Inicio

  • Il cibo come diritto umano

    “Il 55 per cento della popolazione colombiana vive con insicurezza alimentare”, afferma la nutrizionista del paese sudamericano Carolina Mejía, che è stata nostra ospite in studio alla vigilia della giornata internazionale dei diritti umani. Di questo e delle conseguenze del conflitto armato sul accesso all’alimentazione sono stati i temi discussi durante la puntata

  • Trabajo, deuda y chantaje: Los braceros haitianos en los cañaverales de la República Dominicana

    Trabajo, deuda y chantaje: Los braceros haitianos en los cañaverales de la República Dominicana

    WhatsApp-Image-2021-12-10-at-14.44.04-1-1-300x169

    https://larrlasa.org/articles/10.25222/larr.1111/

    Riproduciamo qui di seguito un interessante articolo del nostro collaboratore Raúl Zecca Castel pubblicato sull’ultimo numero della Latin American Research Review (LARR), prestigiosa rivista accademica della Latin American Studies Association di Pittsburgh (USA) attiva sin dal 1965. L’articolo descrive e denuncia le condizioni di lavoro dei migranti haitiani impiegati come bracciantato agricolo nelle piantagioni di canna da zucchero della Repubblica Dominicana.


    La literatura antropológica e histórica del área caribeña se ha focalizado durante mucho tiempo en el estudio de las relaciones entre colonias, esclavitud y orden económico. En el debate surgido se ha tratado de abordar la cuestión del papel que se asigna al sistema de plantación y a sus métodos de trabajo en la historia del capitalismo mundial. Muchos académicos han coincidido en reconocer la explotación laboral en las plantaciones como una contribución fundamental en el surgimiento del sistema capitalista, rastreando los orígenes de este último a una época anterior al desarrollo industrial europeo (James 1938; Williams [1944] 2014; Genovese [1965] 2014; Wolf [1982] 2010; Mintz 1985; Curtin 1998). Según estos autores, cada uno desde diferentes perspectivas, a partir de principios del siglo XVI, las colonias americanas y sus plantaciones debían considerarse como primeros casos de industrialización por su clara división entre producción y consumo, y entre trabajadores y medios de producción. En este sentido, la plantación, como lugar geográfico y, sobre todo, como sistema de trabajo, fue configurada como la institución en la que se invertían capitales, se realizaban ganancias y se acumulaban riquezas para luego reinvertirlas en la Madre Patria, es decir, como una institución perfectamente capitalista.

    A partir de la segunda mitad del siglo XX, las malas condiciones de trabajo que caracterizaron las plantaciones del Caribe comenzaron a atraer la atención de la comunidad internacional y de organizaciones de derechos humanos. En particular, respecto a la isla de La Española, surgió en todo su drama disruptivo lo que pronto se conocería como la “cuestión haitiana”. De hecho, la necesidad de mano de obra destinada, principalmente, a cortar la caña de azúcar había engendrado flujos migratorios masivos desde Haití a la República Dominicana y el consiguiente nacimiento de una gran comunidad en la diáspora.

    Muchos documentos oficiales elaborados por organizaciones internacionales (Human Rights Watch 1989; Gavigan 1996; Anti-Slavery International 1998; Comisión Interamericana de Derechos Humanos 1999) sacaron a la luz la explotación laboral asociada al uso de mano de obra haitiana en las plantaciones dominicanas de caña de azúcar. Sin embargo, el rasgo común de estos documentos consistía en el acuerdo general de que ciertas condiciones de vida y trabajo no eran más que un legado del pasado.

    La producción teórica que, desde el nuevo siglo, ha intentado explicar la evolución de la situación de los trabajadores haitianos empleados en el sector azucarero dominicano ha captado solo parcialmente los cambios de época que han involucrado la economía y la sociedad en su conjunto, y que, en el caso de la industria azucarera dominicana, se expresó en la transición de lo público a lo privado.

    Incluso las publicaciones críticas más recientes (Wooding y Moseley-Williams 2004; Verité 2011), al mismo tiempo que observan cómo el proceso de privatización (que desde 1999 ha afectado a la industria azucarera dominicana) se ha acompañado de un deterioro progresivo de las condiciones generales de los trabajadores, evitan considerar esta regresión como el resultado directo de un discurso mundial más amplio basado en políticas económicas neoliberales.

    Por lo tanto, las siguientes páginas tienen la intención de ofrecer una contribución etnográfica que reconozca en el proceso de privatización de la industria azucarera dominicana la causa de las condiciones actuales de explotación de los migrantes haitianos empleados en los cañaverales dominicanos.

    Una isla, dos naciones, una frontera

    La isla de La Española, dividida políticamente entre Haití y República Dominicana, es la segunda más grande después de Cuba en el archipiélago de las Antillas y constituyó el primer puerto occidental de América.1 Históricamente, por lo tanto, tiene una importancia de primer orden por haber sido uno de los nodos de las redes marítimas comerciales que, durante aproximadamente tres siglos, entre los años 1500 y 1800, unieron Europa, África y las Américas. El sistema de plantaciones que los colonizadores españoles establecieron en la isla a principios del siglo XVI, basado en mano de obra africana importada y centrado en el cultivo extensivo de caña de azúcar, pronto transformó La Española en la colonia más rentable del mundo (Fick 1990).

    Tras el tratado de Ryswick, firmado en 1697, la corona de España, que hasta entonces había gobernado toda la isla, cedió un tercio de su territorio a los franceses, que habían ocupado la parte occidental de la misma. A partir de ese momento, una frontera de 388 km de largo inauguró el comienzo de una historia que marcaría el futuro de ambos países. La conquista de la independencia de Francia y la proclamación de la República de Haití en 1804 supusieron el fin de la esclavitud y, al mismo tiempo, el comienzo de un declive económico vertiginoso e imparable, hasta el punto de convertir a Haití en el país, actualmente, más pobre de todo el continente americano.2

    Por otro lado, la República Dominicana, que obtuvo su independencia en 1844 después de tres siglos de dominación española (y veintidós años de ocupación haitiana), experimentó un período de efervescencia económica en el último cuarto del siglo XIX, justo cuando la producción de azúcar de caña emprendió el camino de la modernización industrial.

    Este desarrollo fue propiciado por algunas coyunturas internacionales que favorecieron la inversión de capital extranjero en la República Dominicana para la construcción de las primeras modernas plantas de molienda y procesamiento de azúcar, ya no organizadas alrededor de los tradicionales molinos de tracción animal, sino impulsadas por las nuevas máquinas de vapor. En primer lugar, la guerra civil estadounidense (1861–1865) representó un duro golpe para la producción de azúcar de Luisiana (donde se concentraban las mayores plantaciones de caña de azúcar del continente), hasta el punto de ser “casi aniquilada” (Prichard 1939, 332; Roland 1997). En Europa, la guerra franco-prusiana (1870–1871) tuvo resultados similares en la naciente industria azucarera de remolacha (Hall 2000), mientras que la primera guerra por la independencia de Cuba, que devastó la isla caribeña durante más de diez años (de 1868 a 1878–80), no solo arrasó plantaciones enteras sino que, sobre todo, provocó la primera ola migratoria hacia la República Dominicana (Muñiz 2013), considerada por el historiador Frank Báez Evertsz (1978, 9) como “la principal causa de transformación de la industria azucarera dominicana”.

    La llegada de la “azucarocracia cubana” —como Manuel Moreno Fraginals (1978) definió la clase terrateniente local—,3 tuvo como resultando más importante la inversión de grandes capitales en la compra de plantaciones y en la construcción de ingenios industriales para la producción de azúcar con métodos modernos (Moya Pons 1977, 408). En apenas diez años, desde 1872 —cuando se construyó La Isabel, considerado el primer molino de vapor del país— hasta 1882, los cubanos pusieron en marcha más de treinta ingenios (Hall 2000; Muñiz 2013).

    A nivel nacional, el Gobierno dominicano aprovechó estas circunstancias para implementar políticas económicas favorables al desarrollo y a la modernización de la industria azucarera a través de la venta de grandes extensiones de tierra para el cultivo de caña de azúcar a tasas preferenciales, la reducción de aranceles para la importación de maquinaria industrial —especialmente de Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico— y el otorgamiento de permisos especiales para la entrada en el país de trabajadores extranjeros a emplear en las plantaciones (Hall 2000; Muñiz 2013).

    De hecho, durante sus primeros años de actividad, la industria azucarera dominicana había utilizado principalmente mano de obra local. Sin embargo, las duras condiciones laborales y los bajos salarios generaron pronto un sentimiento generalizado de descontento entre los trabajadores y, en 1884, se produjo la primera huelga en el sector del azúcar.

    La solución de los principales empresarios a las demandas de los trabajadores en huelga fue recurrir a la mano de obra extranjera. La decisión se basó no solo en criterios de conveniencia económica, sino también en la creencia de que, debido a su condición migratoria, los nuevos trabajadores serían más disciplinados y sujetos a control. Según Muñiz (2013, 428), “los extranjeros, sujetos a deportación, temían vincularse en actividades que hicieran peligrar su trabajo. La etnicidad, la heterogeneidad cultural, la religión, la estacionalidad, el control de los plantadores, la división del trabajo y el miedo mantuvieron desunido al sector laboral más importante de la fuerza de trabajo nacional”.

    Ya a partir de la década de 1880, pero especialmente a partir de la década siguiente, por lo tanto, se empezó a reclutar mano de obra en las islas cercanas; inicialmente en Puerto Rico y luego en las Antillas Menores británicas, danesas, holandesas y francesas, tanto que la República Dominicana llegó a ser considerada como una “frontera abierta” (Martínez 1999, 62).

    El estallido de la Primera Guerra Mundial supuso un duro golpe para la industria europea del azúcar de remolacha, mientras que la ocupación militar de la República Dominicana por parte de Estados Unidos en 1916 —con enormes inversiones en modernización de la infraestructura y medidas para proteger los intereses azucareros— marcó un nuevo período de prosperidad para el mercado dominicano de azúcar de caña.4

    Los siguientes años se recuerdan en la historia del azúcar como “la danza de los millones”. Los precios del producto sufrieron continuas fluctuaciones en el mercado internacional, pasando de alrededor de cinco centavos la libra en 1915 a más de veinte centavos la libra en 1920, para luego colapsar repentinamente a menos de dos centavos ese mismo año. La industria azucarera dominicana reaccionó a la crisis del sector reduciendo aún más los salarios de los trabajadores. Luego de la de 1884, una nueva huelga general convocada por la Unión Obrera —sindicato cocolo—,5 paralizó el ingenio más importante del país, el Ingenio Consuelo. Siguieron despidos masivos y el inicio de una nueva etapa migratoria caracterizada por la contratación de trabajadores de Haití. Si bien casi todos los trabajadores empleados en las plantaciones de caña de azúcar de la República Dominicana hasta 1920 provenían de las cercanas islas caribeñas de Barlovento,6 en 1930 los haitianos ya habían tomado su lugar, convirtiéndose en la principal fuerza laboral extranjera en el país (Muñiz 2013, 455; Martínez 1999).7 Una vez más, por tanto, “los dueños de las plantaciones no sólo eludieron formas de resistencia reemplazando a los viejos trabajadores por nuevos, sino que promovieron la división étnica como estrategia de control del trabajo” (Martínez 2007, 23).

    En 1930, el golpe militar de Rafael Leónidas Trujillo marcó el inicio de un proceso de monopolización de la industria azucarera por parte del Estado dominicano, aunque con el compromiso de mantener relaciones comerciales cada vez más rentables con las diversas potencias occidentales y en particular con los Estados Unidos que, desde 1959, año de la revolución cubana, se convirtieron en los principales compradores de azúcar dominicano.

    Fue durante el régimen de Trujillo que se firmó el primer contrato bilateral entre la República Dominicana y la República de Haití para el reclutamiento de trabajadores haitianos que se emplearían en las plantaciones de caña de azúcar dominicana durante la temporada de cosecha. Entre 1952 y 1986, el Gobierno haitiano reclutó cada año entre quince y veinte mil trabajadores para ser transferidos al Gobierno dominicano a cambio del pago de grandes sumas de dinero. Con la muerte de Trujillo, asesinado en 1961, las diversas empresas azucareras pasaron a manos del Estado que, en 1966, dio vida al Consejo Estatal del Azúcar (CEA), como organismo autónomo responsable de gestionar su administración.

    Hasta mediados de la década de 1980, el mercado azucarero dominicano continuó expandiéndose, alcanzando niveles de producción muy altos (superando el millón de toneladas), pero ya en 1991 la cifra había caído ruinosamente a 340.000 toneladas, generando la crisis más grave en la industria azucarera del país. Las causas de este colapso radicaban, por un lado, en la crisis más general del mercado internacional del azúcar de caña, cuyo precio estaba en caída libre (de más de cuarenta centavos la libra en 1980 a menos de tres centavos en 1985);8 y por el otro, en la corrupción arraigada y generalizada que con el tiempo se había consolidado en la gestión de la cadena azucarera administrada por el CEA (Wooding y Moseley-Williams 2004, 42; Verité 2011, 95).

    En este contexto de declive, comenzó un proceso político de venta del patrimonio estatal que encontró su referencia jurídica en la Ley General de Reforma de la Empresa Pública (Ley N ° 141/97), promulgada en 1997 por el primer gobierno del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). A partir de esta reforma, que justificó la adopción de políticas económicas neoliberales al afirmar que “el patrimonio nacional podría utilizarse eficazmente para combatir la pobreza y devolver parte de la deuda social contraída con el pueblo dominicano en el marco del desarrollo sostenible”, las empresas públicas más grandes del país fueron privatizadas, incluido el Consejo Estatal del Azúcar.

    Sin embargo, a diferencia de lo que exigía la Ley 141/97, el resultado del proceso de privatización de la industria azucarera dominicana “fue un fracaso, un regreso a los horrores del pasado” (Wooding y Moseley-Williams 2004, 45). Y los que más sufrieron las consecuencias drásticas de este fracaso fueron los trabajadores y las familias que residían en los bateyes.

    ¿Qué son los bateyes?

