Inicio

  • Violencias en Guanajuato: la crisis

    Violencias en Guanajuato: la crisis
    Después de una balacera, México, 2020 (PopLab.Mx)

    De Fabrizio Lorusso desde La Jornada

    Desde hace cuatro años Guanajuato vive una oleada inédita de múltiples violencias. En 2018 y 2019 la entidad se ubicó en el primer lugar nacional por número de homicidios dolosos, siendo León, Celaya, Irapuato y Salamanca las ciudades más afectadas.

    Tras la reducción del robo de combustible en enero del año pasado, los asesinatos siguieron al alza y los grupos criminales reorientaron sus giros hacia la extorsión y los préstamos gota a gota, trata de personas, robo y narcomenudeo.

    La epidemia de violencia homicida se une a la violencia física y simbólica contra los cuerpos, desmembrados y esparcidos por docenas en espacios públicos, para sembrar el terror y paralizar a la sociedad. Los bloqueos incendiarios de carreteras y las matanzas masivas en clubes y anexos se multiplican, pero más lo hace el miedo. Aunque la fiscalía lo niegue, hay más de 100 fosas clandestinas en el estado, según fuentes hemerográficas.

    En Guanajuato los patrones de impunidad se ligan a la omisión institucional y a posibles esquemas de complicidad, especialmente a la luz del repentino crecimiento del cártel Santa Rosa de Lima ( CSRL), grupo criminal con base en la homónima localidad del municipio de Villagrán que, desde 2009, se expandió ordeñando ductos de Pemex.

    Seis años después la banda presumía ser un cártel. Publicó un video en que mostraba su potencia de fuego y estructura de tipo paramilitar para combatir al cártel Jalisco nueva generación (CJNG). Desde entonces los dos bandos protagonizan un conflicto armado y, en tiempos de pandemia, rivalizan en la entrega de despensas con sus logos para ganar apoyo popular, mientras en redes circulan los videos a la ciudadanía de José Yépez El Marro, líder del CSRL, amenazando a rivales, a la fiscalía y a la población. Según David Saucedo, experto en seguridad, incluso surgió un grupo criminal en León, el cártel Nueva Plaza, escisión del CJNG relacionada con el cártel de Sinaloa.

    Esto ocurre bajo el reinado de Carlos Zamarripa, quien lleva 11 años como procurador estatal, hoy fiscal general, y seguirá hasta 2028, constituyendo un poder-sombra transexenal. Junto con Alvar Cabeza de Vaca, secretario de Seguridad Pública desde hace siete años, forman la dupla de funcionarios de seguridad más longevos en el cargo de México.

    En la última década las ciudades del corredor industrial, con su cluster automotriz, la refinería de Salamanca y el hub logístico internacional del Puerto Interior, así como las explotaciones mineras y acuíferas del estado y las joyas turísticas de Guanajuato y San Miguel de Allende, se han convertido en polos atractivos para la inversión e inmigración extranjera, pero también en plazas codiciadas por criminales.

    La región integra una plataforma productiva y exportadora, ofreciendo ventajas competitivas como bajo costo del trabajo, mano de obra flotante de migrantes, jornaleros y desplazados internos, control patronal de los sindicatos, conservadurismo ideológico, y un sistema de bienestar excluyente, lo cual hizo que, pese a un sostenido crecimiento económico, la entidad se volviera la segunda con mayor tasa de desigualdad del país, detrás de Nuevo León.

    El polo industrial demanda enormes recursos naturales y humanos, genera flujos de personas y mercancías, así como riquezas ingentes que son apropiadas selectivamente por las capas sociales más poderosas, las élites político-burocráticas, sectores empresariales, altos directivos y poderes fácticos ilegales.

    La pobreza persistente, cuyas tasas rozan 45 por ciento de la población en la última década, o sea más de 2.5 millones de personas, completa el panorama de la violencia estructural, quizás la menos mencionada pero más arraigada en la entidad.

    También la militarización de la seguridad pública ha sido un probable factor de expansión de la violencia, como en otros estados en el pasado. A la fecha son 11 mil 471 los efectivos de Sedena, Semar y GN presentes en Guanajuato y significan 45 por ciento del total de las fuerzas de seguridad, siendo 3 mil 600 los policías estatales y 10 mil 191 los municipales.

    La entidad se ha vuelto la más peligrosa para ser policía: el año pasado 73 fueron asesinados y este año van 51. Según la ONU, el estado tiene un déficit de 3 mil 777 policías civiles que está siendo llenado por los militares, cuyo envío desde la Federación aumentó a partir de 2016.

    Aunque hay miles de casos, la desaparición de personas irrumpió en la agenda política y mediática hace seis meses, cuando colectivos de familiares como A Tu Encuentro, creado en Irapuato en noviembre pasado, y Justicia y Esperanza, que reúne las familias de 22 migrantes desaparecidos en 2011 rumbo a Estados Unidos, levantaron la voz, logrando detener la aprobación de la Ley de Búsqueda local y sentar a dialogar al gobernador Diego Sinhue y al fiscal general.

    Simulación, ocultamiento de cifras, detenciones arbitrarias, apoyos selectivos y escasa coordinación han caracterizado la relación de las autoridades con las víctimas, otro aspecto de la violencia institucional que, pese a la asimetría de poder, despierta respuestas organizadas y nuevas formas de exigencia y resistencia en Guanajuato.

  • Le brigate: narrativa, distopia pandemica e stato d’eccezione

    Le brigate: narrativa, distopia pandemica e stato d’eccezione
    Dettaglio della copertina del libro Las brigadas, versione in spagnolo, Buenos Aires (ed. Club Hem)

    Recensione al romanzo dell’autore argentino Ariel Luppino, Le brigate. Traduzione di Francesco verde, Ed. Arcoiris, Salerno, pp. 168, € 13


    Di Raul Schenardi da CarmillaOnLine

    Fiaccato dalle massicce dosi di paranoia iniettate quotidianamente per mesi dalle tv e dai giornaloni di regime, e piuttosto depresso dalla visione del gregge che si ostina a girare per strada con la mascherina (leggi: museruola) incurante del fatto che noi abbiamo bisogno di respirare ossigeno, e non anidride carbonica, ho deciso di dare un’occhiata a quello che succedeva nella vecchia Europa. Insieme a qualche notizia confortante di manifestazioni in vari paesi contro il lockdown (leggi: arresti domiciliari), ho scoperto che in Francia, dove Macron si frega le mani soddisfatto per essersi tolto dai piedi i gilet gialli, è partita un’iniziativa inquietante: è nata una task force di “investigatori sanitari” che impegnerà almeno 30.000 membri per scovare i “positivi” al Covid19, tracciare e avvertire i loro contatti e organizzare misure di segregazione. Altro che app più o meno volontarie: 700.000 test a settimana, e quando qualcuno sarà trovato “positivo”, a tutti i suoi contatti verrà chiesto di “isolarsi da soli”, in casa o “negli hotel requisiti a questo scopo”. Ma è stato il nome scelto per questa task force a far scattare nella mia testa un campanello d’allarme e una rapida associazione mentale: “brigate”. 

    Le brigate, infatti, è il titolo di un romanzo dello scrittore argentino Ariel Luppino (classe 1985), pubblicato dalla casa editrice Arcoiris nella collana Gli eccentrici (traduzione di Francesco Verde e postfazione di Federica Arnoldi), che avevo letto di recente nell’originale e che ha suscitato il mio entusiasmo.

    Fin dalla prima pagina siamo immersi in un universo distopico e in una atmosfera a dir poco infernale: una misteriosa epidemia che si presume trasmessa dai topi e i cui sintomi sono strane macchie sulla pelle e disturbi del linguaggio – do you remember William Borroughs? “Il virus è il linguaggio” –, ha trasformato la città di Buenos Aires in una sorta di lazzaretto. Il sipario di questo vero e proprio teatro della crudeltà si apre in un Centro di Detenzione dove i reclusi sono costretti a “pelare topi” e vengono vessati da una figura archetipica, il Milite, uno psicopatico che si diverte a torturare senza motivo e a stuprare chiunque gli arrivi a tiro. Il suo motto: “Il lavoro rende liberi”. I prigionieri, costretti a girare in pigiama, hanno i capelli rasati a zero: “Tutti uguali, tutti la stessa merda: detenuti”, e ogni tanto qualcuno viene usato come cavia per qualche esperimento “scientifico”. “Il giuramento d’Ippocrate non valeva in quel merdaio. Potevano fare di noi ciò che volevano.”

    I vecchi devono nutrire i topi, i giovani devono raccoglierne le palline di sterco (“i più curiosi dicevano che a mangiarle non facevano male, che avevano un buon sapore”), e intorno ai topi si sviluppa una fiorente economia: con le loro pelli si fabbricano stivali, e c’è chi se li mangia vivi o ne beve il sangue, incurante dell’epidemia, mentre la città è percorsa da orde di cacciatori, poliziotti corrotti, spacciatori e alienati.

    La voce narrante è un detenuto qualsiasi, nei confronti del quale però il Milite, che “continuava ad atteggiarsi a peronista”, mostra una certa simpatia, tanto da affidargli incarichi meno obbrobriosi degli altri: “Il mio compito, spiegò, sarebbe stato quello di accendere il fuoco [per preparare il mate], ma pareva meno pesante che rispondere al telefono in un call center”. Nella seconda parte del romanzo l’io narrante, che legge il Mein Kampf come se fosse la Bibbia o l’I-ching, rivelerà di essere un aspirante scrittore impegnato nella stesura di un romanzo “che nessuno avrebbe mai voluto pubblicare”, oltre che un allucinato convinto di essere stato contattato dagli alieni, che gli infondono il loro sapere straordinario… eiaculandogli dentro.

