Flujo de inconsciencia desde la tierra de l@s desaparecid@s

desaparecidos[De Fabrizio Lorusso. En colaboración con Desinformémonos y Zona Franca] En Iguala cuentan que el comandante de la policía mandaba desaparecer a la gente. Después el papá del mismo oficial se juntó a las víctimas de desaparición forzada para buscar a su hijo desaparecido. Se volvió víctima a su vez. Una espiral sin fin. Y a todos y todas les une el mismo dolor. Ni siquiera la pérdida, porque un desaparecido no está perdido. Más bien no está. No está en Huitzuco, no está en Mezcala ni en Iguala. No está en una mina de Taxco, en la entrada de la ciudad, de donde en 2010 sacaron a decenas de cuerpos y se dieron cuenta porque toda la zona olía mal. El hedor a muerte no pudo esconderse más y se derramó durante días para señalar que algo terrible había pasado. Y que seguiría sucediendo. Que el retén en la carretera o el cateo sin orden ni permiso podrían ser definitivos y tragarse a las personas como si nada.  

Un periodista recuerda que su primera vez en los cerros con los buscadores fue espeluznante: había pantaletas de mujeres tiradas a lado de botellas de whiskey en los campamentos de los narcos. Allí las obligaban a excavar su propia fosa antes de ser enterradas. Alguna prenda de ellas quedaba en la superficie como resquicio de la violencia, dejando abierta la puerta al horror de la imaginación.

Relatan que los traficantes establecían sus campamentos todavía muy lejos cuando comenzó todo esto, por allí de mediados del sexenio de la narcoguerra de Felipe Calderón, pero después, como gozaban de una impunidad lisa y llana, total e indignante, perdieron el miedo. Se fueron acercando, prendiendo fogatas y torturando a sus rehenes en las cercanías del casco urbano, a pocos metros de las últimas colonias habitadas, de donde se podía percibir, si no es que ver directamente, lo que hacían. Perpetradores trepados en sillas naturales sobre las ramas más fuertes de los arboles miraban desde arriba a lo lejos para detectar movimientos, mientras debajo de ellos las raíces tragaban gotas de sangre y secretos que ahora los restos revelan.

El silencio. El miedo. Lo perdían los criminales al destrozar vidas y destinos. Y les ganaba a quienes sabían algo de ese infierno. Centenares de fosas alrededor de Iguala quedan como imagen viva de la barbarie. Más de 500 son las personas que por allí sin paz descansan. Antes no se conocían cifras. Nadie denunciaba, pocos casos llegaban a algún ministerio público. Las amenazas, el estigma social, la colusión narco-estatal, la falta de recursos y el terror paralizaban a los familiares. La ley garantiza el derecho a denunciar la desaparición de inmediato, pero las autoridades hablan de que tienen que pasar 72 horas. Mentira. Y a veces incluso es ése el tiempo en que los mismos perpetradores envían a algún falso negociador para que, cínicamente, les haga falsas promesas a las familias y les haga perder tiempo. Pero, ¿De dónde agarrar valor o esperanza cuando el jefe de plaza es el comandante de la policía? ¿O cuando es el mismo ministerio público que te lleva a “negociar” en algún local público y a sentarte frente al líder de los traficantes de la ciudad?

Relatan que a veces los narcos arrepentidos son quienes dan tips a alguna persona sobre los lugares en que enterraron a sus víctimas. Otras veces es algún pastor, un campesino o un aldeano quien puede indicar para dónde ir a buscar y por dónde, en algún pasado reciente o muy remoto, hubo algún carro, un fuego, una luz o gente marchando. Y así lo comunican, lo susurran o lo escriben en un papelito, para que busque la gente. Y los buscadores, las buscadoras, prometen tan solo ir por lo mínimo, pues ya no buscan ni verdad, ni justicia, sino paz. Conocer el paradero de su ser querido. Prometen no levantar denuncias, qué la justicia se ve como algo muy lejano ya, mientras que para ellos saber en dónde están es lo prioritario, lo eternamente urgente que consume pero mueve.

Hay quien se enoja, justificadamente, si llegamos y llamamos “halcones” a los chavos-espías, pagados de 3000 a 5000 pesos semanales por la delincuencia organizada para estar vigilando accesos, calles, esquinas y terminales de autobuses en la “cuna de la bandera nacional”. “Son pendejos nada más”, precisan, ya que no hay que enaltecerlos con el lenguaje y asemejarlos a un ave tan capaz. “Y ni siquiera les siguen pagando después de unas semanas, y se quedan más pendejos que antes”.

Juran que por donde está el asta bandera, símbolo de la ciudad, hay más entierros clandestinos. Allí, pocos metros abajo, las construcciones precarias le han ganado terreno a los arbolitos y al matorral. Llama la atención el nombre de una calle, la polvosa calle del PRI, así se llama, desde la cual se han llevado gente. Cíclicamente, imparablemente. Después de los 43 de Ayotzinapa, cuentan que poco a poco la gente ha dejado de hablar de “levantados” y ha comenzado a decir “desaparecidos”. De los muchachos de la normal, pero también de otros, de “Los otros”.