    Durante los años sesenta y setenta del siglo XX, el Gobierno dominicano construyó cientos de barracones a lo largo del país para recibir la mano de obra reclutada a través de los contratos bilaterales establecidos con Haití. Eran edificios aislados, situados incluso a varias decenas de kilómetros del centro urbano más cercano, inmersos entre los cañaverales, que carecían de los servicios más básicos: agua corriente, electricidad, baños. Los alojamientos se concibieron únicamente como un refugio para la noche, ya que la jornada laboral ocupaba sin descanso los braceros de la mañana a la noche. Sobre todo, eran alojamientos temporales, donde los trabajadores, hombres adultos solteros, vivirían durante la temporada de cosecha, aproximadamente entre diciembre y junio, para luego supuestamente regresar a Haití.

    Por su estructura, que favorecía el control de los trabajadores, los barracones han sido descritos como el símbolo de un “estilo internacional de arquitectura de plantación” (Martínez 2007, 37). A este respecto, el historiador Manuel Moreno Fraginals (1978, 604–605), refiriéndose al contexto cubano, sostiene que ya durante el siglo XVIII se definían como “barracones” a los edificios donde se guardaban los esclavos para la venta. El término habría llegado así hasta nuestros días para indicar las casas de los esclavos y, más tarde, de los trabajadores de la caña de azúcar: “en resumen, es un edificio diseñado para un régimen carcelario en la época de la mayor barbarie esclavista”. En cuanto a los barracones de los bateyes dominicanos, de hecho, eran edificios de planta rectangular de unos seis metros por treinta a lo largo de los cuales se distribuían veinte habitaciones —diez a cada lado— y cuyas puertas se podían cerrar con candado desde el exterior para evitar la fuga de los trabajadores durante la noche. Construcciones muy similares, que flanqueaban o reemplazaban a las de madera de herencia colonial (HRW 1989, 33), se han encontrado en muchos contextos de plantación, no solo caribeños (cf. la senzala brasileña), tanto que Samuel Martínez (2007, 37) pudo afirmar que “la tendencia con el azúcar fue la estandarización no solo del producto sino del propio espacio de producción”. A partir del análisis socio-urbano que James Kunstler (1994) había aplicado a EE. UU., Martínez (2007, 33) considera que efectivamente las primeras expresiones de esa emblemática “geography of nowhere” no se han de buscar tanto en los anónimos centros comerciales o en los aeropuertos del Occidente moderno (Augé 1992), sino más bien en las periferias más recónditas del capitalismo, en esos edificios y en esos lugares que —como los barracones y los bateyes en general— podrían estar en cualquier lugar, ya que fueron diseñados para satisfacer las necesidades de la acumulación capitalista. Es por ello que los bateyes pueden definirse como nowhere places y, a la vez, —retomando un concepto de Henderson y Castells (1987)— spaces of flows, justamente por que fueron “diseñados para facilitar el movimiento de mercancías y capitales en tierras lejanas, teniendo en cuenta lo menos posible las necesidades físicas y sociales de sus habitantes” (Martínez 2007, 13).

    En los bateyes dominicanos, sin embargo, el trato económico recibido por los trabajadores migrantes a menudo resultaba insuficiente para cubrir el coste del viaje de regreso a Haití. Como resultado, muchos comenzaron a vivir permanentemente en estos lugares, recibiendo a sus esposas o estableciendo nuevas relaciones sentimentales. Con el paso del tiempo, por lo tanto, se formaron familias, nacieron niños y se construyeron nuevas viviendas alrededor de los barracones. Así fue como estos lugares se convirtieron en verdaderas comunidades sociales, hoy en día todavía conocidas como bateyes.

    Actualmente, el número de bateyes presentes en la República Dominicana se ha calculado en el orden de quinientas unidades para una población que se supone oscila alrededor de 250.000 personas (ACNUR/PNUD/UNICEF 2014). Todavía hoy representan comunidades rurales caracterizadas por grandes deficiencias en términos materiales y de servicios básicos, habitadas principalmente por migrantes haitianos empleados en el trabajo agrícola de corte y cosecha de la caña de azúcar.

    A menudo, los bateyes han sido interpretados (HRW 1989; NCHR 1996; ASI 1998; CIDH 1999) en términos de herencia histórica y cultural, lugares lejanos y suficientemente aislados como para permanecer indiferentes a la influencia de los cambios externos. Esta perspectiva, sin embargo, oculta la interdependencia que modifica y estructura dinámicamente los diferentes sistemas de instituciones a lo largo del tiempo.

    La Española y los bateyes representan un objeto de estudio privilegiado para investigar y profundizar estos procesos dialécticos que conciernen tanto a la historia económica del mercado del azúcar del siglo XX como al fenómeno del tráfico y de la esclavitud en el Atlántico, tanto la dinámica colonial y poscolonial de las potencias europeas, cuanto las vicisitudes políticas de Haití, de la República Dominicana y de las diferentes naciones que han mantenido y continúan manteniendo varios tipos de relaciones con ellos.

    Interrogar a los bateyes, por lo tanto, significa poner el acento en el lugar histórico y simbólico alrededor del cual, desde siempre, gravitan importantes cambios de época. El pequeño tamaño, las fronteras circunscritas y el aislamiento material que los caracteriza hacen de estas comunidades observatorios sociales privilegiados.

    WhatsApp-Image-2021-12-10-at-14.44.04-2-300x169

    Trabajo y deuda: Una trayectoria individual

    En la literatura del área del Caribe, el uso de testimonios personales constituye un método etnográfico extremadamente extendido y significativo para el análisis de las dinámicas sociales que interconectan lo local con lo global. A este respecto, el trabajo de Sidney Mintz sigue siendo fundamental por su interés en el sistema de plantación contemporáneo y las formas de vida y de trabajo que se registran en él. Su libro Worker in the Cane: A Puerto Rican Life History (1974), por ejemplo, se basa en una sola historia de vida recogida durante varios años de trabajo de campo en Puerto Rico para dar cuenta de los cambios históricos y económicos que han afectado tanto a la micro-comunidad, de la cual forma parte el informante, como al nivel macro en escala global. Como ha señalado el mismo autor, esta metodología no trata de asignar a las historias de vida y, más en general, a los testimonios etnográficos una especie de representatividad mágica de la realidad, sino de reconocer su capacidad de evocar tiempos, lugares y personas a través de una narrativa personal que, al mismo tiempo, pueda expresar tanto un punto de vista interno cuanto la experiencia colectiva de una comunidad, una región o un país entero (Mintz 1989, 792).

    De acuerdo con esta metodología, consideraremos algunos fragmentos de la vida de un joven trabajador haitiano, para que a través de su caso específico podamos iluminar las dinámicas migratorias y laborales comunes a la mayoría de los trabajadores empleados en las plantaciones de caña de azúcar de la Republica Dominicana y, de ahí, llegar finalmente a entender cómo se realizan concretas formas y relaciones de dependencia y subyugación personal a través de un sistema de endeude.

    Conocí a Junior en mayo de 2013 en el batey Las Pajas, en la provincia de Hato Mayor del Rey, región oriental del país, donde vivía y trabajaba como cortador y recolector de caña de azúcar en las plantaciones vecinas. Era en aquel entonces un joven de veintitrés años. Me explicó que dejó su tierra en 2008, a la edad de dieciséis años, para escapar de la violencia de las pandillas juveniles armadas, un problema social que aún no se ha resuelto en los suburbios de los grandes centros urbanos de Haití y que empeoró aun más después del terremoto de enero 2010. Junto con las razones económicas, políticas y ambientales, el tema de la seguridad y la delincuencia, de hecho, representa otro motor de emigración para la población haitiana. “Vine aquí porque en ese tiempo estaban matando a muchos jovencitos por allá en Puerto Príncipe y todavía siguen haciéndolo ahora… porque hay pandillas armadas allá, envían a los pequeños por delante, con armas, los que tienen diez, trece, catorce años, y como que yo era tan joven como ellos, podían pensar que estaba involucrado en esas cosas, aunque no sabía nada de eso, pero podían matarme como si nada por eso … había tantos muertos, por eso vine aquí”.9

    Junior se embarcó en el viaje transfronterizo con el objetivo de dejar atrás un país que consideraba peligroso para su propia vida y así llegar a la República Dominicana, donde esperaba encontrar no solo la salvación, sino también un trabajo que pudiera garantizarle un mejor futuro. El cruce de la frontera dominico-haitiana constituye un peligro real para todos aquellos que enfrentan el viaje clandestinamente, con el riesgo de ser descubiertos por la policía fronteriza (Cesfront) o por grupos de ladrones dedicados a agredir a los migrantes.

    Crucé la frontera de Jimanì. Caminé agachado, en las montañas, escondido, porque no tengo documentos, me gusta decir la verdad, no tengo pasaporte, crucé ilegalmente […] En el camino había un punto de control, iluminaban el paso con un faro, entonces fue que escuché un disparo: ¡pam! … cuando escuché el disparo, decidí no continuar, me quedé quieto y me puse a dormir allí, al lado del un camino […] Por la noche un grupo de bandidos me atracó, tenían machetes y una pistola … había un niño con una 9 milímetros delante de mí y el grupo alrededor … se llevaron mi mochila, lo poco que tenía, luego dispararon en el aire por encima de mi cabeza, para asustarme.10

    La mayoría de los migrantes haitianos que logran cruzar la frontera terminan en el interior del país, en algún batey perdido entre interminables plantaciones de caña. El estatus migratorio irregular representa un factor de vulnerabilidad para los recién llegados, expuestos al chantaje de la repatriación. De ahí la inclusión en el mercado laboral informal, en sectores de baja o nula cualificación profesional, especialmente en construcción o agricultura, sobre todo en tareas extremadamente extenuantes como cortar y recolectar caña de azúcar, donde están sujetos a regímenes de bajos salarios capaces de desencadenar círculos viciosos de deuda y dependencia extremadamente difíciles de romper.

    Yo pensaba que aquí encontraría algo mejor, pero cuando llegué aquí vi que era peor. A veces uno se escapa de la lluvia y termina en un río, sin saberlo. Cuando pienso en esto, creo que hubiera sido mejor quedarme en Haití […] Este trabajo, con la caña de azúcar, no es bueno, es un trabajo malo. Si te equivocas puedes cortarte el pie o las manos, tengo muchas heridas de machete, mira aquí [muestra piernas y manos cubiertas de cicatrices]. […] Me estoy volviendo loco, quiero salir de aquí, no puedo pensar en seguir trabajando aquí […] Todos mis pensamientos están dirigidos a mi país, quiero irme, regresar.11

    Al igual que muchos trabajadores que pude entrevistar, Junior no solo expresaba una gran insatisfacción con el trabajo de cortar la caña de azúcar, sino que también mostraba un deseo inquieto y angustiado de escaparse. Literalmente soñaba con abandonar la plantación y regresar a Haití para reunirse con sus seres queridos. Este sentimiento de frustración, común a la mayoría de los trabajadores, revela explícitamente la condición de dependencia que comparten los braceros migrantes en las plantaciones. En cinco años de trabajo, Junior no había podido ahorrar nada, porque lo que ganaba era apenas suficiente para conseguir comida. Se revelan así las razones económicas detrás de la imposibilidad de abandonar el batey y, en particular, el papel clave del sistema de endeude para hacer que los trabajadores se sientan prisioneros de esos lugares.

    Trabajamos aquí y no ganamos nada de dinero, trabajamos para nada … trabajamos y ni siquiera podemos comprar unos zapatos, una camisa, o un par de pantalones … somos como esclavos en libertad, porque somos libres de dejar el trabajo, sabemos que hay otros lugares donde ir a trabajar, podemos irnos, por eso somos libres. Pero cuando uno está en este trabajo es como un esclavo, un prisionero, porque, por ejemplo, si uno quiere irse, si no tiene el dinero no puede ir a donde quiere, debe quedarse para pagar las deudas al colmado [bodega].12

    Escuchando estas palabras de Junior, quedaba claro que no era tanto el dinero que no tenía lo que le impedía dejar su trabajo en la plantación, sino más bien el dinero que debía. Eran las deudas con la bodega donde compraba los alimentos básicos a crédito que hacían que fuera prisionero de una relación de dependencia unilateral con su trabajo: una dependencia que, en la práctica diaria, se traducía en formas de sujeción personal al empleador, esa persona que en la jerarquía agrícola de la empresa asume la responsabilidad laboral de los trabajadores y que por esto se hace garante de su solvencia económica. “Cuando uno trabaja aquí, si necesita comprar algo en el colmado [bodega], siempre debe de tener alguien que lo acompañe y le garantice. Sin un jefe no puedes ir solo a la tienda, si vas solo nadie te vende a crédito, tienes que tener un jefe contigo, él tiene que estar contigo, de lo contrario el dueño de la tienda no te vende nada”.13

    Para concluir, el nudo crucial en torno al cual se desarrollaban estas relaciones de subyugación, que dependen de la deuda como instrumento de trabajo y chantaje existencial, se debían claramente a la manera con la cual se calculaba el salario y a los métodos de pago de los trabajadores, más allá de la sustracción de medios alternativos de subsistencia como el horticultivo y la ganadería familiar.

    Los efectos de la privatización: Derechos humanos y laborales en los cañaverales

    Después de un largo y difícil procedimiento burocrático, el 27 de septiembre de 2013, el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos (USDOL) emitió un informe en el que afirmaba que la República Dominicana había violado los acuerdos del Tratado de Libre Comercio (CAFTA-DR) vigentes desde 2007 entre los dos países.14 Específicamente, los funcionarios de la Oficina de Asuntos Comerciales y Laborales (OTLA), designados por el USDOL para verificar el cumplimiento de este tratado en la industria azucarera dominicana, destacaban el incumplimiento de las normas relativas a las directivas sobre el trabajo contenidas en el capítulo dieciséis. En particular, se evidenciaban múltiples infracciones, que respondían a condiciones de trabajo inaceptables con respecto a: salario mínimo, horas de trabajo, seguridad y salud; violación de la edad mínima para el empleo de una fuerza laboral en el contexto de las peores formas de trabajo infantil; y violación de la prohibición de formas de trabajo forzoso u obligatorio. Además, se identificaban cuestiones críticas con respecto a la aplicación de la legislación laboral en relación con la libertad sindical y la negociación colectiva, específicamente con respecto a la libertad sindical, el derecho a organizarse y llevar a cabo convenios laborales colectivos.