    È anche innamorato – “… lei, che dava un senso al non-mondo”, sempre che si possa parlare d’amore in questo girone infernale – di una donna di cui si fida assai poco e che lo trascinerà in situazioni scabrose ed estreme. L’unica traccia di umanità, di dignità umana, trapela dal comportamento della moglie di un carrettiere, che si suicida dopo aver cantato una canzone tristissima in guaranì, perché il Milite, invaghitosi di lei, le ha ucciso il marito. Tutti gli altri personaggi, che fanno capolino in una sequenza di scene in cui la violenza diventa sempre più parossistica, sono abominevoli: così l’Industriale con la moglie, che visitano il Centro di Detenzione per ottenere un fegato sano da trapiantare al figlio, o decisamente parodistici, come il concorrente di un programma televisivo che finge da dieci anni di vivere in stato vegetativo: “Otto infermieri, quattro sceneggiatori e un direttore di produzione lavoravano per rendere la storia credibile”.

    Assistiamo persino a uno spettacolo teatrale allestito per i detenuti che mette in scena la loro stessa grottesca situazione (do you remember Shakespeare, il Sogno d’una notte di mezza estate?).

    Il Milite sogna di scatenare una seconda guerra per riprendersi le Falkland/Malvinas (“Là, in quelle isole di merda, me ne stavo in fondo a una trincea, a pisciarmi addosso per cercare di scaldarmi”) e vuole estorcere, con i consueti sistemi brutali, il denaro all’Industriale e l’appoggio tecnologico di uno “scienziato”. All’obiezione secondo cui: “Non basta un conflitto diplomatico per scatenare una guerra”, risponde: “Dipende. Per questo ci sono i media, no?”.

    Nel frattempo, “l’ossessione sanitaria cresceva di giorno in giorno e io non ne ero immune”: vi ricorda qualcosa? Bastano poche citazioni per evidenziare le qualità “profetiche” dell’autore, che ha pubblicato in Argentina il suo romanzo nel 2017: “La gente però circolava con le mascherine, e il ricorso alla fecondazione in vitro, per evitare che l’ovulo potesse essere fecondato da un ignaro portatore sano, andava aumentando”.

    Le brigate è un romanzo denso, stratificato: en passant Luppino nomina alcuni autori che configurano una stirpe a cui appartiene a pieno titolo: “… cominciai a leggerle dei racconti. Onetti, Fogwill, Laiseca. Niente Saer!”. In un altro punto fa capolino anche Jorge Barón Biza, autore del magnifico Il deserto, mentre non viene fatto il nome di Osvaldo Lamborghini, che pure è assai presente, sia per la violenza del linguaggio – da apprezzare il lavoro improbo del traduttore – sia per le numerose scene a sfondo sessuale. Le metafore sono scarse e scarne: “Mise le mani come se stesse strangolando un suricato”; “non poté frenare l’impulso di andare controcorrente, come un salmone kamikaze”; del resto, se la strada dell’inferno è lastricata di metafore, qui siamo già arrivati a destinazione e non ne abbiamo bisogno.

    In Argentina il romanzo è stato accolto con grande favore dalla critica. Ricardo Strafacce ha sottolineato che, facendosi carico della storia del genocidio militare argentino, il modo di narrare di Luppino “ce lo fa vedere meglio di qualsiasi descrizione realista di quel passato”. Agustín Conde De Boeck, che ha scritto la recensione più acuta ed esaustiva, dice che Le brigate “fa sembrare Meridiano di sangue di McCarthy una semplice puntata di Bonanza”. César Aira ha dichiarato di approvare senza riserve il romanzo. E secondo la scrittrice Gabriela Cabezón Cámara, con Le brigate “la letteratura argentina ha raggiunto uno dei suoi nuovi vertici, fra i migliori”. Un libro necessario, che serve a ricordarci che non viviamo affatto nel migliore dei mondi possibili.

  • Latinoamericando: com’è morto Mario Paciolla?

    Latinoamericando: com’è morto Mario Paciolla?

    Nel suo programma radio Latinoamericando, il giornalista Gustavo Claros indaga la morte del cooperante italiano in Colombia con un’intervista al politologo Dario Ghilarducci da Bogotá


    È di giovedì scorso la notizia della morte di Mario Paciolla, collaboratore dell’ONU che stava lavorando nella regione di Caquetá, nel sud colombiano. Proprio il giorno in cui è uscita la puntata settimanale di Latinoamericando su Radio Cooperativa Padova, dove Gustavo Claros ricostruisce insieme al politologo Dario Ghilarducci il contesto di corruzione e narcotraffico in cui il ragazzo è stato trovato impiccato, come a indicare un suicidio, versione accolta dalla polizia colombiana e fortemente contestata dai famigliari e amici di Mario. L’intervista mette poi in luce gli scandali che coinvolgono le forze di polizia e il governo colombiano durante questi mesi di pandemia, dal prezzo gonfiato dei respiratori artificiali fino al processo a Duque legato alla “ñeñepolitica”, per collusione con il narcotraffico.

  • Cadáver Exquisito: un cortometraggio per ricordare la rivolta cilena

    Cadáver Exquisito: un cortometraggio per ricordare la rivolta cilena

    Di Alessandra Cristina, Assamblea Autoconvocada Barrio Yungay e Yungay_Te_Ve

    Il 18 ottobre 2019 in Cile è scoppiata una rivolta sociale che ha generato un cambiamento profondo nella popolazione. Tutto è nato dal coraggio degli studenti e delle studentesse delle scuole superiori, che davanti all’aumento del prezzo della metro di Santiago, hanno deciso di saltare i tornelli in segno di protesta. Quel giorno, quel che sembrava una semplice rivolta studentesca, ha chiamato molti cittadini e cittadine a riversarsi per le strada di tutto il paese. Non c’era in gioco solo l’aumento del prezzo dei trasporti pubblici, è stata la risposta ad anni e anni di privatizzazioni, miseria e violenza, in un Paese dove attualmente vige una costituzione scritta negli anni di una delle dittature piú crudeli del continente.

    A nove mesi dall’inzio delle proteste, in un Cile in cui il Covid ha esacerbato i difetti del modello neoliberalista, il popolo cileno continua ad organizzarsi per poter scrivere una nuova costituzione, attraverso un plebiscito che si terrà il prossimo 25 ottobre. Per ricordare quella data, proponiamo il cortometraggio Cadáver Exquisito realizzato dalla commissione audiovisiva dell’ Assemblea Autoconvocata del Quartiere Yungay di Santiago, una delle tante assemblee territoriali nate dalla rivolta per rispondere alla volontà comune di creare nuove forme di organizzazione. L’ assemblea è nata in modo spontaneo e si basa sull’autogestione, l’orizzontalità e la condivisione dei saperi. Cadáver Exquisito è un’opera realizzata con le registrazioni e le testimonianze dei vicini e delle vicine del quartiere Yungay, raccolte tra il 18 ottobre e il 18 novembre 2019, ed é il risultato di un montaggio collettivo e partecipato.

    Per saperne di più:

    Yungay_Te_Ve – Facebook

    Yungay_Te_Ve – Instagram

  • Disobbedienza, grazie a te sopravvivrò

    Disobbedienza, grazie a te sopravvivrò
    María Galindo. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

    María Galindo scrive sempre cose che ti provocano. Anche quando sei d’accordo. O pensi che abbia torto. Cose che ti costringono a riflettere. Sul patriarcato e l’identità di genere. Sulla razza. Il colonialismo. Sulle relazioni di potere che sottendono. Oggi. Nel XXI secolo. Scrive in modo fiero e viscerale in una società visceralmente e fieramente razzista e patriarcale. La Bolivia. Da secoli violentata dal colonialismo interno e globale. Scrive cose scomode che spesso deve pagare in prima persona. Come l’articolo Sedición en la Universidad Católica sul colpo di Stato dell’anno passato per impedire la rielezione di Evo Morales. Un articolo che è stato censurato dal diario Página Siete, su cui da più di dieci anni, ogni mercoledì, curava una rubrica fra le più lette del giornale e nel Paese. Paradossalmente, forse. Perché è da lì che denunciava gli abusi e le falsità del “governo dei movimenti sociali” e di chi, nonostante l’estrazione plebea, la militanza sindacale e l’origine indigena, ancora oggi definisce senza mezzi termini un caudillo. 

    María Galindo è psicologa, pubblicista e anarco-femminista. Scrive in modo schietto. Senza fronzoli o peli sulla lingua. Violando i codici linguistici e culturali di un continente che ha introiettato l’arte del ventriloquio e il barocchismo esasperato della parola e delle forme come strategia di adattamento, mimesi, estetica e persino resistenza alla violenza sorda del razzismo e del patriarcato coloniale. La cofondatrice del collettivo Mujeres Creando è una vera disobbediente. La sua voce fuori dal coro è preziosa per l’America latina. Bisogna farla conoscere. Sostenere e proteggere. Perché come diceva Leonardo Sciascia a proposito della sua complicità con Pier Paolo Pasolini, María Galindo ha un coraggio e una capacità di provocazione straordinaria. Con María Galindo si è d’accordo anche quando ha torto. 

    Nell’articolo che presentiamo oggi, pubblicato originalmente su Radio Deseo un paio di mesi fa, ci provoca sulla maniera in cui il Coronavirus sta sconvolgendo le nostre vite. Su come i governi lo stanno utilizzando per addomesticarci e terrorizzarci più di quanto già non fossimo. Su come ci renda proni all’invasione delle nuove tecnologie digitali e al predominio della vita virtuale. Su come possa trasformarsi, pericolosamente, in uno strumento di classificazione sociale e dei corpi. Ed è qui che María Galindo ci provoca doppiamente raccontandoci quello che succede quando il virus valica il confine e arriva in paesi come la Bolivia. Con le esiliate del neoliberismo europeo per continuare a riprodurre un ordine coloniale del mondo che ci ha resi degli idioti che possono solo ripetere e copiare. Un ordine ipocrita e fasullo, naturalmente, al quale non si dovrebbe far altro che disobbedire [Daniele Benzi].   

