Los nuevos zapatistas con la Coca Cola
Con la excusa de los mercados, los nuevos conquistadores son las marcas americanas a las cuales los gobernantes abren las puertas, pero hay alguien que todavía resiste.
En la entrada de la comunidad autónoma zapatista de Oventic hay dos letreros. En uno está escrito que es prohibido robar, sembrar droga y el transito de vehículos ilegales. En el otro, que aquí el pueblo manda y el gobierno obedece. Nunca había estado en Oventic, en Chiapas decenas de veces, la primera en el 2005 cuando vine a comprar libros para la biblioteca de Nuevo Horizonte, la comunidad guatemalteca donde trabajaba. Para llegar a Oventic hemos tomado un taxi colectivo en la periferia de San Cristobal de las Casas, la ciudad más bella de Chiapas.
Entrar en Oventic ha sido fácil. Un par de hombres con pasamontañas nos han preguntado las razones de nuestra visita, las nuestras profesiones y los pasaportes. Mejor no hablar del reportaje que escribo, parece que también por estos rumbos los periodistas no tengan buena fama.
No soy y nunca seré periodista, creo que la orden de los periodistas debería ser abolida, pero era demasiado difícil para explicárselo. He dicho que era voluntario en una comunidad de Guatemala y no he mentido, dado que es lo que estoy haciendo ahora. La visita a la comunidad zapatista ha durado un par de horas, nunca los dos hombres nos han perdido de vista, nos han autorizado a tomar fotos de los murales de la comunidad, al pequeño edificio en donde está la Junta de Buen Gobierno y la escuela.
Han pasado veinticuatro años desde el día en que el Ezln – el Ejercito zapatista de liberación nacional – ocupó algunas ciudades de Chiapas para protestar en contra del NAFTA con los Estado Unidos de America. La época donde el Subcomandante Marcos fascinaba partidos y movimientos de izquierda en todo el mundo parece terminada, el mismo Marcos ya no existe, hoy se hace llamar Subcomandante Galeano, en honor de un miembro del Ezln asesinado tiempo atrás. Sin embargo las comunidades zapatistas todavía están aquí, muchos e los primeros insurgentes son viejos, otros han muertos pero sus hijos y nietos siguen estudiando en las escuelas rebeldes de las comunidades. Estudian comunicación política, el materialismo marxista y la cosmovisión maya, aunque algunos saben mejor la biografiá de Cristiano Ronaldo. Al terminar la visita en Oventic hemos ido a comer el pequeño restaurante comunitario. Habían ricos platillos para escoger: sopa de frijoles, carne de res con cebolla y pollo en mole, una rica salsa de cacao y tortillas quemadas. Había la Coca-Cola y nos la han ofrecida.
El ritual propiciatorio con las botellas carbonatadas
A un par de horas de Oventic se encuentra San juan Chamula, una comunidad maya tzotzil. Los chamulas, la etnia indígena de este territorio, veneran Juan Bautista en el templo de San Juan, una iglesia con una fachada encalada y unas pintorescas arcadas pintadas de verte y azul. Los tzotziles detestan que se le tomen fotos. Hay quien ha sido relevado con la fuerza por no haber cumplido con sus ordenes, nada de fotos entonces. No habían bancas ni sillas en la iglesia. Quien reza está acostumbrado a hacerlo en el suelo. El piso estaba cubierto de agujas de pino, su perfume se mezclaba con el del incienso. Los feligreses eran todos indígenas, algunos de ellos parecían ausentes, hundidos en la magia de los rituales. Cantaban y rezaban con los ojos cerrados. Otros se pasaban mutuamente unas pequeñas ramas con unas hojas. Entre una palabra indígena y la otra, sobresalía un Jesús, una María, un amen, un Padre Nuestro. Habían botellas de Coca Cola por doquier. Se las pasaban como si fuera el calumet de la paz. Bebían, erutaban, luego fregaban el cuerpo de sus hijos con las botellas de Coca Cola. Hace tiempo para los rituales usaban bebidas de maíz. El nuevo sincretismo no es entre religiones, sino entre tradiciones y neoliberalismo.
En Mérida, la capita de Yucatán, los albañiles van al trabajo con una botella Coca Cola de tres litros y medio cada uno. Antes de empezar el trabajo, a las 7 y media de la mañana, ya se han tomado casi la mitad. Son mal pagados, pero la Coca Cola se la pueden comprar, muchas veces cuesta meno del agua (y de toda manera, en México casi toda el agua la produce Coca Cola Company).