    Ya desde finales de la década de 1970, varias organizaciones internacionales habían comenzado a dirigir su atención al tema de la explotación de la mano de obra migrante en las plantaciones de caña de azúcar dominicanas, denunciando situaciones estructurales de explícita violación de los derechos laborales y humanos, repetidamente interpretados como nuevas formas de esclavitud (ASS 1979; Lemoine 1981; Plant 1987; Gavigan 1996; ASI 1998; CIDH 1999). Con el advenimiento del nuevo milenio —y tras el giro de privatizaciones de la industria azucarera nacional— un número aún más consistente y variado de publicaciones encontró su objeto de investigación en los bateyes dominicanos, cada vez más caracterizados como lugares de extrema explotación, no por casualidad definidos por la Organización Internacional del Trabajo (ILO 2001, 23) como uno de los entornos profesionales más coercitivos del mundo.

    Mas allá de la controvertida referencia a la categoría analítica de la esclavitud,15 muchos trabajadores entrevistados durante mi investigación de campo denunciaron condiciones de trabajo forzoso u obligatorio que se traducían en la imposibilidad de abandonar las plantaciones, debido a las deudas contraídas con la bodega del batey y/o con el jefe de la plantación en la cual trabajaban. Esta restricción, que se expresaba en una relación de dependencia personal, tomaba forma por un lado en la constante falta de dinero en efectivo y, por otro, en la imposibilidad de acceder a medios alternativos de sustento.

    El tema del “endeudamiento inducido” vio la luz en un informe publicado por la organización Verité (2011, 139), en el que se denunciaba cómo, “debido a los bajos salarios de los trabajadores y al endeudamiento con las bodegas […] los trabajadores debían permanecer en los bateyes tanto en tiempo de zafra, cortando caña de azúcar, cuanto en tiempo muerto, cultivando o realizando otras actividades, en el intento de saldar sus deudas”. De ahí la conclusión de que esta deuda estructural representaba un indicador de trabajo forzoso. De hecho, el mismo informe subrayaba que los trabajadores a menudo se veían involucrados en un círculo vicioso provocado por los bajos salarios, los precios inflados de los alimentos a la venta en las bodegas y los préstamos a altos intereses; elementos que, en su conjunto, inducían a los trabajadores a una condición de servidumbre por deudas, obligándolos a permanecer en los bateyes y a trabajar más horas. Como bien explica Nego, dueño de una pequeña bodega:

    El 75% de los clientes compra a crédito y viene a pagar cuando cobra su salario. Sin embargo, de ese 75% tal vez solo el 15% me pague todo lo que compró. El 85% de las personas normalmente me paga solo una parte de lo que debe, mientras que otra parte queda pendiente y se acumula con otros gastos. Por eso, la vez siguiente la gente trata comprar un poco menos, porque la deuda sigue aumentando, pero el caso es que, aunque quisieran pagarme todo, no podrían, porque no ganan lo suficiente. Así funciona en los bateyes: todos vivimos con una deuda sobre nuestros hombros.16

    El tema de la esclavitud por deuda como medio de control de la fuerza de trabajo realizado a través del sistema de bodegas pertenecientes a las plantaciones o, más en general, a los latifundios y a las haciendas ha sido bastante extendido en toda la América Latina post-abolicionista. En las colonias españolas, principalmente, se desarrolló como sustituto de sistemas tradicionales de trabajo forzoso como la encomienda o el repartimiento, aunque su practica no fue limitada a la América del Sur (Daniel 1972). Sin embargo, el ejemplo quizás mas significativo a nivel histórico y en la literatura científica se refiere a la tienda de raya mexicana, donde esta particular relación de servidumbre se manifiesta en toda su relevancia simbólica y material. En un artículo dedicado a las condiciones de trabajo en las haciendas mexicanas durante la época de Porfirio Díaz (1876–1910), el antropólogo e historiador austriaco Friedrich Katz (1974, 19–20), por ejemplo, menciona un informe redactado por Karl Kaerger (1901) en el cual se explica que los trabajadores migrantes no tenían otra opción que comprar sus alimentos en las bodegas de la finca, donde los precios de los productos podían llegar a sobrepasar el 100 por ciento de su valor económico, con el resultado que a menudo no podían contar con dinero en efectivo. Además: “como necesitaban fondos para regresar a casa y la hacienda generalmente no pagaba el transporte de regreso a la ciudad natal del trabajador, ni les proporcionaba los medios para subsistir […], el dueño de la plantación les daba a cada uno una pequeña suma de dinero. Esto se consideraba un adelanto del salario del año siguiente y significaba que los trabajadores se veían obligados a regresar la próxima temporada para pagar su deuda”. De ahí, según Katz (1974, 38), “formas de peonaje por deudas se volvieron cada vez más similares a la esclavitud manifiesta”.

    En el caso de la República Dominicana, la dependencia laboral y económica de los moradores de los bateyes con el trabajo en los cañaverales, además, ha sido fuertemente impulsada después del pasaje de la gestión publica a la privada de las plantaciones debido a la prohibición de cultivar parcelas para uso proprio.

    La práctica de los conucos —huertos personales o familiares— había sido muy extendida y ampliamente tolerada en la época del CEA, considerada como “una válvula de escape para el descontento” (Moya Pons 1986, 87), útil para la paz social de la comunidad, pero sobre todo indispensable para la supervivencia de la población local durante la temporada de tiempo muerto, la que separa una cosecha de otra, en la que las oportunidades laborales se reducen considerablemente.

    Según Mintz (2010, 15), la horticultura personal y/o familiar era una práctica de larga data dentro del sistema de plantaciones del Caribe, cuyo origen y desarrollo remonta a la época de la esclavitud, cuando “los esclavos de las plantaciones solían cultivar para su subsistencia […] utilizando tierras consideradas inadecuadas para los principales cultivos de plantación. Fue en estas tierras donde los esclavos adquirieron o perfeccionaron sus habilidades hortícolas, desarrollaron sus prácticas agrícolas estandarizadas, aprendieron las características de los suelos caribeños, dominaron el cultivo de nuevos productos y se prepararon para su reconfiguración como campesinos”.

    Esas pequeñas parcelas de tierra, recortadas en los márgenes de las grandes plantaciones, constituían un espacio de supervivencia, pero, al mismo tiempo, de libertad personal para los esclavos que las utilizaban. Si por un lado esta práctica fue sin duda una herramienta funcional al mismo régimen esclavista, ya que colaboró al sostenimiento de los costos de reproducción social, por otro lado representó una oportunidad para probar y perfeccionar los conocimientos y las habilidades agrícolas que los esclavos habrían aprovechado en términos de su crecimiento personal, tanto material como intelectual, una vez hubieran sido libres: “Por lo tanto —afirma el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot (2002, 229–230)—, los huertos de subsistencia pueden leerse no solo como tierras materiales utilizadas para mejorar la condición física y legal de los esclavos —a veces incluyendo la compra de la libertad de uno— sino también como tierra simbólica para la producción del yo individual a través de la producción de bienes materiales”.

    Hasta 1999, año en que el Estado dominicano cedió sus tierras y plantaciones a varios inversores privados, la tradición y la práctica de los huertos personales y/o familiares fue tolerada y dejada a la libre iniciativa, pero las cosas cambiaron rápidamente con el proceso de privatización. A partir de ese momento, no solamente el cultivo no autorizado de tierras marginales e inutilizadas fue prohibido y sancionado, sino que también la pequeña ganadería —llevada a cabo para los mismos fines de supervivencia— ya no fue permitida. Según los mismos moradores de los bateyes, el único propósito de estas nuevas restricciones era garantizar una mano de obra extremadamente chantajeable, únicamente dependiente del trabajo asalariado en las plantaciones privadas. Así lo explica por ejemplo Jean, un anciano cortador de caña que emigró de Haití a la República Dominicana a finales de la década de 1980, trabajando bajo la dirección del CEA antes y experimentando más tarde las transformaciones que se produjeron después del proceso de privatización.

    Estamos obligados a cortar la caña de azúcar porque es el único trabajo que tenemos […] es lo único que hay, ¿qué más quieres hacer? Te puedes imaginar, uno no depende de otra cosa que no sea la caña […] En los tiempos del CEA podíamos cultivar unas habichuelas, un poco de maíz, lo que fuera. Todo el mundo tenía su conuco, un pedacito de tierra para mantenerse de pie en el tiempo muerto, pero ahora se llevaron toda la tierra y nos dejaron sin nada. Ni siquiera podemos criar un chivo o un puerco, porque si tienes un animal y lo encuentran libre, lo agarran preso … Lo meten en un recinto y hay que pagar una multa para que te lo devuelvan, de lo contrario se lo quedan.17

    Según una encuesta estadística realizada por Consultores Económicos Financieros y Organizacionales en nombre del Centro de Formación y Acción Social y Agraria (CEFASA/CEFINOSA2012) en los bateyes de la República Dominicana, el 63 por ciento de los trabajadores empleados en las plantaciones de caña de azúcar gana menos de 250 pesos por día, es decir, menos de cinco dólares, mientras que el 33 por ciento gana menos de 150, lo que equivale a casi tres dólares. Además, el 69 por ciento de los encuestados afirma consumir la suma total para sus gastos de subsistencia, mientras que el 30 por ciento informa haber enviado una pequeña cantidad a sus familiares en Haití. Solo el 1 por ciento de los trabajadores dice que puede guardar algo. Según la misma encuesta, el 25 por ciento de los entrevistados afirma trabajar seis días a la semana, mientras que el 60 por ciento incluso siete días a la semana. De estos, el 29 por ciento afirma trabajar más de ocho horas diarias.

    Finalmente, otro tema —estrechamente relacionado con el anterior— que surgió con fuerza en los testimonios de los trabajadores entrevistados: se refería a los cambios que han afectado el sistema de pago adoptado por las empresas privadas. Aunque se ha podido apreciar un aumento general de los salarios en los últimos años, debido, por un lado, a las crecientes presiones externas y, por otro, a la adaptación natural al aumento del coste de vida, la privatización del sector azucarero ha llevado a un sistema de pago completamente arbitrario, sin criterios objetivamente medibles.

    Los trabajadores, aunque siguen siendo pagados a destajo, en relación con las toneladas de caña de azúcar cortadas, ya no tienen acceso a las estaciones de peso y, por lo tanto, se ven obligados a confiar en la palabra de sus superiores, quienes establecen equivalencias subjetivas entre un determinado volumen de caña y el peso que se supone tiene. Como explica Noemí Méndez, abogada de origen haitiana que se crio en un batey y que dedica su actividad a la defensa de los derechos laborales de los cortadores de caña

    en los tiempos del CEA había estaciones de peso en casi todas las plantaciones. La caña se pesaba en presencia del trabajador, a quien se le entrega un recibo con la cantidad exacta para que el día de pago recibiera su salario. Podía haber problemas, y de hecho siempre había, pero la diferencia es que ahora los trabajadores no asisten a la pesa y no tienen idea de cuánto recibirán hasta el día de pago. Queda claro que este sistema de pago es bien poco transparente.18

    Aún más si tomamos en cuenta la sospecha expresada por muchos trabajadores, según los cuales puede ser que las empresas ni si quiera pesen la caña cosechada: “Es que nosotros no podemos saber cuanta caña cortamos ni cuánto pesa. ¡Tal vez ni siquiera la pesan, ellos! ¡Tal vez cortamos 4 o 5 toneladas y luego nos dicen que son 3 o incluso 2! Es que ellos te dicen lo que quieren y tú no tienes derecho a decirles nada”.19

    Además, para evitar la posibilidad de protestas y huelgas organizadas, las nuevas administraciones privadas han establecido turnos de trabajo en brigadas formadas por trabajadores siempre diferentes, a fin de reducir al mínimo el tiempo compartido. De ahí la ausencia de organizaciones sindicales libres, mientras que las pocas huelgas que algunos trabajadores han convocado para denunciar los supuestos abusos y para reclamar salarios justos han sido reprimidas nuevamente con las herramientas del chantaje laboral y del hambre: “Esta gente no quiere que protestes: trabajas para ellos y no quieren que protestes. No lo quieren porque de lo contrario te despiden, porque la tierra es de ellos, la compraron con su dinero y ellos son los que mandan”.20

    Los despidos o suspensiones permanentes del trabajo son métodos comunes que las empresas utilizan tanto como amenaza cuanto como represalia por la organización de trabajadores en grupos sindicales. De ahí la resignación y la aceptación de un sistema de explotación basado en la violencia del más fuerte. Por la misma razón, los trabajadores y sus familias se adaptan a unas condiciones de vida poco saludables, compartiendo niveles de higiene extremadamente precarios y con carencias, sometiendo el futuro de sus hijos a un círculo vicioso que es casi imposible de romper.

    Conclusiones

    Como ya se ha evidenciado, el proceso de privatización que desde 1999 ha involucrado a la industria azucarera dominicana, ha sido el resultado de múltiples factores de crisis económica que pueden ser atribuidos, por un lado, a la corrupción generalizada y a las prácticas de mecenazgo del sistema burocrático-administrativo del Consejo Estatal del Azúcar (CEA) y, por otro, a la caída de los precios del producto en el mercado internacional. Sin embargo, también es necesario reconocer este fenómeno dentro de un marco de análisis más amplio que se refiere a la adopción progresiva de políticas económicas neoliberales en países considerados parte del hemisferio sur.

    En este sentido, el geógrafo David Harvey (2007), ha tratado de recorrer la “breve historia del neoliberalismo” para mostrar cómo se desarrolla en términos de un preciso proyecto político dirigido a la promoción del capitalismo internacional y, por lo tanto, a la restauración del poder de clase.

