanyi y parecida una “revolución silenciosa” de mercado y de mentalidad, consumista e individualista, que está compuesta por lo menos por tres grandes tendencias que se deben leer en conjunto:

  1. La globalización, acelerada desde la década de 1980, marcada por el fin dela Guerra fría y la caída del muro de Berlín, en 1989, y de la Unión Soviética.
  2. El desarrollo impetuoso y omnipresente de la ciencia y de la técnica, de la comunicación, los transportes y las tecnologías, que permite la globalización pero también es impulsado por ella.
  3. El neoliberalismo como ideología dominante, además de arreglo institucional, movimiento intelectual y política económica y social, con la cual se han manejado la misma globalización y las posibilidades engendradas por los desarrollos tecnológicos.

En 1997, por ejemplo, se abolió todo control a las telecomunicaciones en Estados Unidos mediante la deregulation y liberalizaciones, lo que a la postre ha inducido una mayor cartelización o concentración de poder en la industria. En 1999, se abolió una ley de 1932 en EUA sobre la separación entre bancos de inversión y bancos de negocios, lo cual abrió las puertas a la financiarización de casi todo producto o servicio (y a la crisis global de 2007-09). Este modelo se replicó en muchos otros países y, de hecho, la parte financiera de la crisis impactó más las economías que más habían liberalizado el sector.

Capelli propone tres categorías emergentes para comprender la realidad, la que deben leerse conjuntamente:

  1. La desintermediación, o reducción de los intermediarios, es un fenómeno que ha ocurrido tanto en el mercado como en la democracia, con la paulatina desaparición de los cuerpos intermedios de representación y organización de la sociedad, como son los partidos políticos, los sindicatos, los patronatos, las organizaciones mutualistas y de trabajadores, las asociaciones religiosas, etc…También han disminuido los filtros comunicacionales, pues todos escriben y hablan sin filtros. Parece que está de regreso la “multitud” en sentido decimonónico, contrapuesta a la sociedad efectivamente organizada. Más que de “democracia líquida” a la Bauman, podemos retomar lo escrito por Marx en El Manifiesto de 1848 y sostener que hoy “todo lo sólido se desvanece en el aire”. En cambio, deberíamos lograr una colonización de la red con valores de avanzada, de apertura y comunidad, y no acabar en la ilusión de protagonismo del individuo.
  2. Soledad implica aislamiento e iperindividualismo, por ejemplo a partir de las relaciones laborales, pues hay cada vez más trabajos “smart”, realizados en donde y cuando se quiere, también de manera aislada. En Facebook todos pueden “manifestarse” y hacer activismo a solas. La ideología de las clases dominantes se traduce en competencia, meritocracia, y sociedad de los ganadores como principios básicos: “Somos los ganadores porque somos los mejores, y por eso merecemos, tenemos el mérito”. Es una frase de auto-justificación ideológica del estatus quo, de la división social y de la desigualdad.
  3. Desorientación significa una pérdida del sentido de la dirección, del rumbo, y del límite, pues este límite se mueve siempre hacia adelante, en un proceso de innovación continua y frenética que nos envuelve, por lo que finalmente se nota la ausencia de una línea directriz de futuro. Se ha roto el sentido de colocación dentro de la historia, mientras que la historia ahora sirve sólo para la erudición y ya no para el presente, para entenderlo y guiarlo con sentido de la marcha.

De entre todos los tipos de populismos, reconociendo que ha habido muchos modelos y prácticas en la historia, desde finales del siglo XIX y el siglo XX, el autor del ensayo reconoce al menos tres rasgos comunes:

  1. El pueblo contra la élite. Este pueblo no es el demos, o sea todos los ciudadanos, sino una parte, pues cada líder tiene su Por ejemplo, Salvini en Italia ha cambiado “su pueblo” de referencia, ya que ahora está formado por “los italianos dispuestos a estar en contra de los migrantes”, mientras que antes eran “los del norte del país que menosprecian a los del sur y de la capital”.
  2. Giran en torno a un líder absoluto.
  3. Promueven la invención de un enemigo (los migrantes, los pobres, los musulmanes, los negros, el Estado centralizador, los “comunistas”, la casta de corruptos, los políticos tradicionales, etc…)

Una definición general, según Capelli, es: “El populismo es un humos, un estilo, una mentalidad que, en sus múltiples expresiones, vuelve a proponer la centralidad del pueblo, exalta la función del líder y se define a través de la invención del enemigo”.

“Esto, en su miles de concretizaciones distintas, se ha tornado la forma política tendencialmente prevalente en los tiempos de la crisis de la globalización neoliberal, en la época de la democracia desintermediada, de la soledad y de la incertidumbre, de la desorientación, cuando la mirada de los seres humanos voltea hacia el pasado porque el futuro parecer caerles encima”.

¿Por qué tienen éxito? Han sido un “fármaco” para las tres tendencias globales mencionadas, aunque pueden transformarse fácilmente en un “veneno” y crear “adicción”, amenazando la democracia. El fármaco puede curar y a la vez, según las dosis y los anticuerpos, envenenar. Si se crea dependencia, es difícil salir y mantener viva la “ilusión” es algo seductor. Entonces, los populismos, de una u otra manera, ofrecen “soluciones”:

  1. La fuerte identificación con el líder responde bien a la progresiva desintermediación de la democracia y de las relaciones sociales, conducidas cada vez más a través de las redes virtuales y los medios autocreados y más directos.
  2. La idea de una comunidad nacional y apelar a un pueblo (o de otro tipo: étnica, religiosa, lingüística, regional, moral, de clase, etc…) ayuda a combatir la soledad, la falta de sentido de pertenencia.
  3. La creación de un enemigo cohesiona esta “comunidad” y da el sentido de una lucha, de un camino compartido, de una idea de conflicto y de dirección para hacerle frente a la desorientación.