    Disobbedienza, grazie a te sopravvivrò

    di María Galindo da Apocaelipsis

    Cofondatrice del movimento boliviano anarco-femminista Mujeres Creando

    (Testo pubblicato originariamente su Radio Deseo e ceduto da María Galindo a #Apocaelipsis)

    Traduzione di Alice Fanti e Manuela Loi

    Uno scorcio di La Paz. Foto: Giorgia Sessa

    Ho il Coronavirus perché, anche se la malattia non sembra aver ancora invaso il mio corpo, ce l’hanno persone che amo; perché il Coronavirus sta attraversando città in cui sono passata nelle ultime settimane; perché il Coronavirus, con uno schiocco di dita, come un miracolo, una catastrofe o una tragedia irrisolvibile, ha cambiato tutto quanto. Ovunque tu vada lui c’è, dovunque tu arrivi lui è arrivato prima e oggi non si può pensare a niente senza che ci sia di mezzo il Coronavirus. Sembra che non sia solo io ad avere il Coronavirus, ma sembra che lo abbiamo tutte, tutt*, tutti; tutte le istituzioni, tutti i paesi, tutti i quartieri e tutte le attività.

    Ciò che appare chiaro è che il Coronavirus, più che una malattia, sembra essere una forma di dittatura mondiale multigoverno, militare e di polizia.

    Il Coronavirus è la paura del contagio.

    Il Coronavirus è un ordine di confinamento, per quanto assurdo sia.

    Il Coronavirus è un ordine di distanziamento, per quanto impossibile sia.

    Il Coronavirus è una concessione di annullamento di tutte le libertà che si applica, in nome della sicurezza, senza diritto di replica né di discussione.

    Il Coronavirus è un codice che definisce le cosiddette attività essenziali, un codice secondo il quale l’unica cosa permessa è andare a lavorare o fare il telelavoro come segnale del fatto che siamo viv*.

    Il Coronavirus è uno strumento, a quanto pare efficace, per cancellare, minimizzare, nascondere o mettere da parte altri problemi sociali e politici che stavamo mettendo a fuoco. All’improvviso e come per magia, spariscono tutti sotto il tappeto o dietro l’elefante.

    Il Coronavirus è l’eliminazione dello spazio sociale più vitale, democratico e importante delle nostre vite: le strade, quell’esterno che virtualmente non dobbiamo attraversare e che in molti casi era l’unico spazio che ci rimaneva.

    Il Coronavirus è il dominio della vita virtuale, devi essere collegata a una rete per comunicare e per sentirti parte della società.

    Il Coronavirus è la militarizzazione della vita sociale.

    È la cosa più simile a una dittatura, dove l’informazione, se non in porzioni calcolate per generare paura, è assente.

    Il Coronavirus, nel momento in cui ci dicono che la cosa più pericolosa è riunirci e incontrarci, è un’arma, apparentemente legittima, di distruzione e divieto della protesta sociale.

    Il Coronavirus è il ritorno del concetto di frontiera nella sua forma più assurda: ci dicono che chiudere una frontiera è una misura di sicurezza, quando il Coronavirus è dentro e quella chiusura non impedisce l’ingresso di un virus microscopico e invisibile, ma blocca e classifica i corpi che potranno entrare o uscire da quelle frontiere.

    Lo spazio Schengen, quello da cui il Coronavirus è partito per diffondersi in questa parte di mondo in cui io vivo, ha chiuso i suoi confini alla circolazione dei corpi che arrivano da fuori questo spazio e ha realizzato, finalmente, il sogno fascista per il quale gli/le altri/e sono il pericolo.

    Il Coronavirus potrebbe essere l’Olocausto del XXI secolo, in grado di perpetrare un massiccio sterminio di persone che moriranno e stanno morendo poiché i loro corpi non resistono alla malattia e i sistemi sanitari li/le hanno classificati/e, secondo una logica darwiniana, come inutili e, per questa ragione, devono morire.

    Per salvare le loro economie coloniali, saltano fuori milioni di euro per pagare affitti, fatture di servizi, stipendi quando, fino a poco prima, a queste masse proletarizzate si tagliava persino il cielo, dicendo loro che non c’erano soldi per ripagare il debito pubblico. Ora che queste masse sono state spaventate a morte, obbedienti e recluse, le premiano con la dolce consolazione di pagare i loro conti, solo dopo che sono stati ripagati quelli che realmente importano, ossia quelli delle corporazioni e degli Stati.

    “Socialisti” come quelli che governano la Spagna parlano di una guerra che vinceremo tutti insieme. Amano questa parola, credono serva per fare squadra e per rendere la malattia il presunto nemico ideale che ci unisce. Niente di più fascista che dichiarare una guerra contro la società e contro la democrazia approfittando della paura di una malattia. Niente di più fascista che rendere le case delle persone la loro prigione. Niente di più neoliberale che proclamare il “si salvi chi può” come strategia difensiva.

    E cosa succede quando il Coronavirus valica il confine e arriva in paesi come la Bolivia?

    Iniziamo dicendo che qui il Coronavirus era già atteso con trepidazione dalla dengue, che nel tropico uccide, senza titoli sui giornali, le persone malnutrite, i/le bambini/e e chi vive in zone suburbane malsane. La dengue e il Coronavirus si sono incontrati al cospetto di tubercolosi e cancro che, in questa parte del mondo, sono condanne a morte.

    Gli ospedali, costruiti per lo più all’inizio del XX secolo con il boom dello stagno e in seguito modernizzati negli anni ’70 del secolo passato durante l’auge dello “sviluppismo”, sono baracconi collassati da tempo e in cui il malcostume è sempre stato quello di curare la gente in base a quanto denaro aveva per pagare le medicine, tutte importate e inaccessibili.

    Arriva il Coronavirus e arriva in aereo, non con i turisti, ma con la nostra gente esiliata da quel neoliberismo che ha creato ponti affettivi che fanno sì che si vadano a trovare estranei chiamati figli, fratelli o genitori.

    Arrivano con regali e con corpi infetti. Tuttavia la malattia non arriva solo coi loro corpi, ma anche in prima classe. Arriva perché deve arrivare, molto semplicemente. Sembra incredibile doversi appellare al buon senso e dire che le frontiere non si possono chiudere, così come non si può mettere un tetto al sole, pareti alle montagne o porte alla foresta.

    È arrivato da mille vie, ma è stato il corpo di una delle nostre esiliate dal neoliberismo ad essere stigmatizzato e maltrattato come “untore”, nonostante lei e noi siamo stati e siamo quelli che mantengono questo paese. Le famiglie dei malati, in preda al panico, si oppongono al suo ricovero, perché ancor prima che in un corpo, il coronavirus è arrivato sotto forma di psicosi collettiva, di istruzioni per la classificazione, di istruzioni per il distanziamento.

    L’ordine coloniale del mondo ci ha resi degli idioti che possono solo ripetere e copiare.

    Private e privati della facoltà di pensare, nel caso boliviano la Presidentessa ha deciso di copiare pezzi del discorso e delle soluzioni adottate dal Presidente spagnolo e, leggendo da un monitor, lancia un pacchetto di misure come se fosse seduta a Madrid e non a La Paz. Parla di guerra da vincere insieme, degli imprenditori con cui tratterà e lancia una raffica di divieti e il coprifuoco.

    L’unica cosa diversa nel suo discorso è stato il riferimento alla Cooperazione Internazionale, il noto accattonaggio in cui sguazziamo affinché ci donino gli avanzi delle loro mascherine e delle loro idee.

    L’unica cosa diversa nel suo discorso è che qui non ci sono eccedenze, né migliaia né tantomeno milioni di euro con cui pagare alcun conto. Qui la sentenza di morte era scritta prima che il Coronavirus arrivasse con un aereo turistico.

    Mentre attendo un’epifania che ci chiarisca che cosa dobbiamo fare e che sono certa arriverà attraverso il corpo debole e febbricitante che ce la rivelerà, mentre mi dedico con le mie sorelle a disobbedire al divieto di fabbricare gel fatto in casa e lo produciamo per venderlo, dato che dobbiamo anche sopravvivere, mentre sfoglio i miei libri di medicina tradizionale per produrre un unguento antivirale per l’apparato respiratorio, come quelli che realizzavamo quando Mujeres Creando era una farmacia popolare in una zona periferica della città, penso all’assurdità.

    Dal momento che c’è il coprifuoco, è vietato sopravvivere a tutti/e quelli/e che lavorano di notte?

    La società boliviana è una società proletarizzata, senza salari, senza posti di lavoro, senza industria, dove la grande massa sopravvive in strada in un tessuto sociale gigante e disobbediente. Non una delle misure copiate si adatta alle nostre reali condizioni di vita, non solo per i debiti, ma anche per la vita stessa. Tutte e ognuna di quelle misure copiate da economie che non hanno niente a che vedere con la nostra non ci proteggono dal contagio, ma cercano di privarci delle forme di sussistenza che sono la vita stessa.

    La nostra unica vera alternativa è ripensare il contagio.

    Coltivare il contagio, esporci al contagio e disobbedire per sopravvivere.

    Non si tratta di un gesto suicida, si tratta di buonsenso.

    Ma forse in questo senso comune c’è tutto il senso più potente che possiamo sviluppare.

    Cosa succede se decidiamo di preparare i nostri corpi al contagio?

    Cosa succede se partiamo dal presupposto che ci contageremo sicuramente e rielaboriamo, alla luce di questa certezza, le nostre paure?

    Cosa succede se di fronte all’assurda, autoritaria e idiota risposta statale al Coronavirus gettiamo le basi per l’autogestione sociale della malattia, della debolezza, del dolore, del pensiero e della speranza?

    Cosa succede se ci prendiamo gioco della chiusura delle frontiere?

    Cosa succede se ci organizziamo socialmente?

    Cosa succede se ci prepariamo a baciare i morti e a curare le vive e i vivi all’infuori dei divieti, dato che l’unica cosa che stanno producendo è il controllo del nostro spazio e delle nostre vite?

    Cosa succede se passiamo dall’approvvigionamento individuale ai pranzi collettivi[1], contagiosi e festosi, come abbiamo fatto tante volte?

    Diranno ancora una volta che sono matta e che la cosa migliore è obbedire all’isolamento, alla reclusione, al non contatto e alla non contestazione delle misure, mentre la cosa più probabile è che tu, il tuo amante, la tua amica, la tua vicina o tua madre vi contagerete.

    Diranno ancora una volta che sono matta, mentre sappiamo che in questa società non ci sono mai stati i letti di cui abbiamo bisogno e che se ci presentiamo in ospedale moriremo lì, sulla porta, pregando.