    La acción conjunta de privatización y desregulación, lejos de determinar un equilibrio de mercado basado en un sistema competitivo eficiente, como lo sostienen sus partidarios, se habría resuelto, por el contrario, en la ley del más fuerte y en la aparición de formas de oligopolio. A partir de los primeros experimentos de aplicación de sistemas de libre mercado, el instrumento económico privilegiado siempre ha sido el de la deuda. De hecho, organizaciones como el FMI y el Banco Mundial a menudo se han basado en este argumento económico con el objetivo de estimular políticas neoliberales que favorecieran los procesos de privatización. Todo esto, evidentemente, en detrimento de lo que implica el sector público estatal, tanto en términos de regulación económica como de regulación social, especialmente en lo que refiere a las diferentes formas de protección de los derechos de los trabajadores.

    El instrumento de la deuda, de hecho, no solo concierne a los protagonistas del sistema mundial, sino, en particular, a aquellos que finalmente se ven afectados por él. Es de considerable interés prestar atención al análisis que el antropólogo estadounidense David Graeber (2012) defendió en su reciente ensayo titulado “En deuda. Una historia alternativa de la economía”, porque centra su investigación en el concepto de deuda entendida como un arma de subyugación y esclavitud.

    A través de esta clave interpretativa, Graeber llega a argumentar, actualizándolas, las conclusiones que, entre otros, han sido elaboradas por pensadores de inspiración marxista como Sidney Mintz y Eugene Genovese, quienes asumieron la tesis de que entre la esclavitud y el trabajo asalariado no existe solución de continuidad si se considera la evolución más amplia del sistema capitalista. Según Graeber (2012, 341), este sería el escándalo secreto del capitalismo, es decir, el hecho de que no hubiera surgido después del proceso abolicionista y la llegada del trabajo libre, sino que debe su éxito al trabajo forzoso, y en particular a ese trabajo que se dio en las plantaciones de caña de azúcar del Caribe: “siempre ha habido una curiosa afinidad entre el trabajo asalariado y la esclavitud” —escribe Graeber (2012, 341)— “No solo porque los esclavos en las plantaciones del Caribe eran los que suministraban los productos de energía rápida que alimentaban gran parte del trabajo de los primeros empleados; ni porque la mayoría de las técnicas de gestión científica aplicadas en las fábricas se remontan a esas mismas plantaciones de azúcar; sino también porque las relaciones entre esclavos y amos, así como las relaciones entre empleado y empleador son en principio impersonales”. Incluso hoy, continúa Graeber (2012, 341), “la servidumbre por deudas sigue siendo la principal forma de reclutar trabajadores en todo el mundo. Tanto en sentido literal, como en gran parte del este de Asia y América Latina, y en un sentido subjetivo, ya que la mayoría de los trabajadores asalariados e incluso empleados asalariados sienten que deben trabajar principalmente para pagar un préstamo de algún tipo”.

    De hecho, la relación entre deuda, trabajo y dependencia representa una prueba de fuego extremadamente eficaz para investigar desde una perspectiva antropológica las grandes transformaciones que han afectado el desarrollo histórico de la economía mundial. En particular, el surgimiento del modo de producción capitalista dentro del marco neoliberal del mercado global ha dejado bien claro la importancia que los procesos históricos como la proletarización laboral adquieren a nivel local.

    A través de una densa literatura etnográfica capaz de recurrir a innumerables estudios de caso, y también respaldada por datos macroeconómicos, la antropología ha podido mostrar puntualmente las diversas metamorfosis que puede sufrir el trabajo asalariado en el contexto contemporáneo, hasta tomar forma en relaciones contractuales que expresan formas más o menos implícitas de esclavitud y subyugación, marcando, como expresó Graeber, un continuum sustancial con las formas de esclavitud pre-abolicionista.

    En la misma línea, Moulier-Boutang (1998) ya había argumentado que el fin de la esclavitud no solo había resultado en un trabajo asalariado gratuito, sino también en una forma particular de trabajo dependiente definido como asalariado, donde el elemento fundamental, lo que lo hace comparable a la esclavitud moderna, es la cuestión de la finalización unilateral del contrato. De manera aún más específica, según Moulier-Boutang (1998, 631), este elemento aparece con mayor evidencia en el contexto de la mano de obra migrante, donde genera una fuerte limitación de movimiento en los trabajadores: “si el intercambio [dinero/trabajo] condiciona la movilidad del empleado, el mercado laboral será un mercado laboral forzado o semi-forzado”.

    Lejos de estar confinado al mundo subterráneo de las relaciones de trabajo informal, por lo tanto, este mercado laboral se manifiesta abiertamente a través de formas de dependencia radical y, en particular, a través del sistema de endeude. Parafraseando a Marcel Mauss, Pier Giorgio Solinas (2007, 12 y 22) reconoció el “espíritu” de la deuda precisamente en su “capacidad de unir a las personas y empeñar su propia existencia”. De esta manera, concluye Solinas, “las vidas de los empleados y de sus familias están empeñadas tácitamente, como una especie de garantía viviente sujeta al chantaje del acreedor y de sus tutores”.

    Tomando en cuenta la famosa intuición marxista según la cual la fuerza de trabajo debe considerarse la verdadera mercancía en cuestión, es necesario ir más allá para argumentar que esta última coincide aquí con la vida misma de los trabajadores. El proletario, de hecho, agrega Claude Meillassoux (2007, 39), “no es un proveedor ordinario: vender su propia mercancía, que es su fuerza de trabajo, no es una simple transacción, sino una cuestión de vida o muerte para él y su familia”.

    Meillassoux también reconoce la deuda como un instrumento privilegiado para implementar el dispositivo de chantaje típico del mercado laboral capitalista. En realidad, representa la condición de posibilidad del mismo proletario, ya que, paradójicamente, cada trabajador se ve obligado a pagar por el acceso a la vida productiva. El primer salario, de hecho, se difiere con respecto al desempeño laboral y se paga a posteriori, generando lo que Meillassoux define como “la desventaja de la deuda inicial”, generalmente destinada a convertirse en una deuda constitutiva. Una vez más, la condición del trabajador migrante está más expuesta a este riesgo, ya que el avance que necesita para comprar su trabajo también incluye los costos del viaje migratorio y, por lo tanto, es más alto.

    Lo que une estas lecturas críticas sobre las relaciones que vinculan los temas del trabajo, la deuda y las diversas formas de dependencia y sujeción personal, es el acuerdo para el cual no se trata de un accidente, un efecto secundario o una degeneración del sistema capitalista y de las políticas económicas neoliberales, sino que más bien, para decirlo de nuevo con Harvey, se trata de un proyecto político deliberado, una estrategia clara dirigida a preservar y garantizar la acumulación original de capital. En este sentido, debe reconocerse que “la superexplotación del trabajo […] se basa en una organización, una regulación y una gestión que revela su carácter orgánico y regular” (Meillassoux 1978, 170).

    De nuevo es Meillassoux quien nos recuerda que, especialmente en las periferias del capitalismo, la ley de la oferta y de la demanda no es más que una estafa. Lo que establece el salario es el costo de reproducción de la fuerza de trabajo. No por casualidad, concluye, “los teóricos del desarrollo […] habían descubierto que para aumentar la oferta de trabajo era necesario bajar los salarios, ya que los trabajadores del sector rural regresaban a sus casas una vez que habían acumulado la suma que les tocaba”.21

    En conclusión, este artículo ha tratado de ilustrar cómo los trabajadores haitianos que entrevisté en los bateyes de la República Dominicana están de acuerdo en el hecho de que desde 1999, año en que se lanzan las reformas económicas neoliberales a nivel nacional y que encuentran su expresión más significativa en el proceso de privatización de muchos sectores públicos productivos, incluida la industria azucarera, las condiciones de trabajo y, en general, la vida de los trabajadores de las plantaciones y de sus familias se han deteriorado. Para muchos, la existencia se ha reducido a una cuestión de mera supervivencia y las responsabilidades de dicha degradación se atribuyen explícitamente a la nueva gestión privada del proceso de trabajo, culpable, según los mismos trabajadores, de explotar cada recurso humano hasta la última gota de sudor a través de la trampa del chantaje de una deuda inextinguible.
    Notas

    1El almirante Cristóbal Colón, junto con los noventa marineros que lo acompañaron en las famosas carabelas, llegó al lugar que bautizó con el nombre de La Española el 5 de diciembre de 1492, donde fundó La Navidad, el primer asentamiento europeo en suelo americano.

    2Según los datos de la CIA World Factbook, alrededor del 60 por ciento de la población haitiana vive por debajo del umbral de pobreza: https://www.cia.gov/library/publications/the-world-factbook/geos/ha.html.

    3Según Hall (2000, 8) “durante la década de 1870, huyeron a República Dominicana 5000 empresarios cubanos que anteriormente se dedicaban a la producción de azúcar”, mientras que eran unos tres mil según fuentes de Muñiz (2013, 224).

    4En solo diez años, entre 1916 y 1926, la producción de azúcar dominicana se triplicó, pasando de 128.000 toneladas a 360.000 (Hall 2000, 15).

    5El término cocolos se refería indiscriminadamente a todos los migrantes procedentes de las Antillas inglesas, danesas y holandesas. El origen del término no es seguro, pero podría referirse a una distorsión del nombre de los habitantes de Tortola (en las Islas Vírgenes Británicas) o a una derivación del término congolo, inicialmente utilizado para referirse a los esclavos del Congo y luego extendido a todos los migrantes de color. Otras interpretaciones se refieren, en cambio, al idioma portugués, donde el término coco se usó de manera similar para referirse a los africanos negros (Cowie 2005, 14).

    6Las Islas de Barlovento pertenecen al archipiélago norteño de las Antillas Menores (desde Puerto Rico a Martinica) e incluyen posesiones de ultramar británicas, danesas, holandesas y francesas.

    7Según el censo elaborado por la Oficina Nacional de Estadística (ONE) en 1935, el número oficial de haitianos empadronados en el territorio ascendía a poco más de 52.000 personas, pero se cree que las cifras eran mucho mayores debido a la alta tasa de migración irregular.

    8Ver la página https://www.macrotrends.net/2537/sugar-prices-historical-chart-data.

    9Junior, Batey Las Pajas, 11.06.2013, entrevista de campo.

    10Ibíd.

    11Ibíd.

    12Ibíd.

    13Ibíd.

    14Public Report of Review of U.S. Submission 2011–03 (Dominican Republic), Office of Trade and Labor Affairs, Bureau of International Labor Affairs, U.S. Department of Labor, 27 de septiembre de 2013.

    15Aunque “la situación de los inmigrantes haitianos en la República Dominicana es generalmente aceptada como uno de los casos de esclavitud contemporánea más convincentes y ampliamente documentados en el mundo” (Martínez 1999, 282), la definición de esclavitud —si bien declinada en “moderna”, “contemporánea” o “nueva”—, muy frecuente en el vocabulario del activismo político y social para indicar una increíble variedad de situaciones de explotación y abuso (desde el trabajo infantil hasta los matrimonios concertados, desde la trata sexual hasta la servidumbre por deudas), ha suscitado numerosas dudas, especialmente en el ámbito académico. Al respecto, se consideren las reflexiones elaboradas por Dottridge (2017). En cuanto al caso dominicano, el mismo Martínez (1999) tomó posiciones muy críticas con respecto al uso del término esclavitud, mientras que Moya Pons (1986, 197) había sostenido de manera provocativa que “el trabajador haitiano en la industria azucarera dominicana no es un esclavo ni vive ni trabaja en condiciones similares a las de los sistemas esclavistas de los siglos pasados en el Nuevo Mundo, pero sus condiciones de vida pueden ser mucho peores que las de un esclavo”.

    16Nego, Batey Las Pajas, 23.07.2016, entrevista de campo.

    17JEAN, Batey Cambalache, 26.04.2013, entrevista de campo.

    18Méndez, San Pedro de Macorís, 13.06.2013, entrevista de campo.

    19Enrique, Batey Jaimito, 15.05.2013, entrevista de campo.

    20Johnny, Batey Montecoca, 01.05.2013, entrevista de campo.

    21Meillassoux (1978, 110).
    Biografía

    Raúl Zecca Castel, PhD, es Investigador Posdoctoral en antropología cultural y social en la Universidad de Milán-Bicocca. Desde 2013, se dedica al estudio de la diáspora haitiana en la República Dominicana y, especialmente, de la población de los bateyes, comunidades afrodescendientes de origen colonial vinculadas al trabajo agrícola en las plantaciones de caña de azúcar. Es autor de los libros Come schiavi in libertà. Vita e lavoro dei tagliatori di canna da zucchero haitiani in Repubblica Dominicana (Arcoiris, 2015) y Mujeres. Frammenti di vita dal cuore dei Caraibi (Arcoiris, 2020).
    Referencias

    ACNUR/PNUD/UNICEF. 2014. Reporte proyecto inter-agencial sobre seguridad humana en los bateyes de la República Dominicana. Santo Domingo: ACNUR/PNUD/UNICEF.

    Anti-Slavery International. 1998. Forced Labor on Sugarcane Plantations in the Dominican Republic. Londres: Anti-Slavery International.

    ASS. 1979. “Migrant Workers in the Dominican Republic”. Anti-Slavery Reporter and Aborigine’s Friend (serie 6), 12 (6).

    Augé, Marc. 1992. Non-lieux: Introduction à une anthropologie de la surmodernité. París: Le Seuil.

    CEFASA/CEFINOSA. 2012. Condición y aportes, de la mano de obra de origen haitiano a la economía dominicana. Centro de Formación y Acción Social y Agraria (CEFASA)/Consultores Económicos Financieros y Organizacionales (CEFINOSA). Santiago de los Caballeros: Editora Premium.

    Comisión Interamericana de Derechos Humanos. 1999. Informe sobre la situación de los derechos humanos en la República Dominicana. Washington: Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

    Cowie, Lancelot. 2005. “Cocolos, emigración y narrativa dominicana”. Cuadernos del CILHA 7(7): 13–20.

    Curtin, Philip D. 1998. The Rise and Fall of the Plantation Complex: Essays in Atlantic History. Cambridge: Cambridge University Press. DOI: https://doi.org/10.1017/CBO9780511819414

    Daniel, Pete. 1972. The Shadow of Slavery: Peonage in the South, 1901–1969. Champaign: University of Illinois Press.

    Dottridge, Michael. 2017. “Eight Reasons Why We Shouldn’t Use the Term ‘Modern Slavery’”. Open Democracy, 17 de octubre.