Sin embargo, no todos aún usan el verbo con sujeto y objeto directo. A un hijo, a una hija, a un marido, a una esposa, a un niño, una niña, los y las desaparecen. Alguien los y las desaparece. No se van solos y no “se desaparecen” como espectros. Ni son simplemente “levantados”. Cada vez más personas pierden el miedo a pronunciar la desaparición, al aceptar la palabra, pero no lo ineluctable que parece significar. Y entonces, poco a poco, le van restituyendo su sentido de transitividad, hasta decir “él o ellos han desaparecido a mi hijo”. Y lo han hecho con la complicidad de uno que otro funcionario público, en muchísimos casos.

La tierra de l@s desaparecid@s no es un lugar físico, es un recuerdo que viaja con nosotros cuando la habitamos, o tan solo cuando tratamos de comprenderla. Acercárnosle respetuosamente implica abrirse a un dolor indescriptible. Desde fuera, desde la tierra indiferente del “no pasa nada”, del “se fue con el novio o la novia” o del “si les pasó, algo habrán hecho”, gobernadores y mentes manipuladas se permiten criminalizar y revictimizar sin conocer, sin ni siquiera percibir ese dolor.

En Iguala, en Sinaloa, en Veracruz, en Coahuila y en muchos horizontes más, dicen que un diente hallado en una fosa no es un resto, no es una evidencia, no es un hueso. Es un tesoro. Un patrimonio que resurge al mundo de los vivos y nos hace llorar: de esperanza, de coraje, de inconsciencia. Se celebra con un abrazo entre lágrimas.

Grita el periódico del día que hubo balacera en las afueras. Que un turista con su papá fue baleado a una pierna. Que los delincuentes acabaron el hurto con saña, y un asalto en la caseta de la autopista se transformó en una tragedia más grande. Es la vida diaria de la comunidad. Las bocinas de un bocho blanco y carcomido no permiten alivio ninguno, irrumpen en la tarde como anunciadoras de desgracias que no son calamidades naturales, sino plagas que los hombres acarrean. El sonido amplificado desafía el aguante de los tímpanos y reproduce mil veces los titulares de los diarios igualtecos y guerrerenses para que todos sepan y no quede duda de que los malos, como les dicen a los del hampa, siguen operando y tienen secuestrada a la sociedad. Y junto a ellos actúan todavía los policías. A veces los mismos de antes.

Confiesa una mujer valiente tener miedo. Pero sigue en la lucha por su hija. Son militares los que se la llevaron. Hay en el barrio puertas destrozadas por policías y agujeros de balazos atemorizadores. La noche del batallón ha de ser infestada de fantasmas. Para alejarlos un rato se embriagan en la zona de tolerancia, de donde también alguna vez en el pasado se han llevado a almas y cuerpos.

Hay más de 20mil pedidos de asilo políticos de mexicanos en Estados Unidos. Y hay centenares de miles de desplazados, migrantes internos forzados, desde que un par de gobiernos macabros, en secuencia, decidieron militarizar el combate a las drogas, o sea metieron armas y fuego para encarar un problema de salud pública y de economía neoliberal-disfuncional en México.

Son tres o cuatro los policías municipales que atraviesan el centro de negro vestidos, circulando sobre su camioneta de rediles. No se les ve nada más que los ojos porque andan encapuchados, pese a que la barrita del termómetro ya rebasa el número 40. Y si los ves a los ojos, ya te tienen. Con sus armas de alto calibre y atuendos parecen fanáticos del Estado Islámico o ISIS.

Narran que hay personas, luchadores y luchadoras, que en noviembre, mes y medio después de la “noche de Iguala”, se pusieron sus playeras como un equipo. Eran negras y en blanco traían impresas dos frases. “Hijo, mientras no te entierre, te seguiré buscando”. A ésta la describían como triste, un puñetazo, el último recurso. Y la otra, más tajante, anunciaba: “Te buscaré hasta encontrarte”, simplemente así. Y ésta era la de la esperanza, del valor. Cuando un grupo de familiares de desaparecidos y de ciudadanos de la región se armaron de valor y energía, de ánimo y rabia, y salieron a los cerros a buscar sus seres queridos, fue entonces cuando más y más mexicanos comenzaron a buscar. Ya lo hacían, claro, pero después fueron más. Y fueron colectivos, movimientos, no solamente individuos. Denunciaron, evidenciaron la inercia de las autoridades.

Buscar y encontrar, ¿qué significa para ti? ¿La búsqueda interior de la paz? ¿El hecho de recorrer quilómetros de carreteras, pasillos burocráticos y soledades forzadas? ¿Padecer el azote del sol, del viento seco o de la lluvia ríspida todos los días en tu cara? ¿Las miradas torpes y puntiagudas de tus vecinos? Búsqueda terrestre o en fosas, en el campo, le dicen. Y es extrema, desgarradora. Búsqueda en vida. También existe, y es la de la expectativa esperanzadora. Para seguir adelante, hasta encontrarte.

Twitter @FabrizioLorusso

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