    Sappiamo che la gestione della malattia sarà soprattutto domestica, prepariamoci socialmente a questo.

    Cosa succede se decidiamo di disobbedire per sopravvivere?

    Abbiamo bisogno di mangiare in attesa della malattia e di cambiare dieta per resistervi.

    Abbiamo bisogno dei/delle nostri/e kolliris (medici tradizionali, NdT) e di creare con loro rimedi non farmaceutici, sperimentare con i nostri corpi e testare ciò che ci fa stare meglio.

    Abbiamo bisogno di foglie di coca per resistere alla fame, di farina di cañahua[2] e di amaranto, di zuppa di quinoa. Tutto ciò che ci hanno insegnato a disprezzare.

    Che la morte non ci colga raggomitolati per la paura mentre obbediamo a ordini idioti, che ci colga mentre ci baciamo, mentre facciamo l’amore e non la guerra.

    Che ci colga mentre cantiamo e ci abbracciamo, perché il contagio è imminente.

    Perché il contagio è come respirare.

    Non poter respirare è ciò a cui ci condanna il Coronavirus, più che per la malattia in sé per la reclusione, il divieto e l’obbedienza.

    Mi viene in mente Nosferatu quando, in una scena indimenticabile, con la morte imminente e la peste, incarnata da topi, che ha invaso tutto il villaggio, tutti/e si siedono a un grande tavolo nella piazza e condividono un banchetto collettivo di resistenza. Che ci trovi così, il Coronavirus: pronte per il contagio.


    [1] Qui l’autrice, nella versione originale dell’articolo, usa il termine “olla común”, letteralmente pentola comune, con il quale si fa riferimento a un tipo di iniziativa di partecipazione comunitaria tra vicini e compaesani che cercano di risolvere il problema dell’alimentazione di base. È un’esperienza, nata in Cile, simile a quella delle mense popolari, ma con un carattere maggiormente autogestito e autonomo [NdT].

    [2] Un cereale andino simile alla quinoa, ma meno conosciuto [NdT].

     

  • Massacro nel sud del Messico: si avvicina il corridoio transoceanico

    Massacro nel sud del Messico: si avvicina il corridoio transoceanico
    Immagine della campagna l’Istmo è Nostro

    Uccise 15 persone a Oaxaca, l’estrattivismo e le grandi opere non si fermano durante la pandemia e generano violenza nelle comunità indigene.


    Di Gianpaolo Contestabile e Susanna De Guio

    Lo scorso 21 giugno 15 persone della comunità di San Mateo del Mar, nello Stato di Oaxaca (Messico), sono state uccise a colpi di arma da fuoco, pietre e machete. Un crimine atroce che ha colpito una comunità di 15mila abitanti appartenenti al popolo Ikoot, una popolazione millenaria di pescatori e ricamatrici, che parla la lingua originaria huave e dove la vita sociale si organizza attorno alla propria cosmovisione e a una forma di governo autonomo che si esprime attraverso l’assemblea e il lavoro comunitario. Le vittime erano dirette proprio verso un’assemblea, nella vicina Huazantlán, dove si sarebbe discusso il problema delle barriere anti-Covid imposte in modo arbitrario e discriminatorio dal sindaco Bernardino Ponce Hijonosa, un imprenditore edile eletto al di fuori degli ‘usi e costumi’ Ikoot e per cui non riconosciuto dalla comunità.

    Il presidente Obrador ha minimizzato l’accaduto parlando di “violenza tra comunità” cercando così di contestualizzare il massacro all’interno delle tensioni post-elettorali che in alcuni casi si creano nei territori indigeni. Una leggerezza che ricorda le parole di un suo predecessore, l’ex presidente Zedillo, che in seguito alla strage di Acteal (Chiapas) del 1997, in cui un gruppo di paramilitari uccise 45 persone di etnia Tzotzil del gruppo Las Abejas, descrisse l’accaduto parlando di un conflitto inter-etnico. Le indagini successive fecero invece luce sul ruolo dell’esercito messicano nell’orchestrare l’attacco armato e destabilizzare la regione.

    Anche in questo caso le cause della mattanza sembrano andare ben oltre le spiegazioni semplicistiche e discriminatorie implicitamente riferite a una sorta di “normalità violenta” che le autorità statali attribuiscono ai popoli originari del Messico meridionale. Gli attivisti della regione denunciano che quanto successo sia stato invece il frutto di conflitti con gruppi di interesse esterni alla comunità e che hanno una storia ben più lunga e complessa.

    Per capire l’importanza strategica di San Mateo del Mar occorre partire dalla sua ubicazione geografica. San Mateo è un municipio dello stato di Oaxaca, uno degli stati più poveri del Messico e anche quello dove vive la popolazione indigena più amplia del Paese e che registra una storia di resistenza e organizzazione autonoma molto combattiva. Inoltre il municipio di San Mateo del Mar si trova nell’istmo di Tehuantepec che a sua volta occupa una posizione cruciale nella geopolitica del continente. Trovandosi nel punto più stretto del territorio messicano l’istmo è stato individuato fin dal 1500, da Hernán Cortés, come la regione in cui costruire un canale in grado di collegare l’oceano Pacifico con l’Atlantico. La tentazione di creare una rotta del commercio mondiale attraverso l’Istmo ha continuato a caratterizzare i diversi poteri coloniali che hanno influito sullo sviluppo economico messicano nei secoli a seguire. Imprese britanniche, francesi e statunitensi hanno cercato di accaparrarsi il dominio dell’Istmo e i diritti per la costruzione di una tratta ferroviaria che lo collegasse al Golfo del Messico. Nel XIX secolo la Lousiana Tehuantepec di New Orleans prima, e la Pearson and Sons di Londra poi, riuscirono a costruire la tanto ambita tratta ferroviaria trans-oceanica, la quale però cadde presto in disuso a causa dell’instabilità politica del periodo rivoluzionario e della concorrenza del nuovo canale di Panama. Nel frattempo, però, l’impresa britannica che doveva occuparsi della manutenzione della linea ferroviaria scoprì dei giacimenti di petrolio nell’Istmo e diede inizio a una nuova fase di sfruttamento della regione basata sull’industria petrolifera e petrolchimica. A Salina Cruz, città portuale dell’istmo di Tehuantepec, funziona oggi la raffineria più grande del Paese.  

    Negli anni Duemila diversi stati centroamericani e del sud del Messico hanno aderito al Piano Puebla Panama, un accordo politico ed economico per la gestione di grandi opere orientate all’estrazione ed esportazione di materie prime in tutta l’America Centrale. Inutile dire che Tehuantepec venne incluso nelle zone strategiche in cui implementare infrastrutture “inter-oceaniche”. Nel frattempo anche il capitalismo verde ha messo gli occhi su questo territorio che fa parte dell’ecosistema mesoamericano che contiene più del 30% della biodiversità mondiale, dove la fauna e la flora del Sud America e Nord America si incontrano; una terra ricca di acqua, boschi e foreste tropicali e con il sistema di acque lagunari più grande della costa. Anche l’aria dell’istmo è diventata una merce ambita a livello internazionale, infatti Tehuantepec è la terza zona a livello mondiale per potenziale di produzione di energia eolica e la prima a livello nazionale. Negli ultimi anni le multinazionali dell’eolico (tra cui Enel Green Power) hanno fatto a gara per occupare i territori dell’istmo a prezzi stracciati (100 pesos per ettaro l’anno, meno di 5 euro), impiantare le loro turbine eoliche e, come se non bastasse, generare aumenti delle bollette dell’elettricità insostenibili per le popolazioni locali.

    Mappa della zona dell’istmo, (Mario Fuente)

    L’attuale presidente in carica, Andrés Manuel Lopéz Obrador, si è presentato come il promotore della cosiddetta quarta trasformazione, un cambiamento della società che vuole lasciarsi alle spalle la violenza e la corruzione degli ultimi decenni e garantire lo sviluppo delle regioni più povere del paese. Nel sud del Messico, ma non solo, questa missione viene declinata attraverso i mega-progetti: grandi opere che hanno l’obiettivo di urbanizzare le zone rurali del Paese, estrarre materie prime e produrre energie a basso costo e favorire il turismo e il commercio internazionale. Un programma politico che viene presentato come un passo necessario verso il “progresso”, o quello che il Fondo Nazionale di Promozione del Turismo ha definito “etno-sviluppo”, ma che viene osteggiato da diverse organizzazioni politiche che lo interpretano come la continuazione di un progetto coloniale che vuole imporre un modello di sfruttamento capitalista in quelle regioni dove le comunità indigene e contadine resistono da secoli agli interessi dello Stato e delle imprese. Uno dei cavalli di battaglia del neo-presidente è proprio la costruzione del corridoio trans-oceanico e del progetto di sviluppo dell’istmo di Tehuantepec. A questo mega-progetto si collega quello del Tren Maya e decine di altre infrastrutture che vengono denunciate dalle organizzazioni indigene come progetti dannosi per l’ambiente, il tessuto sociale e la sopravvivenza stessa dei popoli originari.

    L’autonomia delle comunità indigene sembra essere la merce di scambio che Obrador ha deciso di sacrificare per portare a termine il suo progetto “progressista”. Insieme alle popolazioni originarie, a fare le spese della “quarta distruzione”, come la chiamano molti attivisti indigeni, è la popolazione migrante diretta verso gli Stati Uniti. Sotto pressione della presidenza Trump, infatti, il Messico ha inasprito i controlli alla frontiera con il Guatemala e si è reso complice di deportazioni dei richiedenti asilo in Centroamerica, trasformandosi così da Paese di transito a nuovo pattugliatore delle frontiere. La cintura urbana che si pensa di costruire proprio grazie al corridoio trans-oceanico, e agli altri mega-progetti, servirà anche a contenere i flussi migratori prima che possano avvicinarsi ai confini statunitensi e allo stesso tempo utilizzare la mano d’opera migrante nella costruzione di queste grandi opere.