Hoy los mexicanos son el pueblo más obeso en el mundo, han superado los estadounidenses. Quien tiene dinero y estudios come y bebe mejor. Los supermercados que venden productos orgánicos salen como setas en California mientras los más desgraciados se nutren de comida hipercalórica, beben alcohol, son adictos al azúcar y mueren antes. Los colonizadores de hoy no tiene que abrirse camino con las armas, solo necesitan los tratados de libre comercio o las novelas que muestran modelos de vida inalcanzables. Se llama globalización y los partidos de izquierda europeos, si todavía se pueden llamar así, han llegado a ser su principal paladinos. Y siguen impertérritos en este camino. Hablan de Ttip o Ceta, haciendo pasar el libre mercado por llave para el desarrollo global y luego, para limpiar sus consciencias, improvisan pasarelas sobre los barcos de migrantes olvidando que aquella gente huye de las desigualdades que ellos mismos contribuyeron a crear.
La filosofía política de los frijoles y del maíz
El neo-imperialismo, de los mercados, no produce injusticias solo en el tercer mundo. En los Estados Unidos de los que han votado para Donald Trump lo hicieron también por sus declaraciones en contra del Nafta – North American Free Trade Agreement – exactamente el tratado de libre comercio tan hostigado por los zapatistas de Chiapas, El mismo Trump lo ha definido un acuerdo infame que ha producido un hecatombe de puestos de trabajo. Veremos si será capaz de borrarlo. Gracias al Nafta se han enriquecidos multinacionales que facturan más de un estado latinoamericano medio. Sobretodo las multinacionales de los agro-negocios, los dueños de las semillas, los dueños de la comida, los dueños del mundo.
¿Piensan que el libre mercado se libre de verdad? Váyanse a contarlo a esos campesinos obligados a vender sus tierras porque desde EE. UU., gracias al tratado Nafta, llega maíz barato que ha hecho insostenible trabajar la tierra. De campesino humildes pero dueños de si mismos se han vuelto un ejercito de indigentes que antes ha poblado los barrios bajos de las metrópolis centroamericanas y ha visto sus hijos llevados por las bandas armadas de los barrios bravos, luego ha cruzado México esperando que al otro lado del muro estuviera una posibilidad para sus familias.
Lo divertido es que entre los objetivos del Nafta estaba también la lucha contra la inmigración ilegal. Pero en los diez años que van desde los principios de 1980 hacia 1990 el número de los mexicanos en Estados Unidos ha pasado desde dos hasta casi cuatro millones y medio. Desde 1994 – el año en que entró en vigor el Nafta – hasta el 2000 casi alcanzaron los 10 millones. La razón nos la explica Aldo Gonzalez, líder de la Unsojo, la Unión de las Organizaciones Campesinas de la Sierra Juárez, la principal cordillera del estado de Oaxaca. Aldo es de la etnia zapoteca, al igual que Benito Juárez, el primer presidente de origen indígena de México, de Guelatao también. Una milpa es un campo para el cultivo de maíz. Aldo cultiva su milpa tal como se hacía antes de la llegada de los españoles. Ahí cultiva maíz, frijoles y calabaza para obtener carbohidratos, proteínas y vitaminas. El maíz le permite a las plantas de frijol de subir, las raíces de la calabaza se difunden bajo tierra contrastando las malas yerbas y el frijol es un legumbre capaz de aportar azoto a la tierra. “Necesitamos cooperación, protección. Mira la milpa, le enseña a los hombres como comportarse”, explica Aldo.
México es el país donde nació el maíz y hay alrededor de 1200 variedades, y no obstante hoy una mayor parte es importada desde Estados Unidos. Técnicamente en México no se puede cultivar maíz transgénico, sin embargo hay mucho maíz modificado genéticamente en las mesas mexicanas y eso ha contaminado algunos campos en el País. A partir del 1994 han llegado toneladas y toneladas de maíz desde Estados Unidos. El maíz era muy barato, los campesinos no resistían y vendieron sus tierras y abandonaron los campos. ¿Libre mercado? En los Estados Unidos el maíz está subvencionado con millares de dólares. Los campesinos, explica Aldo, a menudo venden sus tierras a latifundistas vinculados, directa o indirectamente con las mismas multinacionales del agro-negocios.