    Evertsz, Franc Báez. 1978. Azúcar y dependencia en la República Dominicana. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

    Fick, Carolyn E. 1990. The Making of Haiti: The Saint Domingue Revolution from Below. Knoxville: University of Tennessee Press.

    Fraginals, Moreno Manuel. 1978. El ingenio: Complejo económico social cubano del azúcar. Vol. 3. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

    Gavigan, Paul. 1996. Beyond the Bateyes: Haitian Immigrants in the Dominican Republic. Nueva York: National Coalition for Haitian Rights.

    Genovese, Eugene D. (1965) 2014. The Political Economy of Slavery: Studies in the Economy and Society of the Slave South. Middletown, CT: Wesleyan University Press.

    Graeber, David. 2012. En deuda: Una historia alternativa de la economía. Barcelona: Ariel.

    Hall, Michael R. 2000. Sugar and Power in the Dominican Republic: Eisenhower, Kennedy, and the Trujillos. Westport, CT: Greenwood.

    Harvey, David. 2007. A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press.

    Henderson, Jeffrey, y Manuel Castells. 1987. Global Restructuring and Territorial Development. Londres: Sage.

    Human Rights Watch. 1989. “Haitian Sugar-Cane Cutters in the Dominican Republic”. Americas Watch Committee.

    ILO (International Labour Organization). 2001. Stopping Forced Labor: Global Report Under the Follow-up to the ILO Declaration on Fundamental Principles and Rights at Work. Ginebra: International Labour Organization.

    James, C. L. R. 1938. The Black Jacobins: Toussaint L’Ouverture and the San Domingo Revolution. Londres: Secker and Warburg.

    Kaerger, Karl. 1901. Landwirtschaft und Kolonisation im Spanischen Südamerika. Leipzig.

    Katz, Friedrich. 1974. “Labor Conditions on Haciendas in Porfirian Mexico: Some Trends and Tendencies”. Hispanic American Historical Review 54 (1): 1–47. DOI: https://doi.org/10.1215/00182168-54.1.1

    Kunstler, James Howard. 1994. Geography of Nowhere: The Rise and Decline of America’s Man-Made Landscape. Nueva York: Simon and Schuster.

    Lemoine, Maurice, ed. 1981. Sucre Amer: Esclaves aujourd’hui dans les Caraïbes. París: Encre.

    Martínez, Samuel. 1999. “From Hidden Hand to Heavy Hand: Sugar, the State, and Migrant Labor in Haiti and the Dominican Republic”. Latin American Research Review 34(1): 57–84.

    Martínez, Samuel. 2007. Decency and Excess: Global Aspirations and Material Deprivation on a Caribbean Sugar Plantation. Londres: Routledge.

    Meillassoux, Claude. 1978. Donne, granai e capitali: Uno studio antropologico dell’imperialismo contemporáneo. Bolonia: Zanichelli.

    Meillassoux, Claude. 2007. “A chi dobbiamo la vita?”. En La vita in prestito: Debito, lavoro, dipendenza, editado por Pier Giorgio Solinas. Lecce: Argo.

    Mintz, Sidney W. 1974. Worker in the Cane: A Puerto Rican Life History. Nueva York: W. W. Norton.

    Mintz, Sidney W. 1985. Sweetness and Power: The Place of Sugar in Modern History. Londres: Penguin.

    Mintz, Sidney W. 1989. “The Sensation of Moving, While Standing Still”. American Ethnologist 16 (4): 786–796. DOI: https://doi.org/10.1525/ae.1989.16.4.02a00100

    Mintz, Sidney W. 2010. “Houses and Yards among Caribbean Peasantries”. En Perspectives on the Caribbean: A Reader in Culture, History and Representation, editado por Philip W. Scher, 9–24. Malden, MA: Wiley-Blackwell.

    Moulier-Boutang, Yann. 1998. De l’esclavage au salariat: Économie historique du salariat bridé. París: Presses Universitaires de France. DOI: https://doi.org/10.3917/puf.mouli.1998.01

    Moya Pons, Frank. 1977. Manual de historia dominicana. Santo Domingo: Universidad Católica Ediciones.

    Moya Pons, Frank. 1986. El batey: Estudio socioeconómico de los bateyes del Consejo Estatal del Azúcar. Santo Domingo: FLACSO.

    Muñiz, García. 2013. De la Central Guánica a la Central Romana: La South Porto Sugar Company en Puerto Rico y la República Dominicana, 1900–1921. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia.

    Plant, Roger. 1987. Sugar and Modern Slavery: A Tale of Two Countries. Londres: Zed Books.

    Prichard, Walter. 1939. “The Effects of the Civil War on the Louisiana Sugar Industry”. Journal of Southern History 5 (3): 315–332. DOI: https://doi.org/10.2307/2191497

    Roland, Charles. 1997. Louisiana Sugar Plantations during the Civil War. Baton Rouge: Louisiana State University Press.

    Solinas, Pier Giorgio. 2007. La vita in prestito: Debito, lavoro, dipendenza. Lecce: Argo.

    Trouillot, Michel-Rolph. 2002. “The Otherwise Modern”. En Critically Modern: Alternatives, Alterities, Anthropologies, editado por Bruce M. Knauft, 220–237. Bloomington: Indiana University Press.

    Verité. 2011. “Research on Indicators of Forced Labor in the Supply Chain of Sugar in the Dominican Republic”. Amherst, MA: Verité.

    Williams, Eric. (1944) 2014. Capitalism and Slavery. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

    Wolf, Eric. (1982) 2010. Europe and the People without History. Berkeley: University of California Press.

    Wooding, Bridget, y Richard Moseley-Williams. 2004. Needed but Unwanted. Londres: Catholic Institute for International Relations.

  • Speranza in vista

    LatinoAmericando compie 16 anni di trasmissioni, e abbiamo festeggiato questo evento facendo il solito: collegandosi con “l’altra sponda dell’Atlantico”. Abbiamo ascoltato la voce in diretta da Managua del giornalista Giorgio Trucchi, che ci ha raccontato le elezioni in Honduras che hanno visto come vincitrice Xiomara Castro, e poi quella della cantante femminista Karla Lara, che da Tegucigalpa ci ha espresso la speranza di questo cambio di passo nella politica honduregna. Infine vi abbiamo fatto riascoltare alcune delle tante voci che ci ricordano perché è importante parlare ancora oggi dell’America Latina

     

  • Guerre civili al tempo del Covid

    Guerre civili al tempo del Covid

    Riproduciamo con piacere questa recensione, uscita sul sito Pulp Libri, del libro Guerra civile globali. Fratture sociali del terzo millennio, a cura di Sandro Moiso, e a cui hanno partecipato i nostri redattori Alessandro Peregalli, Susanna De Guio e Fabrizio Lorusso.

    Vi suggeriamo inoltre di ascoltare l’intervista che Radio Onda D’Urto ha fatto allo stesso Moiso sui temi del libro.

    Di Domenico Gallo

    Dai gilet gialli, alle lotte in Cile, al fenomeno delle gang dei giovani albanesi a Genova, passando per gli Stati Uniti, il Messico, la Catalogna, … gli interventi raccolti da Sandro Moiso in ‘Guerra civile globale. fratture sociali del terzo millennio’, (Il Galeone Edizioni, pp. 386, euro 18,00 stampa ) offrono un’interessante ipotesi di lavoro, ovvero che dal basso – in situazioni di lotta molto diversificate e lontane – si possa intravedere l’insorgenza di uno stato di guerra civile a livello mondiale che tenta di opporsi al piano di sfruttamento altrettanto globale e che si sta evolvendo manifestando una serie di caratteristiche unitarie.

    La difficoltà di inquadrare la situazione politica contemporanea è dimostrata dalla complessità e dai molteplici punti di vista che Guerra civile globale mette in campo per proporre un disegno del mondo e delle sue interconnessioni. Se c’è una cosa che il capitalismo neoliberista ha insegnato è che la sua volontà di dominio si esplica in una geografia globale che comprende l’intero pianeta e lo spazio che lo circonda. La fantascienza, invece, ci ha insegnato che si espanderà, appena sarà tecnicamente possibile, anche ad altri mondi, sempre mostrando la stessa faccia di ingiustizia e sfruttamento, cinismo e violenza. Gli interventi raccolti da Sandro Moiso offrono un’interessante ipotesi di lavoro, ovvero che dal basso – in situazioni di lotta molto diversificate e lontane – si possa intravedere l’insorgenza di uno stato di guerra civile a livello mondiale che tenta di opporsi al piano di sfruttamento altrettanto globale e che si sta evolvendo manifestando una serie di caratteristiche unitarie.