    Nonostante una retorica di rottura con il passato, Obrador sta portando avanti il sogno del Capitale internazionale che da sempre vede nel Messico meridionale una tavola apparecchiata per le grandi imprese e le industrie estrattive. Il suo governo sta raggiungendo questo obiettivo grazie all’ampio consenso di cui gode tra la popolazione e all’utilizzo machiavellico delle consultazioni locali. Le consultas sono dei referendum promossi nelle comunità con il fine di legittimare i mega-progetti davanti all’opinione pubblica. Questi eventi elettorali vengono in molti casi boicottati dalle organizzazioni indigene che si rifanno alla legislazione internazionale per sottolinearne la mancanza di legittimità. Secondo l’Organizzazione Internazionale del Lavoro (OIT) infatti, lo Stato messicano è obbligato a rispettare la decisione delle comunità indigene interessate dalla costruzione di nuovi progetti, decisione che deve esprimersi attraverso consultas libere, trasparenti e soprattutto coordinate dalle istituzioni proprie dei popoli originari. Queste condizioni sono pressoché impossibili da rispettare in Messico, dove le comunità indigene sono considerate “entità di interesse pubblico” invece che “soggetti di diritto”, e a maggior ragione nello stato Oaxaca, dove decenni di repressione violenta hanno disintegrato importanti istituzioni comunitarie, come nel caso dell’assemblea comunitaria di Juchitàn, che oggi dovrebbero garantire la legittimità delle consultas.  

    Nonostante il contesto tutt’altro che favorevole, l’assemblea di San Mateo del Mar è riuscita a mantenersi compatta ed evitare che i suoi territori venissero occupati dalle multinazionali dell’energia pulita. La resistenza del popolo Ikoot contro l’installazione di imprese eoliche, nel 2012 e 2013, è diventata un esempio importante per la lotta contro i mega-progetti della regione e allo stesso tempo è entrata nel mirino dei poteri politici ed economici interessati ad alimentare le tensioni interne e indebolire i legami comunitari che regolano la vita nella zona. Nel 2017 l’Istituto Elettorale di Oaxaca ha imposto le elezioni comunali a San Mateo del Mar ignorando l’esistenza dell’assemblea municipale che rappresenta il dispositivo di governo ancestrale. Nel 2019 vince le elezioni municipali l’attuale sindaco, Bernardino Ponce Hijonosa, appoggiato da un altro imprenditore edile, dirigente sindacale e funzionario politico già accusato in passato di violenza nei territori Ikoot, Jorge Leoncio Arroyo Rodríguez. Non sono mancate le accuse di frode elettorale e i tentativi di corruzione per cercare di dividere la comunità che non è riuscita a bloccare le elezioni. I conflitti tra l’assemblea comunitaria e il gruppo di potere rappresentato dal sindaco si sono esacerbati e hanno generato tensioni all’interno della stessa comunità. Ben prima che il massacro di giugno si verificasse la comunità di San Mateo del Mar aveva denunciato casi di violenza al governo federale e ai garanti dei diritti umani senza ricevere risposte dalle istituzioni. Alcuni testimoni raccontano che il giorno in cui si è consumato il feroce attacco la Guardia Nazionale ha abbandonato il luogo della violenza tornando solo in un secondo momento per raccogliere i cadaveri carbonizzati.

    Secondo Mario Quintero, integrante dell’Assemblea dei Popoli Indigeni dell’Istmo Oaxaqueño in Difesa della Terra e del Territorio (APIIDTT), “quel che è successo, squartare e bruciare i corpi, spaccare le teste, sono pratiche che abbiamo già visto nel nord del Paese o in zone dove sono presenti i narcos. Per San Mateo è stato un colpo durissimo perché è un luogo dove non c’era violenza, è un piccolo paesino dove al massimo ci sono litigi tra famiglie. Bisogna inoltre pensare che le comunità nella zona sono abbandonate, lo Stato non arriva nemmeno per garantire i servizi di base. Questo tipo di violenza è stato usato per mettere paura alla comunità, solo così lo Stato e le imprese ci sono riuscite. La paura e i conflitti interni sono un terreno fertile per i mega-progetti e gli interessi esterni. Per noi è preoccupante perché mostra un chiaro piano di destabilizzazione regionale che è cominciato già da anni, la violenza sta crescendo e ci sono molti omicidi soprattutto nelle zone in cui deve passare il corridoio interoceanico”.

    Nel frattempo la crisi del Covid-19 sta esplodendo anche nello stato di Oaxaca, saturando le strutture ospedaliere e aggiungendosi ai danni portati dal sisma dello scorso mese. Proprio la situazione emergenziale sembra essere un’opportunità per spingere sull’acceleratore dei diversi progetti estrattivi, non è un caso che l’estrazione mineraria sia stata inserita nelle attività essenziali che sono state riattivate dal governo messicano. Allo stesso modo nuove consultas sono state promosse nonostante la pandemia così come i procedimenti burocratici riguardanti il Tren Maya non sembrano essersi mai fermati. La crisi sanitaria sta mettendo a dura prova l’economia capitalista globale che ha bisogno di nuovi canali commerciali e di speculazione, come la costruzione del corridoio trans-oceanico, per continuare a espandersi. L’incontro di Obrador con il suo omologo statunitense Trump sembra andare in questa direzione con l’accordo T-MEC che di fatto rinnova il trattato di libero commercio (NAFTA), tra Messico, Stati Uniti e Canada, che 26 anni fa spalancò le frontiere messicane al neoliberismo e ispirò la sollevazione zapatista dei popoli indigeni in Chiapas.

  • Via del Femminismo

    Via del Femminismo

    3


    Nel quinto episodio de “La Via”, il podcast in spagnolo curato dal giornalista argentino Federico Larsen, Silvia Federici e Teresa Maisano raccontano il femminismo italiano, dal fascismo, alle lotte per il riconoscimento del lavoro domestico, dalla legge sull’aborto, al movimento Non una di meno


    Via del femminismo (con Silvia Federici e Teresa Maisano)

    En este episodio hacemos un recorrido por la historia y actualidad del movimiento feminista italiano. Nos acompañan la escritora y referente internacional, Silvia Federici, y Teresa Maisano, integrante de la asamblea Non Una di Meno en Roma. Con ellas intentamos reconstruir las luchas por el reconocimiento del trabajo doméstico, las leyes que el fascismo lanzó para limitar la vida de las mujeres, la legalización del aborto de los 70 y los actuales ejes de disputa agravados por las condiciones de la pandemia.

  • Desaparición y represión en Guanajuato

    Desaparición y represión en Guanajuato
    Protesta del colectivo A Tu Encuentro en Guanajuato, México, 2020 (Germán León, Zona Franca)

    De Fabrizio Lorusso

    Desde La Jornada

    El 9 de julio más de ciento veinte familias del colectivo A Tu Encuentro, buscadoras de personas desaparecidas en Guanajuato, instalaron un plantón fuera del Teatro Juárez de la capital estatal, pidiendo ser atendidas por el gobernador, Diego Sinhue, en rechazo a la elección del titular de la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas, Héctor Díaz Esquerra.

    El 3 de julio el titular del ejecutivo estatal había nombrado a Esquerra, bajo propuesta de la Secretaría de Gobierno, como Comisionado, tras un proceso de selección que, según el Observatorio de Designaciones Públicas, organizaciones y colectivos del país, no cumplió con los estándares de transparencia, rendición de cuentas y participación ciudadana, ameritando ser repuesto (tiny.cc/q5fasz).

    A Tu Encuentro también demanda mesas de trabajo sobre atención a víctimas, búsqueda e investigación con metodología clara; reponer el proceso de selección del comisionado quien, según comunicaron públicamente (tiny.cc/2agasz), tiene perfil administrativo, sin experiencia en búsqueda, y no ha acompañado a colectivos del estado; y una disculpa pública del gobernador por unos casos de hostigamiento a las víctimas y la falta de investigación y mecanismos de reparación y no repetición.

    El viernes 10, unas sesenta personas de A Tu Encuentro marchaban pacíficamente con las lonas de sus seres queridos en la entrada de la ciudad y fueron reprimidas violentamente por integrantes de la policía estatal: tres buscadoras, una activista y un visitador de CNDH fueron detenidas y liberadas en la tarde, y otra quedó herida (tiny.cc/z0gasz).   

    “Condenamos que se criminalice y reprima a madres que buscan a sus hijos/as #Desaparecidos , cuando es precisamente el Estado quien debe brindar las medidas integrales para que exista una respuesta y acceso a la justicia”, comentó la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho en un tweet. Igualmente por twitter Onu-Derechos Humanos reiteró: “Ante los hechos ocurridos en #Guanajuato, la ONU-DH hace un llamado a respetar el derecho a la manifestación e investigar las alegaciones de un posible uso excesivo de la fuerza y de detenciones arbitrarias, y la actuación de la policía”. También CNDH, el Frente por la Libertad de Expresión y la Protesta Social y decenas de organizaciones han condenado lo sucedido.

    Históricamente las autoridades de Guanajuato han subestimado la gravedad de las desapariciones en la entidad, pese a que hay entre mil y dos mil personas cuyo paradero se desconoce. Asimismo, la Fiscalía ha negado la presencia de fosas clandestinas, aunque investigaciones hemerográficas confirman la presencia de al menos ciento cinco sitios de este tipo. La tendencia ha sido la criminalización de las víctimas y el ninguneo institucional hacia las familias en búsqueda de las y los desaparecidos. Se sigue un guion que, lamentablemente, se repite en todo el país.

    Mientras los empresarios guanajuatenses difundían un comunicado de corte paternaldiazordacista, apelando a la paz, al orden y al Estado de derecho (sic), SEGOB-Gto en respuesta al plantón y a la marcha ya anunciaba el supuesto cumplimiento de los compromisos generados el 16 de enero por el gobernador en su encuentro con los colectivos: un fondo de 10mdp para la atención de las familias de desaparecidos; difusión de fotografías en el portal de la Secretaría de Gobierno; Ley estatal de Búsqueda de Personas Desaparecidas; reuniones con Fiscalía estatal.