La soberanía alimenticia comienza con la independencia
La dicha izquierda ve al fascismo en todos lados: lo ve en lo que define el populismo suramericano, lo ve en los movimientos que intentan hacer tabula rasa de la clase dirigente europea, lo ve en Putin o en las casas de los que poseen una botella de vino con la cara de Mussolini en la etiqueta. Sin embargo no logra verlo donde realmente reside: en el súper-poder del libre mercado. Tenía razón Pier Paolo Pasolini cuando dijo que la civilización de los consumos – el verdadero fascismo – estaba destruyendo a las distintas realidades particulares de Italia, las diferentes maneras de ser hombres.
En México los conquistadores de hoy son los hipermercados de Walmart, para los cuales los gobiernos mexicanos abrieron las puertas de casa al igual que Moctezuma con Hernán Cortés. La batalla política del siglo ya no es entre derecha e izquierda, sino entre los que nos quieren consumidores pasivos de cualquier cosa, desde la comida hasta las noticias de los telediarios, y quién intenta retomarse trocitos de soberanía.
En estos lugares alguien entendió que hay que empezar a partir de la soberanía alimenticia. Lo entendió Aldo González y los promotores de la Unosojo, que viajan por las sierras de Oaxaca e intentan poner en marcha proyectos en defensa del maíz nativo juntos con las poblaciones indígenas que van encontrando. Lo entendieron María Estela Barco y Faustino Guzmán de Desmi, una de las organizaciones sociales más antiguas de San Cristóbal de las Casas que apoya las comunidades indígenas de Chiapas y colabora con los zapatistas. “Ser dueños de nuestras semillas es el primer paso hacia la soberanía alimenticia”, dice María Estela Barco. Cada año se huyen desde México hacia los Estados Unidos decenas de miles de campesinos. De acuerdo a María Estela la única manera de evitar este éxodo de masa es apoyar las comunidades agrícolas difundiendo prácticas agro-ecológicas. “La autonomía de las comunidades indígenas está en peligro. Los gobiernos mexicanos reciben órdenes desde los lobistas de la multinacional Monsanto y están pensando en prohibir las semillas nativas. Pretenden que se utilicen únicamente semillas certificadas, que están producidas por las multinacionales. Pero un campesinos que no produce sus semillas es un campesino muerto”.
Me doy cuenta de lo complicado que es poner en relación la producción de semillas con fenómenos enormes tal como los flujos migratorios. Pero no hay campesino en el mundo que, si pudiera vivir de una forma digna, dejaría su propria tierra. La globalización avanza y sin embargo hay quien se opone y no lo hace con actos de vandalismo o con un post en el Facebook. Lo hace sembrando semillas nativas, lo hace creando bancos de semillas para poner en seguridad el futuro de los hombres. Lo hace hablando de soberanía, de autonomía, de libertad. Lo hace luchando en contra de los tratados de libre comercio, como hacen desde hace 24 años los zapatistas. Lo hace recorriendo las calles de tierra de Chiapas para llegar a una comunidad de montaña donde viven hombres y mujeres que ni hablan español y piensan que la pobreza es su condición natural.
Nuestro futuro pasa por un elote
La pobreza no es ineluctable, como predicó toda su vida Don Samuel Ruiz García, el obispo de los indígenas fundador de Desmi. Muchos se opusieron al trabajo de don Samuel en favor de los pobres de Chiapas: los gobiernos mexicanos le acusaron de ser subversivo y de haberle abierto la puerta para la llegada de los zapatistas. Los latifundistas del Estado lo consideraron un peligro para sus intereses y la curia de Roma tomó posición con ellos en lugar de las de las poblaciones indígenas de México. Don Samuel está enterrado en la catedral de San Cristóbal de las Casas, cerrada desde el último temblor que ha golpeado Chiapas. Papa Francisco, en 2016, rezó en su tumba y no fue cualquier cosa.
En el primer piso del Palacio del gobierno de Mérida hay una obra mural que ilustra el nacimiento del ser humano de acuerdo al Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas. El hombre nace del maíz, florece desde un elote. No sé si esta indisoluble unión entre el principal producto de la tierra fértil mexicana y el hombre representa realmente el pasado. Por cierto representa el futuro.