    L’epidemia Covid-19, con le sue straordinarie contraddizioni, ha di fatto radicalizzato lo sviluppo di una fase del Capitale che era già in essere da alcuni anni. La caratteristica è quella di un arretramento generale dello stato dei diritti e delle condizioni di vita sia nel mondo occidentale sia altrove, nei paesi oggi sottoposti a livelli di sfruttamento umano e delle risorse primarie di un livello inedito. Ma a questa crescita folle che sta trasferendo ricchezze a gruppi sempre più ristretti ed elitari, e di conseguenza ha spinto la classe media verso un fenomeno diffuso di riproletarizzazione, colpisce in maniera violenta anche il cuore del Capitale, quegli Stati Uniti che vediamo travolti da una polarizzazione interna e da una crisi diffusa lungo tutti i livelli economici della nazione.
    Le miriadi di lotte che in ogni parte del mondo si declinano su problematiche di carattere locale hanno in realtà il denominatore comune di un malessere che deriva dalle violazioni dei diritti fondamentali, dalla marginalizzazione provocata dai lavori precari saltuari e sottopagati, dal riemergere dello schiavismo, dallo sviluppo di sistemi di sorveglianza e di polizia anche a carattere privato, dalla repressione di migranti e poveri, dalla persecuzione degli attivisti. Se nel secolo scorso la prospettiva del socialismo internazionalista aveva sintonizzato a un livello “alto” e riconoscibile – all’interno di una strategia mondiale – ogni tipo di lotta locale, il nuovo paradigma richiede un elevato sforzo di conoscenza dello stato delle lotte per comprendere di non essere soli ma elementi di una spinta generale di ribaltamento del potere. In realtà le giornate di contrasto contro il G8 di Genova, nel 2001, avevano rappresentato proprio l’atto politico di riconoscimento reciproco di una serie di lotte solo apparentemente locali e che erano in procinto di costruire un movimento mondiale dal basso di origine molto eterogenea. La violenza che si è scatenata contro quel movimento ha avuto, oltre al libero sfogo di frange fasciste istituzionalizzate, il ruolo strategico di impedire la coesione dei movimenti e spingerli a una rilocalizzazione e particolarizzazione. Guerra civile globale è quindi un diario fedele e inedito di questo processo contemporaneo di ricomposizione di classe che tenta di costruire il movimento globale che si oppone al capitalismo globale.
    Questo processo politico, che oggi si costituisce in un incessante succedersi di rivolte, viene evidentemente contrastato dal generale inasprimento delle legislazioni nazionali che si sono strutturate attraverso provvedimenti che perseguono ogni posizione politica (anche nonviolenta o di mera opinione) con pene spropositate. Guerra civile globale offre una analisi di come una serie di rivolte contemporanee posseggano alcuni fondamentali elementi comuni capaci di superare la più immediata classificazione di populismo e localismo, analizzando come l’insicurezza esistenziale provocata dai nuovi meccanismi produttivi debba essere interpretata come una lotta anticapitalista e potenzialmente collettiva e solidale. Ed è proprio l’intervento di Raffaele Sciortino, “Crisi pandemica e neopopulismo”, che scopre come la crisi prodotta dalla pandemia costituisca la prima vera crisi globale, con inevitabile scontro tra tendenze di ri-nazionalizzazione e governi-azienda imperialisti e sovranazionali; e ancora come la pandemia abbia introdotto elementi di novità sull’economia reale, la spinta debitoria, il saccheggio delle risorse delle comunità più povere e indifese. Ma, come nel caso delle proteste etichettate come Gilets Jaunes, la protesta si manifesta all’improvviso anche nel cuore dell’Occidente, ostentando il senso di insicurezza dell’intera Europa occidentale, dove la pandemia ha messo in campo all’improvviso, all’interno di una cappa di militarizzazione che svela il volto dell’altro componente che costituisce la guerra civile globale, contraddizioni enormi tra salute e necessità di produzione, consumo e mancanza di denaro, ridefinizione dei bisogni essenziali. Ma se il diffuso populismo contemporaneo sembra essere una reazione non critica a uno stato di ingiustizia presente, il lavoro politico richiede un progressivo abbandono di istanze identitarie, conservatrici e nostalgiche per affrontare uno scontro di classe multietnico.
    Il libro presenta una lettura delle recenti lotte cilene, così scarsamente documentate dai media italiani, con il contributo di Alessandro Peragalli e Susanna De Guio, “Chile despertó: storia e prospettive di un’insurrezione popolare”, che traccia un resoconto che parte dall’istituzione violenta dell’economia neoliberista, con il golpe del 1973, fino alla crisi odierna che ha visto, almeno fino alla pandemia, la nascita e l’inevitabile scontrarsi di lotte popolari per l’acqua, per i trasporti e per i salari che sono state affrontate con una violenza estrema espressa con uccisioni, rapimenti, stupri, ferimenti e arresti. E la violenza sia istituzionale sia espressa da forme privatizzate paramilitari è al centro della realtà messicana, lacerata da forme selvagge di accumulazione attuate attraverso l’espropriazione. Ne parla Fabrizio Lorusso in “Comprendere la violenza e il conflitto in Messico”, rendendo evidente come le politiche contro il narcotraffico nascondano in realtà un piano di dominio del territorio e della popolazione molto ampio e che travalica il problema della produzione ed esportazione degli stupefacenti. All’interno del modello neoliberista messicano, l’economia del narcotraffico si è fusa con quella istituzionale fino a creare una serie di territori autonomi mantenuti da forze di sicurezza che stroncano con la massima violenza ogni forma di protesta popolare e ogni realtà autonoma di carattere democratico. Questo avviene attraverso una delega progressiva dell’uso della violenza legittima da parte dello Stato alle organizzazioni private che sono diventate “macchine di morte di massa e di esecuzione selettiva delle vittime”.
    Le trasformazioni mediorientali, o meglio la risposta mediorientale ai meccanismi di espropriazione e sfruttamento globali, vedono oggi nella politica turca (Sara Montanaro in “La pace è un lusso”) e nella resistenza curda un altro elemento fondamentale delle forme di dominio, soprattutto nell’ambito di quello che Giovanni Iozzoli, nel suo intervento “Islam, modernità e guerra alla guerra”, è il ritorno della suggestione religiosa come meccanismo identitario di massa. In particolare è la capacità di esercitare una eccezionale violenza, soprattutto sulle etnie non gradite, che è elemento chiave del proporsi come Stato da parte di organizzazioni come ISIS all’interno di un panorama politico molto frammentato. Ma dove lo Stato è forte e ha una grande tradizione, come in Francia, osserviamo un doppio fronte interno costituito dalle forme dilaganti dell’antiterrorismo rivolto contro la popolazione emigrata (anche di seconda e terza generazione); ne parlano Marta Lotto in “L’antiterrorismo in Francia: in guerra sul territorio nazionale”, descrivendo lo scenario interno da guerra civile e riduzione di ogni forma di diritto individuale in un’ottica di repressione preventiva, e Nicolò Molinari e Enzo Names dedicano in lungo studio intitolato “L’assalto al centro” dedicato al movimento di Gilet Jaunes. Quest’ultimo è forse un “nemico interno” certamente scatenato dalla progressiva esclusione sociale a seguito della precarizzazione e della perdita di valore sociale e lavorativo. Dove se ne addita l’eterogeneità, se ne può invece vedere una storia di retrocessione sociale delle periferie e dei centri lontani dalle grandi città e dalle sue cattedrali del consumo. Nasce infatti con l’aumento della tassa sulla benzina, provvedimento destinato a mettere in difficoltà chi deve percorrere lunghe distanze con l’automobile, come i pendolari, che non si sono potuti permettere abitazioni in località coperte da trasporti pubblici efficaci, o lavoratori delle consegne. È quindi alla base un movimento che pretende una diversa distribuzione delle ricchezze usando la strategia di ostacolare l’economia e il consumo. Stefano Portelli, in “Uno tsunami repubblicano e antifascista in Catalogna”, interpreta la rivolta catalana e il tentativo di secessione come un progetto di ridefinire diversi rapporti sociali attraverso l’autonomia, dunque una lotta che trae origine dalla sconfitta della Seconda Repubblica e dalla lotta antifascista e da quel progetto democratico e libertario conclusosi tragicamente. La restaurazione della monarchia in Spagna e il susseguirsi dei governi frutto di sofferte elezioni hanno consentito una continuità con la dittatura, e l’impressione che le mobilitazioni popolari catalane intendano rompere con la Spagna soprattutto in quanto rappresentazione dell’autoritarismo e del conservatorismo. Sono processi non esenti da contraddizioni, soprattutto da parte di una delle regioni più ricche d’Europa, ma è certo che la repressione del governo centrale si è allineata, nei temi e nei metodi, alle forme repressive di guerra civile che abbiamo visto nelle altre parti del pianeta.
    Prima dello scatenarsi del movimento di massa contro il green pass, la scena italiana era stata fortemente caratterizzata dalla lotta no TAV, una mobilitazione prolungata (nasce attorno al 1995) destinata a segnare ogni successiva protesta politica radicata nel territorio come il movimento no TAP, che si autodefinisce “contro il corridoio sud del gas, per la tutela e la salvaguardia dei territori”. Per l’autodeterminazione delle popolazioni che credono in un modello di sviluppo sostenibile, diverso da quello imposto, contro la speculazione finanziaria a scapito delle comunità. Elena Papadia descrive le lotte autonome di quei territori e le forme di repressione che, ancora una volta, riprendono quelle della repressione globale. Emilio Quadrelli (“Gang, merce, autodifesa. Note sul ‘fronte interno’ e la guerra in permanenza”) analizza la storia delle gang giovanili albanesi a Genova nell’ambito di una guerra interna, che associa alle forme più materiali quelle di una burocrazia progressivamente votata alla riduzione di ogni diritto. È la normativa perennemente emergenziale che oggi prevede l’arresto dei migranti, la repressione della solidarietà, gli sgomberi, i fermi, i daspo, l’ostacolo alle lotte sindacali, la criminalizzazione dei picchetti. La vita delle gang dei giovani albanesi si è caratterizzata per uno scontro ad avere merci che potevano solo osservare senza poterle possedere e per una insubordinazione al potere patriarcale della tradizione, che li vedeva condannati a una sottomissione agli adulti.
    Due episodi, tuttavia, ci dimostrano come la guerra civile diffusa, combattuta da entrambe le parti, non abbia escluso il centro del potere economico mondiale: gli Stati Uniti. Il primo è l’uccisione di George Floyd a Minneapolis, il secondo l’assalto al Campidoglio del 6 gennaio. Entrambi dimostrano, al di là delle cause specifiche che hanno scatenato questi due specifici episodi, l’estrema instabilità del potere statunitense nel fronte interno, quello della tanto decantata civiltà che dovrebbe guidare il mondo. “La classe media e lavoratrice americana, con ancora addosso i segni freschi della crisi del 2008, traducibili in disoccupazione di massa, precarietà lavorativa, incremento di sfratti e pignoramenti, impennata dei consumi di psicofarmaci nonché crescenti tassi di morte per suicidio, alcol o droga”, come scrive Jack Orlando intervenendo sul “crepuscolo americano”, hanno manifestato un’ansia di riscatto che ha seguito l’illusione trumpiana del rientro in Patria delle produzioni industriali (aspetto che entrerebbe in immediata collisione con il piano strategico del capitalismo globale), abbandonandosi a un immaginario irrazionale che ha coinvolto anche le strategie di contenimento della pandemia. Propria la pandemia, infatti, ha acuito la crisi e la disperazione delle classi lavoratrici. Ma la narrazione trumpiana, che si sviluppava attraverso il razzismo strutturale, non ha influenzato interamente la classe lavoratrice, e in tutti gli scontri seguiti alla morte di Floyd è sempre stata presente una componente della working class bianca che ha pagato il prezzo economico della pandemia e non crede al rilancio attraverso il realizzarsi di una supremazia statunitense. Per comprendere come è nato questo immaginario che è nella testa di chi partecipa, o è costretto a partecipare per sopravvivere alla guerra civile diffusa, il saggio di Sandro Moiso mette in fila i molti elementi culturali che sono stati capaci di intuire l’evoluzione dei processi mondiali, partendo dai fallimenti delle rivoluzioni e delle guerre civili statunitensi, conflitti sempre irrisolti dal punto di vista di classe. Alla costruzione di questo immaginario troviamo soprattutto film che, all’interno dei generi popolari, hanno tessuto le trame della fine del sogno americano. Primo fra tutti l’elemento religioso e la sua degradazione, che tanto hanno influito nella formazione del conservatorismo proletario e sottoproletario in quell’immenso territorio che sono gli Stati Uniti rurali. Questo sguardo disperato a un passato che non potrà più ripresentarsi costringerà, forse, la moltitudine a rivolgersi a progetti politici che richiedono nuove alleanze al di fuori della logora identità WASP.
    Chiude il volume Gioacchino Toti con un saggio che prende lo spunto dall’analisi delle piattaforme informatiche e dei sistemi di sorveglianza per descrivere l’evoluzione antropologica che viene messa in gioco assieme alle altre crisi descritte, quella della trasformazione degli individui in merce. Mutazione prevista dallo stesso Marx analizzando i processi di alienazione, oggi l’identità umana, il sistema percettivo e le sue reazioni sono stati radicalmente modificati. Da un lato l’individuo, attraverso le piattaforme, vota la propria esistenza alla produzione di un valore che viene costantemente espropriato e diventa una materia prima, dall’altro è costantemente controllato e sottoposto a una serie di filtri delle informazioni per renderlo più produttivo e innocuo. In cambio di questa produzione l’umano non riceve denaro ma “sensazione di partecipazione, di relazione sociale, di identità, di protagonismo”. Secondo Toti, e condivido totalmente, la realtà ha decisamente spiazzato le prospettive ottimistiche che, a partire dagli anni Ottanta, vedevano nella connessione mondiale e nella condivisione delle informazioni la realizzazione di un’utopia. Oggi la rete è più simile a una fabbrica, a una catena di montaggio che ci lega ogni giorno, ogni ora. E così la rete è anche il luogo del controllo totale, della transazione economica, della disinformazione, della creazione di ideologie irrazionaliste e della frammentazione di classe, incrementando isolamento, vulnerabilità e alienazione. Alla solidarietà materiale dello sciopero, del picchetto e del sabotaggio si sono sostituiti like e pollici virtuali.

  • 19 D di decisivo

    Il Cile inizia il suo percorso verso il ballottaggio che avrà luogo il 19 dicembre con i due candidati agli estremi opposti, cercando di tessere un’ alleanza con chi ha perso nel primo turno. Ci siamo collegati con Santiago del Cile per capire quali sono gli scenari possibili, con la sociologa della redazione del sito lamericalatina.net Susanna Di Guio. Ci siamo spostati poi in Colombia per capire cosa è rimasto degli accordi di pace di 5 anni fa fra l’allora governo di Santos e gli ex guerriglieri delle FARC. Di questo e della altissima violenza sulle donne nel Paese caraibico ne abbiamo parlato in diretta da Medellín con il professore Giacomo Finzi.

  • Giornata Internazionale contro la Violenza sulle Donne in Cile

    Giornata Internazionale contro la Violenza sulle Donne in Cile

    Le fotografie di Claudia Agurto Rozas e Daniela Castillo Villarroel da Valparaíso

    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021

    La lotta femminista in Cile è più viva che mai, nonostante l’ascesa del partito di estrema destra che potrebbe arrivare a governare il Paese.

    Il 25 novembre è stata la Giornata Internazionale contro la Violenza sulle donne. Come in molte altre città dell’America Latina e del mondo, anche a Valparaíso, le donne sono scese in strada a manifestare contro la violenza patriarcale che ci colpisce ogni giorno. I tre canti che si sono sentiti di più per le strade della città sono stati: “Valparaíso antifascista” Che muoia Piñera e non la mia compagna“, riferendosi all’attuale presidente, e “Se l’aborto fosse legale José Antonio Kast non esisterebbe“.

    José Antonio Kast è il candidato presidenziale cattolico e pinochettista di estrema destra che alle elezioni presidenziali di domenica scorsa si è posizionato primo. Secondo il suo programma, nel suo governo elimirebbe il ministero delle donne e l’aborto per tre causali (donna in rischio vitale, patologie del feto e violazione), al contrario del candidato di sinistra Gabriel Boric che è arrivato secondo e che, tra le altre cose, ha sempre ribadito che farà di tutto per poter legalizzare l’aborto libero, legale e gratuito e l’Educazione Sessuale Integrale (ESI). I due candidati, che si presentano con idee politiche completamente opposte tanto su questo tema come in tutti gli altri, si affronteranno nuovamente nelle urne il 19 dicembre per il ballottaggio.

    La vittoria di José Antonio Kast è una vera e propria minaccia per i diritti conquistati fino ad ora dalle donne cilene, in un paese dove solo nel 2021 ci sono stati 43 femminicidi, secondo la fondazione MilesChile. È anche per questo che la Coordinadora Femminista 8 m, in seguito ad un’assemblea che si è svolta mercoledì 24 online e in forma presenziale nella capitale , dove hanno partecipato più di 6.000 persone, ha chiamato attraverso un comunicato ad appoggiare il candidato del Frente Amplio Gabriel Boric, sottolineando che:

    “Chiamiamo a votare per Gabriel Boric dall’autonomia di un progetto nostro e diverso dal suo. Chiamiamo a votare per lui perché quel che c’è in gioco oggi è la possibilità di continuare il cammino di trasformazione dalla mobilitazione, del processo costituente e del femminismo, o che questo cammino si fermi attraverso la forza di un governo autoritario e pinochettista.”

    Sono molte le donne che si stanno unendo alla campagna di Gabriel Boric, tra queste c’è lskia Siches che ieri 25 novembre si è dimessa dalla presidenza del Collegio Medico e oggi è stata nominata responsabile della sua campagna. Senza dubbio, queste sono delle elezioni importantissime per il futuro del paese, è per questo molte donne e dissidenze sessuali che non condividono completamente il programma di Boric, stanno chiamando a un voto antifascista e femminista per frenare l’ascesa politica del candidato di estrema destra.

    Ringraziamo Claudia Agurto Rozas e Daniela Castillo Villarroel per la concessione delle immagini che raccontano come si è svolta la giornata a Valparaíso.

    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021

    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villaroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Claudia Agurto Rozas, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
    Foto di Daniela Castillo Villarroel, Valparaíso Cile, 25 novembre 2021
  • Sono #NiñasNoMadres!

    Sono #NiñasNoMadres!


    La violenza contro le donne è un problema trasversale che oltrepassa confini, età e classi sociali ed è giusto ricordarlo non solo il 25 novembre ma tutti i giorni. Tragicamente, in America Latina e nei Caraibi molte delle sue vittime sono bambine e minorenni che spesso restano incinte e che vengono costrette da una società estremamente patriarcale ad abbandonare il loro futuro per portare avanti delle maternità forzate. L’11 ottobre scorso, per la giornata mondiale delle bambine, Planned Parenthood America Latina , un’organizzazione nata negli Stati Uniti e che si batte per il diritto all’aborto e l’educazione sessuale in diversi Paesi, ha lanciato uno spot  che si inserisce nella campagna Niñas, no madres. 

    Qui di seguito vi riproponiamo la dichiarazione dell’organizzazione lanciata l’11 ottobre e lo spot con i sottotitoli in italiano. 


    Nessuna bambina deve abbandonare il suo futuro per una maternità forzata.

    Sono #NiñasNoMadres!

    L’America Latina e i Caraibi è l’unica al mondo in cui le gravidanze e i parti delle bambine minori di 15 anni vanno in aumento, come conseguenza degli alti indici di violenza sessuale.  L’80% delle violazioni sessuali di bambine e adolescenti si riferiscono a vittime  che hanno  tra i 10 e 14 anni e nel 90% di questi casi si tratta di casi che coinvolgono un contesto di violazione reiterata (CIDH). 