    Suena algo paradójico y hasta irónico hablar de estado de derecho y desenvainar el argumento evergreen del respeto a la libertad de tránsito (tiny.cc/ry4asz), cuando tienes a la policía pegándole y deteniendo a mujeres indefensas, las cuales, además, ya iban a liberar las vías, y encima estás en un estado en donde cada semana grupos criminales paramilitarizados perpetran matanzas masivas de jóvenes, secuestros en calles y anexos, narco-bloqueos e incendios que, esos sí, no son impedidos por las autoridades. Y vaya que impiden el lbre tránsito, además de cualquier forma de vida civil.

    El problema de los acuerdos y promesas mencionados es que no fueron exactamente así como los describe SEGOB Gto (lee aquí) y, además, su cumplimiento es cuestionable.

    El fondo no era puramente “de atención”, sino que debía ser para ayudas urgentes y, sobre todo, la integración de mesas de trabajo, según el modelo de Coahuila o Nuevo León, con tomadores de decisiones de gobierno y fiscalía, colectivos, expertos y familias de personas desaparecidas para que implementaran rápidamente medidas de apoyo económico, legal y psicosocial de manera integral, estructural y participativa, siguiendo una metodología que se envió a SEGOB, sobre la cual no se pudo obtener respuesta satisfactoria. Aunque hubo reuniones de algunos colectivos y representantes con fiscalías, las mesas son más estables, con reglas claras, transparentes y efectivas en la incidencia.

    Si bien ha habido apoyos a cierto número de familias del estado en estos meses, han sido pocos, erráticos y selectivos. El gobierno no ha dado el paso para salir de lo asistencial y lo discrecional y fijar verdaderas políticas públicas, dignas y universales para las víctimas, junto con las familias.

    La promesa de dar difusión a los casos quedó reducida a un micrositio institucional que no integra ninguna base de datos, contiene un centenar de fichas de las más de mil que se podrían elaborar en la entidad, y no se liga a un verdadero plan de comunicación masiva, que sí había sido comprometido en la mencionada reunión. A la fecha la Fiscalía no da a conocer los datos sobre las y los desaparecidos.

    La Ley de Búsqueda fue aprobada por el Congreso, no por el ejecutivo, quien hubiera podido crear, en cambio, ya en enero una Comisión de Búsqueda por decreto con el fin de desahogar los casos más apremiantes. Esta opción fue por los colectivos A tu encuentro, Búscame, Justicia y esperanza, pero fue descartada. Si bien se eliminó la categoría de persona no localizada, lo cual es un avance, el proceso no contempló la participación de las familias de manera satisfactoria. De doce reservas a la Ley, presentadas por colectivos, académicos y organizaciones, ninguna fue aprobada por la mayoría panista del Congreso, quedando fuera mejoras como la definición de “fosa clandestina”, la ampliación de atribuciones de la Comisión y de la Fiscalía Especializada o la creación de un fondo ad hoc para la búsqueda. Negación y represión nunca han hecho bien al diálogo que, en estas horas, tanto es invocado por parte de las autoridades.

  • Christian Alfonso Rodríguez Telumbre – Il ballerino dagli stivaletti bianchi

    Christian Alfonso Rodríguez Telumbre – Il ballerino dagli stivaletti bianchi
    Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, studente di Ayotzinapa
    Immagine dal progetto #IlustradoresConAyotzinapa. Autrice: Haydee Flores

    Con l’autorizzazione della casa editrice Ediciones Proceso riproduciamo in traduzione italiana la storia del giovane Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, scritta dalla giornalista Patricia Sotelo Vilchis. Il testo, fa parte del libro Ayotzinapa. La travesía de las tortugas: un’opera scritta da 43 autrici e autori che hanno narrato la storia di ognuno dei 43 studenti della Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos di Ayotzinapa, desaparecidos per mano di funzionari del governo messicano la notte tra il 26 e il 27 settembre del 2014 a Iguala, nello stato di Guerrero. Il libro racconta anche le storie degli studenti Julio César Ramírez Nava, Daniel Solís Gallardo e Julio César Mondragón, assassinati durante quella tragica notte, e quella di Aldo Gutiérrez Solano, ancora in stato vegetale per il colpo di pistola sparato dalla polizia municipale che lo ferì alla testa. Il libro, la cui prima edizione è stata pubblicata nel 2015, è un progetto del collettivo giornalistico Marchando con letras, nato in seguito alla sparizione dei 43 studenti. Traduzione di Caterina Morbiato e Alessandro Bricco

    Christian Alfonso Rodríguez Telumbre

    Il ballerino dagli stivaletti bianchi

    Patricia Sotelo Vilchis

    Cosa faresti se Christian apparisse?

    A Lucía brillano gli occhi e subito si copre il viso con le sue mani sottili. Senza far caso al peso dell’espressione né all’ironia del suo significato, solo riesce a dire: “Muoio!”

    Lucía Vázquez è la fidanzata che Christian Alfonso Rodríguez Telumbre ancora non conosce, quella che non ha mai visto. Ma lei, senza rendersene conto, ha covato un sentimento simile all’ansia, alla voglia di vederlo, anche se non lo ha mai guardato negli occhi e non ha mai sentito la sua voce.

    I loro destini si sono incrociati nell’assenza di lui dopo il 26 settembre, quando Christian e altri 42 studenti della Normal “Raúl Isidro Burgos” di Ayotzinapa sono stati fatti sparire a Iguala. 

    Scossa dall’indignazione, Lucía (che mi ha chiesto di non usare il suo vero nome) si è unita alle proteste e alle manifestazioni che esigono che i giovani desaparecidos tornino a casi vivi. Durante la carovana con cui i genitori degli studenti hanno percorso il sud del Messico, a due mesi dalla loro scomparsa, ha conosciuto Mayra, una ragazza di carnagione scura, capelli neri, denti disordinati e sguardo schivo che per la sua giovane età —25 anni— stonava tra i genitori in pena.

    Il primo contatto l’hanno avuto nella mensa di una delle scuole Normales dello stato di Morelos. Lucía, di sette anni più piccola, si è seduta vicino a lei e ha scoperto che era la zia di Christian, e che per cercarlo aveva rinunciato al suo lavoro di farmacista a Cuernavaca. 

    Da quel momento Lucía e Mayra hanno saldato un’amicizia che va oltre le manifestazioni. Lucía ha cominciato a frequentarla e a conoscere la famiglia di Christian. Poco a poco, le tre sorelle del ragazzo scomparso e i suoi genitori, Clemente e Luz María, si sono affezionati a lei al punto di considerarla come parte della famiglia. 

    Tra una battuta e l’altra, è nata l’idea che Lucía potrebbe diventare la fidanzata di Christian e, tre mesi dopo la sua sparizione, le sue sorelle hanno iniziato a dirle: “Adesso che torna Christian vediamo se vuoi essere la sua ragazza”.

    —Se lui vuole, allora sì— rispondeva Lucía, che in quel momento la prendeva come se fosse solo un gioco. Fino a che la speranza del suo ritorno ha iniziato ad animare ed emozionare anche lei.

    “Trovati una fidanzata”

    Quando Christian è sparito aveva solo 19 anni. È il secondo figlio della famiglia Rodríguez Telumbre e l’unico maschio. Ha una sorella più grande, Carmen, e due più piccole, Fabiola e Maribel.

    Forse è per il fatto di essere l’unico figlio maschio che ha uno spirito così protettivo. Quando suo padre sgridava le sorelle, lui le difendeva. “Papá stai sbagliando, prima di sgridarle dovresti capire cosa sta succedendo”, ricorda che gli diceva Clemente. 

    Christian è un tipo alto —1 metro e 85— e magro, con occhi neri e capelli mossi pettinati all’indietro. È di carnagione scura come tutta la sua famiglia. 

    Quelli che lo conoscono dicono che è un giovane allegro ma timido, dedicato agli studi, ai balli popolari e alla sua famiglia. Per le fidanzate, dicono, non aveva tempo; anzi, l’idea di sposarsi giovane non era tra i suoi piani. “Su! Trovati una fidanzata così poi mi dai un nipotino”, gli aveva detto suo padre un giorno.

    Prima voleva finire gli studi per aiutare la sua famiglia e migliorare la loro casa, comprare una macchina e portare i genitori e le sorelle in viaggio ad Acapulco per giocare tra le onde del mare. “Erano i suoi sogni, i suoi desideri”, dice Clemente, e il suo sguardo per alcuni istanti si perde. 

    L’angolo di Christian

    La casa della famiglia Rodríguez Telumbre si trova nel quartiere Antonia Nava de Catalán del municipio Barrio de Santiago, nella periferia di Tixtla, stato di Guerrero. Le strade sono asfaltate e tutte le case sono costruite con mattoni e cemento e, anche se hanno elettricità, non tutte sono provviste dei servizi di gas o di acqua corrente.

    In casa di Christian cucinano con la stufa a legna e l’acqua la prendono da una cisterna. Riempiono secchi che usano per lavarsi, pulire i piatti e il bagno. Il tetto è sostenuto da travi di legno da cui pende una sola lampadina. L’odore delle tortillas di mais appena tostate da doña Cristina, la nonna di Christian, inonda l’aria quando vado a visitare la famiglia.

    Nella stanza principale c’è solo un frigorifero, una vecchia televisione su un piccolo mobile e degli scaffali di legno su cui vengono riposti oggetti di ogni tipo. Non ci sono poltrone, nemmeno una sala da pranzo. L’unico tavolino è coperto con una tovaglia bianca di pizzo su cui hanno messo un altare per il figlio desaparecido decorato con fiori, candele, immagini religiose, un dipinto della madonna di Guadalupe e una fotografia ovale di Christian, di quelle che si usano per i diplomi scolastici.

    Il resto dello spazio è occupato da degli sgabelli di plastica impilati uno sull’altro, un paio di sedie, sempre di plastica, con dei vestiti ripiegati sopra e una parete di compensato che divide la stanza dalla camera da letto.

    In un angolo della stanza principale c’è una tenda di tela —pinzata a uno spago con delle mollette— che nasconde il letto di Christian. Sul suo materasso ci sono le sue cose intatte e anche dei vestiti nuovi: quelli che gli hanno comprato durante la sua assenza e quelli che don Clemente ha ricevuto nel suo viaggio negli Stati Uniti “così suo figlio li può indossare quando torna”.