El “fármaco”, sin embargo, tiene contraindicaciones:

  1. ¿En dónde quedan las minorías y las diversidades? ¿Y las reglas, el estado de derecho, las instituciones? Se responde a la desintermediación, pero no se crean nuevos cuerpos intermedios, sino que mucho pasa a depender de liderazgos individuales o grupales.
  2. Se puede imponer una lógica de comunidad-secta, conflictiva, cerrada y discriminatoria hacia “el otro”, como en la Hungría de Orbán, en donde este político ha cerrado las puertas a la migración pero, al mismo tiempo, como no llegan nuevos trabajadores y mano de obra barata, está imponiendo a los húngaros más horas extras no pagadas y peores condiciones laborales. ¿De quién hace el interés realmente esta política? De los dueños de las empresas. O sea de un particular sector social. Por eso, se han etiquetado ciertos regímenes como éste con el término de “fascismo neoliberal” (un mix de anti-liberalismo social y político, con reducción extrema del espacio democrático, y neoliberalismo económico).
  3. Se tiende a mirar siempre hacia el pasado, se privilegian rasgos neo-románticos, y se vela por comunidades cerradas para “proteger al pueblo”. De esta forma, se “resuelve” la desorientación, pero se reorienta el rumbo hacia ciertos pasados míticos.

Con base en este primer acercamiento, entendemos que existen populismos bien definidos en sus características y, por otro lado, hay un estilo populista, detectable en muchos partidos y líderes políticos que adoptan discursos, propuestas y elementos del populismo y de la demagogia para conducir la vida pública que, de esta forma, puede volverse cada vez más adicta y acrítica respecto de la política y su discurso.

Sobre populismo de derecha y de izquierda, Capelli sostiene que es difícil “clasificarlos” de esta manera, además de que la inseguridad y el miedo del pueblo pueden llevar hacia la “izquierda” pero también a la “derecha”. El miedo de los precarios puede desembocar en contra de quienes son aún más débiles, como los migrantes en Europa, o bien, puede direccionarse hacia reivindicaciones de justicia social o de un sistema de protección o redistribución, como en México con AMLO o Podemos en España.

La crítica populista de la política, asimismo, puede desembocar en un partido o líder de “ley y orden”, en el “hombre fuerte” y la política de “mano dura”, o buen dirigirse hacia una democracia revitalizada por la transparencia y la participación popular. Hoy, la mayoría de los populismos gobernantes tienen connotaciones de derecha, de cerrazón, limitación de derechos civiles, militarización de espacios públicos, salvaguarda de privilegios, ampliación del uso y portación de armas, el regreso al pasado. Menos comunes son los populismos de izquierda en que se encaran los mismos dilemas y problemas, pero con otros marcos culturales y discursivos, bajo cierta tendencia a la apertura, a la igualdad, al universalismo, a la mirada esperanzada hacia el futuro, incluyendo ejemplos posibles como Luc Melenchon y parte del movimiento de los chalecos amarillos en Francia, Jeremy Corbin en el Reino Unido y Bernie Sanders en EEUU.

En las derechas populistas de Europa la tendencia es elegir como “enemigo del pueblo” al otro, al migrante o a la Unión Europea y otras organizaciones externas o complots internacionales en que siempre está presente el magnate George Soros o los judíos (sí, como bajo los fascismos y el nazismo). Se da la culpa de la desigualdad y la pobreza al migrante y al más débil para conseguir votos y para que los precarios y empobrecidos de la sociedad no se rebelen. Desde la izquierda europea y latinoamericana, se conforman enemigos que son, más bien, la desigualdad y la pobreza, ligadas a la corrupción, a un modelo de desarrollo neoliberal y a sus élites, por lo que una receta es volver a la inclusión de corte keynesiano o post-neoliberal.

Sin embargo, las mezclas y pociones del fármaco, en los hechos, pueden ser muchas y variadas, como en el caso de Bolsonaro en Brasil, quien, pese a tener 30 años de carrera política, privilegios de todo tipo y claras tendencias nepotistas, ganó las elecciones presentándose como “outsider”, líder de la gente y paladín anti-corrupción, sin que se mencionaran los temas apremiantes de las desigualdades y de los intereses intocados de la vieja élite tradicional, de las transnacionales ávidas de recursos naturales y de los grandes consorcios que, en efecto, lo sostienen.

Los populismos no se forman de por sí para colocarse la derecha o a la izquierda, sino que la preocupación de sus líderes, mientras constituyen lo que será “su pueblo” (la parte de la población que van conceptualizando como totalidad o “pueblo”), se basa en otras preocupaciones como ofrecer protección y reforzar a su pueblo como un todo, defender y representar realidades étnicas y culturales, sanar y reinventar la política. La orientación final puede depender de muchos factores y tiende a quedar abierta a cambios, incluso. Por ejemplo, el Movimiento 5 Estrellas de Italia, de hecho, cruzó del lado “izquierdo” de la política al derecho en pocos años, pues inicialmente se percibía como un partido progresista y de cambio, pero acabó abrazando la retórica contra la falsa “emergencia” migrantes y varias políticas neoliberales y  estableciendo un gobierno con la derecha neofascista de la Liga Norte. Finalmente, también las elecciones de los grupos dirigentes y del líder, su sensibilidad política y su historial, el contexto general interno y externo, las orientaciones prevalentes en la sociedad y en los votantes pueden influir en la orientación a la “derecha” o a la “izquierda” de sus programas y sus acciones.

 

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