    Sfortunatamente, quasi sempre queste aggressioni sessuali sono commesse da membri della famiglia o da persone vicine a loro. La cosa più dolorosa è che tutto questo le porta verso una cammino di rivittimizzazione che le obbliga ad abbandonare i loro progetti di vita per diventare madri, anche se non sono ancora pronte. Queste bambine, non solo abbandonano per sempre la loro infanzia, ma anche tutti quei luoghi dove dovrebbero stare -la scuola, lo sport, la scienza, i giochi- lasciando un enorme vuoto nella società. 

    Spesso devono portare avanti le loro gravidanze perché molti Stati le obbligano a farlo,  dato che non rispettano tutti gli accordi internazionali sui diritti umani. Questo succede perché c’è una mancanza di educazione sessuale integrale appropriata nelle istituzioni educative, che evita che le bambine possano identificare situazioni di abusi, oltre al fatto che non sanno cosa bisogna fare per poter denunciare senza avere paura. Inoltre, anche quando si denuncia, in moltissimi casi i colpevoli delle violazioni rimangono completamente impuniti. 

    Una delle tappe più dure per queste minorenni è l’assenza di giustizia: gli ostacoli che devono affrontare per ricevere l’attenzione di cui hanno bisogno quando le istituzioni gli impediscono di accedere ai servizi di salute essenziali. Tra i protocolli di attenzione integrale nella salute per una vittima di violazione sessuale, ci dovrebbe sempre essere, per prevenire una gravidanza non desiderata, la somministrazione della pillola anticoncezionale orale d’emergenza (la pillola del “giorno dopo”). Nonostante ciò, in diversi paesi latinoamericani è proibita o ci sono sempre dei problemi amministrativi per potervi accedere. 

    Se la bambina non riceve le attenzioni appropriate dopo l’aggressione sessuale che ha sofferto e resta incinta, il processo di rivittimizzazione continua perché la obbligherebbe ad una gravidanza non desiderata e a diventare madre forzatamente. 

    In molti paesi dell’America Latina come El Salvador, Nicaragua, Honduras, Repubblica Dominicana, semplicemente non esiste laborto legale perché la legge lo proibisce, mentre in altri come Perù, Ecuador e Guatemala è molto probabile che le vittime possano scontrarsi con dei problemi amministrativi, legali, culturali e di coscienza che le condannano ad una maternità che non hanno scelto.

    Alcuni dati: 

    • In Ecuador, si calcola che giornalmente 7 bambine minori di 14 anni diventano madri (NEX, 2016) e si stima che l’80% delle gravidanze adolescenti nascono dalla violenza sessuale. 
    • In Guatemala, tra il 2015 e il 2017 c’è stata una media annuale di 1569 parti in bambine tra i 10 e i 14 anni, secondo la Procuraduría de Derechos Humanos. Nonostante per il 2018 i parti delle bambine tra i 10 e 14 anni sono stati 1050 (OSAR), quello stesso anno ci sono state 16 denunce al giorno di violenza sessuale contro bambine e adolescenti, raggiungendo così le 5680 denunce allanno (Nómada 2020). Nel 2019, 7366 bambine minori di 15 anni sono diventate madri (OSAR). 
    • In Perú 13 adolescenti su 1000 in un’età compresa tra i 15 e i 19 anni sono madri o sono incinte per la prima volta e il 71% di queste gravidanze non sono desiderate, secondo la Mesa de Concertación para la Lucha contra la Pobreza. Inoltre, tra il 2015 e il 2018, 29 bambine minori di 10 anni e 6240 bambine tra gli 11 e 14 anni sono diventate madri. Solo nel 2019, ci sono state 1303 nascite di madri minori di 14 anni, secondo il Sistema de Registro del Certificado de Nacido Vivo en Línea.
    •  Il Nicaragua presenta la tassa di nascita di madri minorenni più alta di tutta l’America Latina, raggiungendo il 28% e si calcola che ogni giorno 5 bambine sono obbligate ad essere madri.

    Questa realtà, che allontana le bambine dai propri diritti è peggiorata per colpa della pandemia per il COVID-19, perché le bambine vittime di abusi sessuali non hanno accesso ad una salute integrale, oltre al fatto che durante le diverse quarantene molte bambine sono rimaste a casa insieme ai loro aggressori. 

    Tutto questo allontana le bambine latinoamericane dai loro progetti di vita e che genera di vuoti irreparabili nella nostra società, com’è successo a Norma (Ecuador), Fátima (Guatemala), Susana (Nicaragua) e Lucía (Nicaragua)  che sono state vittime di violazioni sessuali e hanno dovuto portare avanti delle gravidanze non desiderate, e Camila (Perú) che dopo aver sofferto un aborto spontaneo è diventata da vittima a vittimaria. 

    Per questo nel 2019 abbiamo portato i primi 4 casi davanti al Comitato di Diritti Umani dell’ONU, affinché nessun’altra bambina latinoamericana debba abbandonare il suo futuro e nel 2020 abbiamo portato il caso di Camilla al Comitato dei Diritti del Bambino dell’ONU. 

    Crediamo che con dei verdetti esemplari, delle azioni articolate e con l’impegno opportuno, il mondo che sogniamo per le bambine possa diventare realtà: uno in cui possano vivere libere dalla violenza e possano avere delle opportunità per costruire un futuro migliore per loro. 

    Adesso, più che mai è il momento di investire in sistemi di protezione che mettano al centro i bisogni e le voci delle bambine  ed è ora di raddoppiare gli sforzi affinché tutte le bambine possano godersi la propria infanzia. 

    Affinché nessun’altra bambina lasci uno spazio vuoto nella sua infanzia, oggi e sempre, lasciamole essere libere di essere bambine.

    Sono #NiñasNoMadres!

    Per saperne di più :

    https://www.ninasnomadres.org/

    Instagram: https://www.instagram.com/ninasnomadr…

    Facebook: https://www.facebook.com/NinasNoMadre…

    Twitter: https://twitter.com/NinasNoMadresLA

  • Messico, i collettivi delle buscadoras alla ricerca delle 90 mila persone scomparse nelle fosse comuni

    Messico, i collettivi delle buscadoras alla ricerca delle 90 mila persone scomparse nelle fosse comuni

    Lo scrittore e docente della Universidad Iberoamericana León, Fabrizio Lorusso, dallo Stato messicano del Guanajuato spiega il processo artistico e politico che ha dato alla luce la canzone “Así te buscaré” e il contesto in cui si organizzano i gruppi di ricercatrici


    Di Gianpaolo Contestabile, da La Repubblica

    Il 30 agosto 2021, durante la giornata mondiale per le vittime della sparizione forzata, è uscita su diverse piattaforme la canzone “Así te buscaré”. Tra le autrici figurano la cantante e rapper feminista Rebeca Lane, il collettivo di familiari di desaparecidos “Buscadoras Guanajuato”, e lo scrittore e professore universitario Fabrizio Lorusso. Fabrizio vive e lavora nello stato messicano del Guanajuato, recentemente finito sotto i riflettori dei mass media per l’aumento esponenziale della violenza. Dalla capitale dello stato, Leòn, Fabrizio spiega il processo artistico e politico che ha dato alla luce la canzone e il contesto in cui si organizzano i collettivi delle buscadoras.

    Com’è nato il collettivo Buscadoras Guanajuato?

    Il collettivo Buscadoras Guanajuato nasce il 28 febbraio 2020 dopo una manifestazione pacifica presso la sede della procura di Leòn, la città più importante nello stato del Guanajuato. Il gruppo è parte di un movimento di 15 collettivi di buscadoras, quindi di persone, soprattutto donne, che cercano desaparecidos, persone scomparse in tutto lo stato. 13 di questi collettivi sono nati tra novembre 2019 ed agosto 2021 e Buscadoras Guanajuato rappresenta uno dei vari gruppi di una nuova ondata legati a una nuova ondata di violenza. 

    A cosa è dovuta questa nuova ondata di violenza?

    Il contesto del Guanajuato riflette in parte quello messicano in cui, tra il 2019 e il 2020, è stato battuto il triste record degli omicidi dolosi, superando le 35mila vittime e le 90mila persone desaparacidas, scomparse, che si sono accumulate anche durante gli anni precedenti ma che mostrano un aumento della violenza. Ci sono inoltre i ritrovamenti di migliaia di fosse clandestine dove solo una parte delle persone scomparse sono state identificate. In questo contesto la militarizzazione della sicurezza pubblica in tutto il Paese non ha accennato a fermarsi ed è aumentata in particolare nel Guanajuato a partire dal 2016. In alcuni stati è aumentata la disuguaglianza socio-economica, per esempio il Guanajuato è diventato uno stato in crescita dal punto di vista economico ma con crescenti diseguaglianze sociali, arrivando al secondo posto tra gli stati con maggiore disuguaglianza. Bisogna aggiungere inoltre che dal 2015 in poi i gruppi della delinquenza locale sono diventati molto potenti grazie al business dell’estrazione e della vendita illegale di petrolio, conosciuto come il huachicol, grazie anche a una certa collusione da parte delle autorità e dell’impresa petrolifera nazionale Pemex. Intorno al 2015 il Guanajuato è passato da essere uno stato pacifico a diventare uno stato nella media nazionale per numero di omicidi per poi, dal 2018 ad oggi, diventare il primo per omicidi dolosi e colposi, e quindi a superare nettamente la media nazionale fino a triplicarla. 

    Quali sono i rischi che corrono le persone impegnate nel processo di ricerca?

    Le operazioni sono rischiose per chi, come la maggior parte delle famiglie, vive la realtà quotidiana dei quartieri, dei barrios. Le persone più in vista, che difendono i diritti umani, che sono diventate buscadoras e quindi sono vincolate con organizzazioni internazionali come Front Line Defenders o l’ONU, devono sempre tornare nelle dinamiche di quartiere ed essendo visibili sono oggetto di minacce, attacchi armati, situazioni sospette. Due di loro sono state anche uccise. Sono casi limite che parlano però di una realtà in cui è ormai assolutamente possibile addirittura l’omicidio di queste madri, o attiviste, in cui esiste un contesto di minacce online o nelle zone in cui vivono, in cui a volte le autorità hanno un ruolo ambiguo, non di copertura e protezione, ma di tolleranza o di ritardo nell’azione che non lasciano ben sperare. 

    Com’è nata l’idea della canzone Así te buscaré e come avete lavorato per produrla?
    Il collettivo Buscadoras Guanajuato ha una vocazione verso i progetti culturali, non solo di formazione ma anche simbolici, di memoria, e da questi progetti è nata l’idea di creare una canzone che avevo composto nella parte del testo e anche della musica. Era una cover modificata di una vecchia canzone che si chiama Lili Marlene, è una canzone composta da un soldato durante la prima guerra mondiale in Germania, e poi musicata nel ’38. E’ diventata una canzone diffusa in tutto il mondo ed è stata internazionalizzata con i film dell’attrice Marlene Dietrich. La canzone è diventata un classico, in un certo senso romantico, che parla della distanza, della malinconia del soldato in guerra. E’ stata tradotta in molte lingue e mia nonna se la ricordava perfettamente in italiano dall’epoca della guerra, la cantava quando aveva 8 anni sotto i bombardamenti a Milano. Allora visto che a gennaio 2021 me la cantò per telefono, decisi di scrivere un testo perché la canzone è molto potente, ma anche molto malinconica e mi ricordava il vissuto di tutto quello che avevo ascoltato partecipando alle ricerche. Ho cercato di raccogliere le voci delle buscadoras durante il momento del pranzo collettivo, o quando si cerca nel terreno con la varilla, l’asta di metallo che entra nella terra. In tutti questi momenti le buscadoras condividevano frasi sui loro sogni. Sognano per esempio il familiare scomparso che le da degli indizi, o ringrazia perchè lo stanno cercando, o gli dice che è ancora vivo, insomma hanno delle premonizioni. Il distillato di tutto questo è venuto fuori in un testo che poi, grazie alle persone del collettivo Buscadoras Guanajuato, abbiamo iniziato a proporre a diversi cantanti e artisti in Messico, fino a che, a giugno 2021, l’artista guatemalteca Rebeca Lane ha deciso di aderire al progetto.

    Rebeca è molto sensibile ai temi sociali e alla sparizione forzata, anche perchè l’ha vissuta in famiglia, ricordiamoci che il Guatemala ha vissuto più di 30 anni di conflitto armato interno, un genocidio, e vive oggi le stesse dinamiche del Messico, con la violenza, la migrazione e il controllo territoriale da parte della criminalità organizzata. La cover è diventata una canzone nuova, con lo stile di Rebeca, con una parte di rap e una parte melodica di funky leggero. Abbiamo lavorato con collaborazioni anche da fuori, dalla Bolivia, dal Guatemala e da Londra, con i famosi Abby Road Studios che hanno offerto un servizio di masterizzazione. La canzone è stata fin da subito adottata nelle manifestazioni, nei picchetti e negli atti simbolici che hanno fatto i vari collettivi dello stato del Guanajuato. L’idea è che possa essere adottata, sentita come propria, nei vari collettivi, che possano utilizzarla come una canzone di movimento, di lotta, un inno.

  • Alta tensione in Cile: estrema destra e Frente Amplio al ballottaggio per la presidenza

    Alta tensione in Cile: estrema destra e Frente Amplio al ballottaggio per la presidenza
    immagine: La Cuarta

    di Susanna De Guio per Valigia Blu

    Il risultato delle elezioni presidenziali in Cile di domenica 21 novembre ha confermato alcune previsioni ma ha anche offerto alcune rilevanti sorprese. La partita resta aperta fino al ballottaggio del prossimo 19 dicembre. In questa prima tornata elettorale, al primo posto si è attestato, con il 27,9% delle preferenze, José Antonio Kast (Partido Republicano, coalizione Frente Social Cristiano), esponente dell’estrema destra, che strizza l’occhio alle figure di Bolsonaro e Trump, coltiva legami con la destra fascista internazionale e si propone come l’erede della cultura pinochetista, autoritaria, che difende la famiglia tradizionale, i valori patriottici e l’ordine sociale. Lo segue, a soli 2,2 punti di distanza con il 25,7%, Gabriel Boric (Frente Amplio, coalizione Apruebo Dignidad), che si è attestato come il candidato della sinistra dopo un’eclatante vittoria alle primarie contro il referente del Partito Comunista Daniel Jadue. Ex dirigente studentesco, tra i fondatori del Frente Amplio e convinto firmatario dell’Accordo per la Pace che ha aperto il processo costituente, Boric è un volto giovane e progressista che si propone di interpretare le istanze emerse dalle piazze cilene negli ultimi due anni. 