    Il Clark Kent della danza

    Nel salone dedicato ai balli popolari della Casa della Cultura di Tixtla si sente la mancanza del tacco degli stivaletti bianchi di Christian sul pavimento di legno.

    Ballava nel gruppo Xochiquetzal diretto dal professore Alejandro Salinas. I suoi compagni di danza ricordano che arrivava alle prove del martedì e del giovedì pomeriggio mangiando una pannocchia e con la sua sacca beige dalle cinghielunghe portata di traverso sul petto. Dentro ci trasportava gli stivaletti da ballo e nelle tasche dei pantaloni aveva dei dolcetti Ricolino per quando finiva la lezione.

    Per Christian il ballo non è stata solo una passione, ma anche il modo per lottare contro l’insicurezza e la timidezza. Suo padre ricorda che i primi anni di scuola elementare non erano stati facili per il figlio. Lui e i libri non si capivano e in quarta era stato bocciato. Poi alle medie, forse per l’avanzare della pubertà, era diventato più sicuro e loquace. È stato in quel momento che ha iniziato a scoprire la danza popolare che poi ha continuato a praticare fino alle scuole superiori.

    Il professor Salinas, che dirigeva anche il gruppo di danza della Preparatoria 29 Emiliano Zapata —la scuola dove ha studiato Christian—, aveva visto in lui del talento e l’aveva invitato a unirsi al suo gruppo. 

    Lì l’avevano soprannominato Clark per via dei suoi occhiali neri dalla montatura spessa, simili a quelli del giornalista che si trasformava in Superman: Clark Kent.

    —Era molto timido— ricorda Tania Galán, la sua partner di ballo con cui andava al centro di Tixtla a mangiare pannocchie dopo le prove del fine settimana—. Quando gli facevo delle battute su qualche ragazza abbassava lo sguardo e diventava paonazzo.

    Questa ragazza, la cui statura che sfiora il metro e settanta spiega perché fosse diventata la partner ideale di Christian, aspetta il suo ritorno per poter ballare di nuovo insieme. 

    —Siete stati fidanzati?

    —No —risponde con una risatina nervosa la ventenne tixtleña—. I compagni del gruppo di ballo mi avevano detto che piacevo a Christian, ma io pensavo che fosse uno scherzo. Siamo soltanto dei buoni amici.

    Una banconota da 200, un ricordo che vale oro

    Nella sala da ballo non sono solo i suoi compagni ad aspettare Christian. I suoi stivaletti bianchi sono ancora conservati nella sacca beige dalle cinghie lunghe. Sono consumati e ricoperti dalle numerose toppe bianche che Christian ha applicato per mantenerli presentabili. 

    Sono ancora lì, anche se i suoi compagni hanno cercato di restituirli alla famiglia. Sua madre non ha voluto portarli a casa perché spera che il figlio ritorni e vada a riprenderseli, dice Alejandro Salinas.

    —È l’unica cosa che Christian ha lasciato qui?

    Alejandro non risponde subito. Prima, e davanti agli alunni, si alza dalla sedia per tirar fuori il portafogli dai pantaloni ed estrarre un foglio a quadretti che avvolge una banconota da duecento pesos.

    —Guardate, da circa tre anni conservo questa banconota da 200 pesos que mi aveva affidato Christian.

    Nel foglio Christian aveva scritto a mano: “guayabera” e “taglia 36”. Sotto, in inchiostro nero, aveva annotato il suo nome completo: “Christian Alfonso Rodríguez Telumbre”. E più in basso si legge questo calcolo matematico: “$400 – 200 = 200”. Duecento pesos è quello che gli mancava per poter comprare la guayabera

    —Questa banconota la conservo qui —dice Alejandro—. Ho pensato: la do a sua madre? Meglio di no perché sennò poi la spende. Anche io me la posso spendere e invece no, la conservo ripiegata qui nel portafogli.

    L’ultimo son

    I professori della Preparatoria 29 ricordano Christian come un alunno serio, studioso, preciso con i compiti e tranquillo. La sua media dell’8.74 non fa che riflettere la sua perseveranza negli studi.

    La sua passione per la danza e le innumerevoli volte che arrivava a lezione calzando gli stivaletti da ballo, sono altri dettagli che ricordano i docenti. 

    Con le sue amiche di scuola gli piaceva copiare le coreografie dei balli moderni, le sollevava e gli faceva fare delle giravolte. Oppure andavano a passeggiare alla laguna, a una quindicina di chilometri da Tixtla.

    La sua amica Maricruz Zamudio descrive la sua compagnia come molto speciale. Non solo le rispettava, ma le proteggeva. C’era sempre un’occasione per divertirsi: le passeggiate, il ballo, le feste a casa di qualcuno del gruppo, la sagra del paese. Fino a che la scuola superiore era finita e tutto questo pure. 

    —L’ultima volta che abbiamo ballato insieme è stato con il son della Periquita —ricorda Tania—. Era stato di domenica, in occasione del fandango, il ballo tradizionale del paese.

    Dopodiché Christian aveva dovuto lasciare la danza per andare alla Normal di Ayotzinapa.  

    Ayotzinapa, l’unica opzione

    Christian sognava di andare all’università per trovare un lavoro e aiutare economicamente la sua famiglia. Ma diventare veterinario, insegnante di sostegno o maestro di  danza erano rimasti solo quello: un sogno.

    Don Clemente ricorda che, aver convissuto fin da piccolo con gli animali, aveva fatto nascere in suo figlio la curiosità per la veterinaria e l’agronomia. Nel terreno vicino a casa sua ci sono maiali, galline, un’anatra e un porcellino d’india, alimentati e curati da Christian che sognava di poter avere anche un cavallo.

    Diventare veterinario o agronomo non erano state scelte possibili. Pagare le spese di trasporto per raggiungere l’Università Autonoma di Chapingo, a Texcoco, nell’Estado de México, non era sostenibile.

    E neppure aveva potuto studiare danza o diventare insegnante di sostegno dato che le scuole si trovano nella capitale dello stato, Chilpancingo, e avrebbe dovuto spendere troppo: anche se avrebbe dovuto percorrere solo 16 chilometri per raggiungere la capitale, ogni mese avrebbe speso 1,000 pesos solo di trasporto.

    Malgrado tutto, Christian aveva fatto domanda per entrare alla Centenaria Escuela Normal del Estado “Ignacio Manuel Altamirano” per diventare insegnante di sostegno, e anche se all’inizio non l’avevano ammesso dopo poco tempo si era liberato un posto e l’avevano chiamato per offrirglielo. Ma quando la telefonata era arrivata lui si era già immatricolato come studente di Ayotzinapa.

    “Non volevo essere ayotzi, ma rimarrò qui”, aveva detto con rassegnazione alla sua amica Mayelli Salmerón quando non era riuscito a convincere i genitori che avrebbe preferito l’altra opzione. I suoinon avrebbero comunque potuto permettersi di pagare il costo del trasporto e dei pasti.

    –Mi sento in colpa: se avessi avuto più soldi lo avrei mandato in un’altra scuola e non sarebbe successo quello che è successo– accetta, triste, don Clemente.

    “Solo un anno, resisti solo un anno”

    La mattina del 9 agosto del 2014 Jairo Díaz si era sorpreso quando aveva visto il suo amico Christian rapato e con le vesciche alle mani e ai piedi. La sua curiosità si era fatta ancora più grande notando che l’amico calzava delle infradito invece delle solite scarpe sportive o degli stivaletti da ballo.

    Christian era entrato da poco alla Normal. Stava attraversando la settimana di prova che impone il Comitato Organizzativoai nuovi alunni. “Mi ha detto che era stanco, che era la sua settimana di prova e che lo avevano lasciato uscire qualche giorno per risposarsi ma che doveva ritornare”.

    Gli aveva mostrato le mani piene di vesciche derivate dal chaponeo (tagliare l’erba e seminare). Le infradito invece gli avevano fatto venire le vesciche ai piedi. Quella era stata l’ultima conversazione tra i due amici, si erano incontrati di fronte alla scuola superiore durante l’elezione della Señorita Fotogenica.

    Gli aveva fatto altre confessioni: che ogni volta che andavano al chaponeo prendeva della frutta, ma di nascosto perché era proibito. Metteva da parte qualche mango per quando aveva fame dato che si rifiutava di mangiare il cibo “marcio” che gli davano quelli del Comitato.

    Hugo, il soprannome che gli avevano dato ad Ayotzinapa perché si vestiva con imitazioni della marca Hugo Boss, era uno dei cento alunni che a settembre del 2014 avevano iniziato a studiare il corso di Maestro Rural de Primaria (maestro rurale di scuola elementare). Come tutti gli altri novellini, era stato rapato. Così lo avevano visto per l’ultima volta i suoi amici delle superiori quando gli ayotzinapos –come sono conosciuti gli studenti della Escuela Normal Rural di Ayotzinapa– avevano partecipato alla parata del 16 settembre. Erano riusciti a salutarlo a distanza mentre marciava.

    Condivideva un cubi –il soprannome che danno ai dormitori nella Normal–  di circa 16 metri quadrati con altri nove compagni. In dieci dentro a una piccola stanza.

    Grazie alla sua disciplina aveva superato le prove imposte dal Comitato,ma gli mancavano i suoi amici e le lezioni di danza e per questo non riusciva ad adattarsi alla nuova routine. 

    Suo padre gli aveva consigliato di unirsi al gruppo di danza della scuola per evitare di partecipare alle attività politiche che venivano organizzate alla Normal. Christian non aveva voluto perché i passi di ogni ballo erano diversi da quelli che aveva imparato col suo maestro di danza, Alejandro Salinas.

    Troppe lamentele in poco tempo. Clemente gli aveva chiesto di resistere un anno, dopodiché avrebbero valutato altre possibilità. Gli aveva anche detto di correre a nascondersi o prendere un taxi e tornare a casa se ci fosse stata qualche situazione di pericolo, per esempio se la polizia avesse iniziato a reprimere durante qualche azione studentesca.