    Gli scenari in vista del ballottaggio

    La campagna elettorale degli ultimi mesi è stata dominata dalla polarizzazione politica, che ha visto crescere progressivamente il consenso verso Kast fino a minacciare la solida candidatura di Boric. La differenza percentuale tra i due contendenti è minima, e per capire come si distribuirà il voto al ballottaggio bisogna guardare i risultati degli altri candidati. 

    Un successo sorprendente è stato quello di Franco Parisi, leader del Partido de la Gente, formazione politica di centro destra costituita alla fine del 2019 e legata all’impresa Felices y Forrados, che per anni ha offerto un servizio di consulenza finanziaria ai cittadini cileni per la gestione dei propri fondi pensionistici, che lo Stato utilizza per investimenti finanziari attraverso il sistema AFP, prima di chiudere i battenti lo scorso luglio a causa di una nuova legge che regolamenta le azioni sui mercati finanziari. Parisi si smarca tanto dalla destra quanto dal centro sinistra, bollati come la vecchia politica responsabile dei malgoverni degli ultimi trent’anni. Il suo discorso populista e personalista ha conquistato il 12,9% dei voti e un insospettabile terzo posto dopo i primi due candidati. 

    Va sottolineato che Parisi vive in Alabama, negli Stati Uniti, da dove ha condotto l’intera campagna elettorale a distanza. Oltre a un curriculum di irregolarità in precedenti candidature politiche e una denuncia per molestie sessuali, lo scorso settembre un servizio televisivo ha rivelato che il candidato ha l’obbligo di residenza in Cile dal 2020 a causa di un debito di 207milioni di pesos di alimenti per il mantenimento dei suoi due figli. 

    Nonostante questo quadro a tratti surreale, il suo personaggio politico è stato capace di attrarre maggiori voti rispetto agli storici partiti di destra e centro-sinistra del paese: la coalizione che rappresenta il governo uscente di Piñera, con il volto di Sebastián Sichel, si è fermata al 12,6%, mentre Yasna Provoste ha ottenuto solo l’11,6% come candidata della Democrazia Cristiana e già nota figura politica della ex Concertación, la coalizione che ha governato il paese per 20 anni dal ritorno della democrazia e considerata corresponsabile delle profonde diseguaglianze che hanno fatto esplodere le proteste nell’ottobre 2019.

    Infine hanno corso per la presidenza anche altri due candidati minori: Eduardo Artés, rappresentante di Unión Patriotica, corrente politica legata al MIR e alle idee del socialismo rivoluzionario e Marco Enriquez Ominami, per la quarta volta candidato a presidente con un programma che mescola diritti civili e libero mercato.

    È prevedibile che le forze progressiste faranno quadrato attorno a Boric, ma sarà il voto degli elettori di Parisi al prossimo ballottaggio a rivelarsi un fattore chiave, insieme ai voti di Sichel, per la vittoria di Kast. Si tratta di un panorama elettorale in controtendenza rispetto alle ultime votazioni in Cile, mentre si conferma la bassa affluenza alle urne, ferma al 48,5%, che sarà un’altra variabile nuovamente in gioco nel tesissimo voto di dicembre.

    Le ragioni della polarizzazione politica

    Una delle domande che ha assillato gli analisti politici fino a questa domenica elettorale è stata: perché il consenso nei confronti di Kast ha avuto un’impennata negli ultimi due mesi di campagna, acuendo la polarizzazione politica nel paese? La risposta non è scontata, ma bisogna innanzitutto riconoscere che lo scenario in cui si è giocata questa elezione presidenziale è frutto del terremoto politico avvenuto all’indomani del voto per la Convenzione Costituzionale dello scorso maggio. Se già il dibattito politico attorno al plebiscito costituzionale del 25 ottobre 2020 sbandierava due modelli di paese opposti, con il voto del 15 e 16 maggio di quest’anno l’elettorato ha lasciato un segnale politico chiaro: la destra non ha raggiunto nemmeno un terzo dei seggi nella Convenzione, e anche i partiti politici tradizionali di centro sinistra sono stati fortemente indeboliti a favore di forze sociali che rappresentano le rivendicazioni della rivolta sociale iniziata nel 2019. Le primarie presidenziali, avvenute un mese dopo, hanno mostrato la profonda crisi all’interno delle coalizioni della vecchia politica nazionale; mentre la destra si presentava frammentata con quattro diversi candidati, gli esponenti della Nueva Mayoría (ex Concertación) non sono nemmeno arrivati a proporre candidature per il voto.

    Inoltre, la polarizzazione politica ha radici più profonde nella società cilena e le sue ragioni vanno cercate di nuovo nella rivolta esplosa il 18 ottobre 2019, che ha dato voce e corpo a un malessere fino a quel momento diffuso ma silenzioso, fatto di soprusi e ingiustizie quotidiani sopportati per trent’anni, ovvero da quando la transizione alla democrazia cominciò a mostrare che le regole del modello neoliberale edificato da Pinochet non sarebbero state toccate.

    Allo stesso tempo, queste elezioni hanno mostrato anche i limiti della rivolta iniziata nell’ottobre di ormai due anni fa. Come scrive Pablo Abufom in un suo articolo, il fatto che le due candidature più forti siano quelle di Boric e Kast simbolizza la debolezza di alternative più radicali di trasformazione sociale e forse spiega in parte perché il candidato di sinistra favorito, nonostante abbia ottenuto una percentuale di rilievo, non sia riuscito a sfondare con il voto. 

    Se si osservano le mosse del Frente Amplio all’interno della Convenzione Costituzionale in questi primi mesi di lavoro, si nota l’intenzione chiara di formare un blocco di centro, che ha portato per esempio il gruppo politico di Boric ad approvare i polemici 2/3 di maggioranza come regola per le votazioni della Convenzione, divergendo dal Partito Comunista, sebbene fossero allo stesso tempo alleati nella corsa alle presidenziali con il patto Apruebo Dignidad.

    Gabriel Boric si mostra come un candidato giovane ma responsabile, capace di negoziare per garantire la governabilità, come ha già dimostrato di saper fare firmando l’Accordo per la Pace del 15 novembre 2019 anche senza l’appoggio del suo partito, accordo che la popolazione – in quel periodo massivamente in piazza tutti i giorni – ha interpretato come un tentativo di salvare Piñera dalla destituzione e smobilitare la rivolta con la promessa di un processo costituente cucinato a porte chiuse dai politici, pieno di ostacoli e vizi di fondo.

    Al di là delle valutazioni sulle modalità che hanno aperto la possibilità di riscrivere la Costituzione, la Convenzione che attualmente sta lavorando a questo obiettivo risponde a una rivendicazione tra le più sentite dalla società cilena, che per mesi, nelle piazze di tutto il paese, ha manifestato un’esigenza di trasformazione radicale delle istituzioni politiche e del modello economico sanciti dalla vecchia Costituzione pinochetista del 1980. 

    Se da una parte il risultato del ballottaggio influirà sulle dinamiche interne e sull’agibilità politica della Convenzione, dall’altro lato tra le decisioni che questo ente dovrà prendere c’è anche quella di mantenere o trasformare il sistema presidenziale cileno in un altro sistema di governo, decisione che potrebbe interrompere a metà il mandato emergente da queste elezioni.

    L’accusa costituzionale a Piñera 

    Ad acuire le difficoltà e la posta in gioco, il contesto in cui si muove la politica nazionale attualmente è attraversato da forti tensioni. Uno scossone nella contesa politica presidenziale è stato provocato per esempio dalla pubblicazione dell’inchiesta giornalistica internazionale Pandora Papers, in cui il presidente uscente Sebastian Piñera figura nella compravendita del progetto minerario e portuario Dominga, avvenuta nel paradiso fiscale delle Isole Vergini britanniche nel 2010, durante il suo primo mandato di governo. Il conflitto d’interessi che ha coinvolto Piñera ha inciso negativamente sulla candidatura del suo erede politico Sichel che, insieme alle sue scarse capacità politiche personali, ha contribuito a lasciare il campo spianato per il più spregiudicato e oltranzista Kast.

    In particolare, lo scandalo emerso con i Pandora Papers riguardava la terza e ultima parte del pagamento con cui l’intimo amico Carlos Alberto Delano comprava le azioni di Piñera nel progetto Dominga, e che risultò vincolata a una clausola: che non avvenissero cambi nel piano regolatore capaci di ostacolare l’installazione della miniera e del suo porto, decisione che in quel momento dipendeva direttamente dal governo di cui Piñera era presidente al suo primo mandato. La zona dove è prevista la costruzione della miniera a cielo aperto – progetto approvato lo scorso 11 agosto dopo una polemica valutazione d’impatto ambientale – si trova a pochi chilometri dalla Riserva Nazionale Pinguino di Humboldt, un luogo che lo stesso Piñera aveva definito “un santuario della natura” quando impedì nel 2010 la costruzione della centrale termoelettrica Barrancones, che avrebbe occupato lo stesso territorio destinato alla miniera Dominga.

    Le evidenti implicazioni di Piñera nel destino di questo progetto lo hanno portato a subire un atto di accusa costituzionale, accolto dalla Camera dei deputati lo scorso 9 novembre, dopo una dissertazione di oltre 14 ore del deputato Naranjo per permettere al suo pari Giorgio Jackson di raggiungere il Congresso e raggiungere con il suo voto la maggioranza necessaria. Jakcson era in quarantena preventiva per essere stato in contatto diretto con Boric, risultato positivo al nuovo coronavirus. Nonostante l’epica sessione sia riuscita nell’intento di approvare il provvedimento, il Senato ha respinto l’accusa lo scorso 16 novembre, provocando un dibattito sulla funzione della seconda Camera, che nel 2020 ha già fatto cadere altri tre atti di accusa costituzionale.

    Come se non bastasse, lo stesso Congresso che ha votato l’accusa contro Piñera, ha rifiutato poco dopo l’accesso dei cittadini al quarto ritiro dai propri fondi previsionali AFP, che nell’attuale contesto di inflazione e crisi economica acutizzata dalla pandemia è percepito come uno strumento fondamentale per alleviare le difficoltà di arrivare a fine mese.

    Ancora violenza in territorio mapuche

    Un altro aspetto che permette di comprendere il clima politico in cui si sono svolte le elezioni di domenica riguarda la cosiddetta macro zona sud, dove si trova il territorio ancestrale della popolazione mapuche. Il 12 ottobre, mentre il Congresso preparava l’accusa costituzionale, il presidente Piñera ha dichiarato lo Stato d’Eccezione in quattro province nelle regioni dell’Araucanía e del Bío-Bío, con la solita generica motivazione di “affrontare meglio il terrorismo, il narcotraffico e il crimine organizzato”. La decisione è stata definita dall’opposizione come una risposta ideologica che porta maggiore violenza nel territorio. La presidentessa della Convenzione Costituzionale Elisa Loncón ha criticato la misura evidenziando che servono soluzioni politiche, per “portare avanti processi economici che permettano di superare la povertà che colpisce le comunità.”

    Lo Stato d’Eccezione, che amplia i poteri dei militari della Defensa Nacional in appoggio alle forze di polizia, ha effettivamente generato una grave situazione di violenza istituzionale tre settimane dopo. Il 3 novembre diverse auto e un bus venivano attaccati da raffiche di spari delle forze militari che stavano realizzando un blocco stradale nella zona di Cañete, nella provincia di Arauco, mentre l’armata cilena uccideva il giovane mapuche Yordan Llempi Machacan in una località poco distante. Tra le persone ferite, che sono state portate all’ospedale di Temuco, c’erano un uomo che viaggiava con la moglie e le due figlie, un ragazzo di 17 anni che stava portando sua madre a un controllo medico e una bambina di 9 anni. La sparatoria ha causato una forte indignazione ma allo stesso tempo è servita come giustificazione per estendere lo Stato d’Eccezione fino a dopo la data elettorale.

    Non è casuale che proprio nella regione dell’Araucania, Kast si sia imposto con un 42% che esprime il voto di latifondisti e grandi imprenditori forestali, diretti responsabili dell’usurpazione e della devastazione dei territori delle comunità mapuche.

    La senatrice del popolo

    Infine, un debito non saldato che il prossimo presidente dovrà affrontare riguarda la sistematica violazione dei diritti umani avvenuta durante le proteste cominciate nell’ottobre 2019, la giustizia per le oltre 30 persone assassinate da Carabineros e militari, le oltre 400 persone che hanno subito lesioni oculari e infine la liberazione dei detenuti durante la rivolta e ancora in attesa di giudizio dopo due anni di carcere preventivo. Nonostante non si siano mai fermate le mobilitazioni per chiedere verità, giustizia e la riparazione per le vittime, così come per i prigionieri politici, tra cui molti giovanissimi incriminati senza prove, durante la campagna per le presidenziali nessun candidato ha riconosciuto l’urgenza di queste rivendicazioni e il progetto di legge di indulto generale è rimasto fermo al parlamento. 

  • Pensando al 2023

    Appena finite le elezioni parlamentari in Argentina che hanno visto il governo sconfitto, il presidente Alberto Fernández si è subito messo in moto pensando alle presidenziali del 2023. Ci colleghiamo in diretta con Buenos Aires per parlare con lo storico corrispondente dell’Ansa nella capitale argentina, Maurizio Salvi. Poi ci mettiamo in contatto con il Nicaragua per ascoltare una versione controcorrente delle elezioni che hanno visto come vincitore, ancora una volta, Daniel Ortega. Al telefono ce lo racconta l’attivista Mauro Testa.