    Mercoledì 24 settembre è stato l’ultimo giorno in cui l’hanno visto. Christian era arrivato a casa. La stanchezza l’aveva sopraffatto quando si era sdraiato sul letto. Al risveglio aveva chiacchierato con la sua famiglia, gli aveva detto che stava bene e che ce l’avrebbe fatta. Poi erano montati tutti insieme sul loro pick-up Nissan modello 1992 per accompagnarlo ad Ayotzinapa. Erano ripartiti dopo averlo visto perdersi tra gli edifici della scuola.

    Del cubi “G” sono sopravvissuti solo in tre alla tragedia di Iguala. Oltre a Christian sono spariti il Beni, il Julión, il Chukito, il Chilango, il Boby e il Botitas.

    Tania, la sua compagna di ballo, è stata l’ultima a sapere qualcosa di lui. Il 26 settembre, alle 5:35 del pomeriggio, le aveva mandato un messaggio dove le diceva che avrebbe partecipato ad un attività studentesca, che a scuola si trovava bene e che si sarebbero potuti vedere presto perché lo avrebbero lasciato uscire.

    —Compagna, non cambiarmi con nessun altro —l’aveva pregata Christian.

    —No compagno, ti aspetterò— aveva promesso lei.

    Il dolore tatuato

    Clemente ha lo sguardo triste. Anche quando sorride. Dal momento in cui hanno fatto sparire il suo unico figlio maschio ha mollato tutto per cercarlo e manifestare per esigere la sua riapparizione con vita. Quest’uomo di 47 anni ha perso il lavoro, ha perso tutto. Anche la pace.

    Con il suo furgoncino andava a vendere taniche d’acqua potabile per le strade di Tixtla. Quando hanno fatto sparire Christian ha lasciato, dopo 11 anni, il suo lavoro. Così è stata annullata anche la fonte di guadagno con la quale manteneva la sua famiglia. Anche sua moglie, Luz María, di sette anni più giovane, ha smesso di preparare e vendere tortillas per cercare suo figlio.

    Clemente, che ha partecipato a tutte le manifestazioni, assemblee, riunioni con i funzionari del governo, e ha anche visitato alcune città degli Stati Uniti, ha deciso di tatuarsi quella che è stata la sua ricerca, come una terapia o chissà, una catarsi.

    Il disegno sull’avambraccio sinistro rappresenta una tartaruga con quattro zampe e due antenne sulla testa per simulare una farfalla. Il guscio forma uno scudo con sei puntine. Dentro al guscio c’è un’altra piccola tartaruga e sopra di lei si intrecciano due chiocciole che formano un labirinto. Ognuna ha un’entrata e un’uscita.

    Clemente spiega che la tartaruga-farfalla vola nel cielo alla ricerca del suo figlio tartaruga. Il labirinto e le chiocciole intrecciate rappresentano la sua ricerca e il rincontro.

    L’autore è David Alcántara, e ha fatto il disegno su consiglio dei terapeuti che forniscono supporto emotivo a tutti i genitori degli studenti desaparecidos.

    Ai miei conoscenti ho detto che me lo sarei fatto per poi dire a mio figlio: guarda, figlio, è dal 26 di settembre che continuo a cercarti e non ho mai smesso di lottare.

    Ti immagini quando ritorna?

    Lucía grida lo slogan che si è convertito nell’inno di tutte le manifestazioni per esigere la riapparizione dei studenti che hanno fatto sparire: “Vivi se li sono portati via, vivi li rivogliamo!”. Lucía risalta per la sua altezza —un metro e 76—, la pelle bianca e i suoi capelli lunghi e ricci.

    L’ho conosciuta il giorno che hanno montato l’anti-monumento a Città del Messico, lungo il Paseo de la Reforma, per ricordare i 43 studenti desaparecidos. Indossava una maglietta nera con la foto di Christian Alfonzo —così, con zeta— Rodríguez Telumbre.

    —E tu chi sei? —le chiedo, intrigata dal fatto che non si allontanava un momento dalla zia del giovane desaparecido.

    La sua fidanzata —mi risponde ridendo.

    Parlare di desaparecidos per lei non è una novità. È figlia di Bettina Gómez, una storica che ha dedicato la sua vita a documentare le dittature, i gruppi guerriglieri e i movimenti sociali in America Latina e che ora è la responsabile dell’archivio Gregorio y María Selser.

    Almeno ogni quindici giorni, Lucia viaggia da Città del Messico, dove abita, fino a Tixtla per far visita alla sua seconda famiglia, i Rodríguez Telumbre. Gli porta cibo, vestiti e regali, e organizza con Mayra delle brigate di solidarietà verso i quartieri e i paesi limitrofi.

    Insieme alle sorelle del giovane studente immagina come sarà il suo ritorno.

    —Immagina che Christian arriva in questo momento e io non mi sono pettinata e tu non hai nemmeno un po’ di trucco —dice alle ragazze, facendole ridere.

    Don Clemente ormai la presenta come sua nuora, e le sue figlie come loro cognata.

    —Cosa provi per lui? —continuo a chiederle varie  settimane dopo averla conosciuta.  

    —Potrei dire che gli voglio bene.

    Sedute  in un bar di Città del Messico aggiunge:

    —È strano perché non lo conosco, però so che la necessità di esigere che se vivi se li sono portati via, vivi li rivogliamo, è perché voglio davvero che lui ritorni, [voglio] vederlo.

    La sua presenza inietta allegria a tutta la famiglia Rodríguez Telumbre. In casa mette musica, li fa ballare e cantare.

    Alimenta il loro desiderio di veder ritornare Christian. Li aiuta a mantener viva la speranza, che è anche la sua, di poterlo finalmente conoscere.

  • Messico: identificati i resti di Christian Rodríguez, uno dei 43 studenti desaparecidos di Ayotzinapa

    Messico: identificati i resti di Christian Rodríguez, uno dei 43 studenti desaparecidos di Ayotzinapa
    Christian Alfonso Rodriguez Telumbre, studente di Ayotzinapa, Messico, 2020 (illustrazione di Haydée Flores-CENCOS)

    Puoi ascoltare l’articolo letto dall’autore in questo player.

    Di Fabrizio Lorusso

    Leggi anche l’articolo su chi era Christian Alfonso qui.

    Ascoltalo anche in “Fino alle 8” su Radio Popolare dal minuto 83 (1 ora e 23) qui.

    Christian Alfonso Rodríguez era uno studente della scuola rurale di Ayotzinapa, nello stato del Guerrero, in Messico. Amava la veterinaria e la danza folclorica, e i compagni lo chiamavano Clark per i suoi occhiali e il taglio di capelli simili a quelli dell’alter ego di Superman. Insieme ad altri 42 aspiranti maestri, a Iguala, nella notte tra il 26 e 27 settembre del 2014, Christian fu vittima di sparizione forzata.

    Il 7 luglio scorso l’attuale procuratore del caso, Omar Gómez, ha confermato che alcuni micro-frammenti ossei ritrovati nella vicina città di Cocula, analizzati dall’Università di Innsbruck, appartengono al ragazzo. Questa identificazione smantella definitivamente la cosiddetta “verità storica” fabbricata dal precedente governo.

    6 anni fa decine di studenti di Ayotzinapa soffrirono una serie di attacchi perpetrati dalla polizia municipale e da gruppi della criminalità organizzata, collusi con le autorità, sotto lo sguardo complice dell’esercito e della polizia federale che non impedirono la strage: 6 morti, centinaia di feriti e 43 desaparecidos fu il bilancio della “notte di Iguala”.

    L’allora procuratore generale, Jesus Murillo, e il suo braccio destro, il direttore dell’agenzia per le investigazioni criminali, Tomás Zerón, oggi profugo all’estero e ricercato dall’Interpol, produssero una versione falsa dei fatti, che chiamarono, con cinica ironia, la “verità storica”.

    Secondo questa ricostruzione, ottenuta da alcuni testimoni mediante tortura con il fine di insabbiare le indagini, i ragazzi sarebbero stati consegnati dalla polizia di Iguala alla banda criminale dei Guerreros Unidos per poi essere bruciati nella discarica di Cocula e gettati nel sottostante fiume San Juán.

    Nell’ottobre di 6 anni fa Zerón simulò il ritrovamento di alcuni resti ossei, contenuti in borse di plastica lungo le rive del fiume, e questi risultarono essere di due studenti, Alexander Mora e Joshivani Guerrero, ma nessuno sa da dove venissero veramente, dato che fu il funzionario a piantarli come “evidenze dei fatti” in quel luogo.

    La manipolazione delle prove e l’esclusione di altre piste, scomode per il governo dell’allora presidente Peña Nieto, ha impedito in questi anni l’accesso alla verità e alla giustizia per le famiglie degli studenti e la società intera, che ha reagito con la creazione di un solido movimento sociale di solidarietà.

    Giornalisti ed esperti internazionali, tra cui l’Equipe Argentina di Antropologia Forense e il Gruppo Indipendente (GIEI) inviato nel 2015 dalla Corte Interamericana dei Diritti Umani, hanno smontato pezzo dopo pezzo l’investigazione e le azioni del governo e della procura che, tra l’altro, tendevano a criminalizzare le vittime e le loro famiglie.

    L’amministrazione di Andrés Manuel López Obrador dal dicembre 2018 ha investito molto capitale politico e risorse materiali per cercare di voltare pagina e ribaltare giudiziariamente questa falsa-verità, intensificando le ricerche sul campo, creando una commissione per la verità e una procura speciale, e anche riconoscendo le responsabilità delle autorità statali nel crimine. Qualche passo avanti è stato fatto anche se l’esercito, l’ex presidente e l’ex procuratore sembrano, per ora, intoccabili.

    Le famiglie messicane che cercano i desaparecidos dicono che i resti dei loro cari, sepolti in fosse clandestine, sono dei tesori d’inestimabile valore. L’identificazione di un ossicino del piede destro di Christian è fondamentale perché è stato trovato in un’altra zona, a 800 metri da quella discarica di Cocula in cui le indagini precedenti pretendevano di seppellire la verità e chiudere il caso. Invece non è così, ed emerge una nuova verità resistente dalle ceneri dell’ignominia.