Difendere il patrimonio culturale in Messico e in Italia (?)…

 

 

Segundo Coloquio sobre Patrimonio de la ciudad de México

Defendamos el patrimonio o nos lleva la tristeza.

Por: Alfonso Hernández H. (*)

Tenemos un Ángel de la Independencia, convertido en emblema de la ciudad. Su rostro mira hacia el Zócalo, donde se perciben muchos acontecimientos, pero, él, también mira una catástrofe que amontona escombros arrojados a sus pies, por una epidemia que pulula en la ciudad. Ese ángel desearía volar, para despertar conciencias e inconsciencias, pero su solo espíritu no puede emancipar el patrimonio esencial que está desapareciendo.

Los enclaves, los símbolos, y los baluartes de referencia cultural en los barrios y pueblos originarios, continúan siendo vulnerados por el urbanismo depredador, pues las dependencias encargadas de preservar el patrimonio, simplemente lo catalogan e inventarían para mantenerlo cautivo en una jaula de la melancolía de la mexicanidad. Tan es así, que los bienes de nuestra cultura e historia los siguen exhibiendo como un botín de la Conquista, y de la Colonia, para esos espectadores distanciados de su identidad, pues ya no se sienten parte de nuestra historia.

Siendo herederos del Pueblo del Sol, debemos cumplir la Ordenanza de Cuauhtemoctzin continuar luchando al amparo de nuestro destino”…

Para los chicanos, Aztlán está del lado izquierdo del tórax, cerquitita del corazón, casi confundiéndose con él…

Para los chilangos, que no hemos olvidado el arduo aprendizaje del respeto a todo lo que nos legaron nuestros ancestros, y que hoy exhiben en los museos, para la negación de nuestra historia matria y el olvido de nuestro nopal genealógico…

A esos, nosotros, y a cada cual su nagual, nos persigue un coyote hambriento, aullándole a esa historia oficial que se mofa de nosotros, exhibiendo el patrimonio en los museos del olvido para ilustrar el supuesto abandono de las fuerzas tutelares  y los mitos de nuestros ancestros…

El paisaje urbano deja entrever algunos vestigios de un olvido incompleto donde algunos académicos se encandilan con las ilusiones ópticas de su punto de vista, y donde somos otros quienes nos comprometemos a que no sigan esquilmando la memoria contenida en el patrimonio histórico, cultural y artístico de nuestra ciudad…

En la Ciudad de México, prevalecen en el presente, huellas históricas y patrimoniales del pasado; y las de un futuro todavía incierto. Y al confundirse el pasado con el presente y con el futuro; se deben crear nuevas atribuciones del gobierno, y mayores responsabilidades de las instituciones, y de los ciudadanos; pues una ciudad que valora, que preserva, y que difunde su patrimonio, garantiza una mejor calidad de su ciudadanía y la autenticidad de su soberanía.

El patrimonio protegido y al alcance de todos, es lo que abre las ventanas y las puertas culturales a la parte luminosa de la ciudad. Por lo tanto, vigilar, proteger y preservar el patrimonio es una responsabilidad de la sociedad en cada localidad donde lo haya.

Evitemos el cambio de forma y función del patrimonio de cada ámbito urbano. Procuremos la representatividad jurídica de la sociedad civil de cada localidad, con la de sus cronistas de barrio, colonia, y pueblo, para encarar a la burocracia de las instituciones federales y dependencias locales. Una prueba de ello, es que desde hace tres años no puede integrarse el Consejo de Salvaguarda del Patrimonio de la Ciudad de México, porque la Ley de Cultura del Distrito Federal carece de Reglamento. Éstos son algunos de los retos que tenemos que asumir, antes de que al patrimonio se lo lleve la tristeza.

Estamos frente a una lucha más contra el monopolio del poder, para hacer ver y hacer creer, para dar a conocer y hacer reconocer, el patrimonio del Distrito Federal, e imponer nuestra propia definición y legítima condición de custodios y apoderados del patrimonio de la Ciudad de México; y consecuentemente tener la osadía de forjar nuestros paradigmas propios.

Los cronistas aplicamos la ley del orden histórico y del simbolismo mestizo, por ser la que nos evita caer en las trampas de la representación dominante del patrimonio coreográfico en los llamados pueblos mágicos, que terminan convertidos en centros de negocios con franquicia transnacional.

Hasta la fecha, los beneficiarios políticos de todo esto, han sido la burocracia ideológica del INAH, y del INBA, cuya doctrina de nacionalismo cultural no ha propiciado el cabal apego y respeto del ciudadano a su patrimonio. Consecuentemente, la manipulación del espacio y el tiempo han hecho que la historia sea la novia de todas sus instituciones.

Debemos consolidar un mensaje cuyo proyecto político remueva conciencias e inconsciencias, evidenciando jurídicamente las contradicciones de las instancias oficiales, pues en la Ciudad de México, el patrimonio, nuestro patrimonio, debe de estar al servicio de la memoria histórica capitalina.

La Ciudad de México es un patrimonio común, en cuyo espacio compartido vivimos y decidimos nuestra historia. Pues el Distrito Federal no es sólo un espacio material que funge como base de toda clase de actividades, sino también un escenario cultural que suscita innumerables representaciones que impactan y repercuten en el ámbito nacional.

Debemos remover en la conciencia de la gente, el sentido de pertenencia, apego, y fidelidad a todo lo que nos da identidad. Pues los modelos y antimodelos del discurso dominante en torno al patrimonio, sacralizan funciones y jerarquías, legitiman inmuebles y excluyen espacios y usos, privilegiando únicamente edificios edificantes soslayando los lugares míticos y vernáculos que preservan la memoria colectiva.

La categoría del patrimonio la siguen estableciendo utilitariamente en relación a su uso proyectado, cuya cualidad de lugar lo convierte en botín burocrático y presupuestal. La teoría oficial del patrimonio es hacer del símbolo un objeto, manipulando el espacio y el tiempo para convertir objetos espaciales en signos simbólicos que materialicen el discurso de los eventos diseñados desde el escritorio.

El auténtico valor patrimonial contiene la capacidad de poner en comunicación espacios y tiempos diferentes, circulando el sentido histórico y trasmitiendo las significaciones de nuestra ciudad con tantos lugares comunes y espacios compartidos culturalmente en los barrios, las colonias y los pueblos.

En el ámbito de la cultura, antes el DDF, y hoy el GDF, se han valido de estructuras mediadoras que burocráticamente siguen acotando y legitimando inmuebles y sitios que sólo ellos catalogan con valor patrimonial; soslayando lo que los cronistas consideramos tradicionalmente como espacios vitales y lugares simbólicos, que definen la esencia y la validez de nuestro patrimonio primordial.

Tan cierto es mi dicho que, la desidia institucional se está convirtiendo en la cal de las paredes, y el salitre de los muros, del patrimonio que derriba el urbanismo depredador y que desmorona el viento suave, cabrón, y devastador.

Desde que indujeron el empobrecimiento cultural en la ciudad, a fin de adaptar a la población a un mercado único, regenteado por la sociedad del espectáculo “para que dejemos de ser pueblo y nos convirtamos en público consumidor de sus eventos”. La burocracia que comanda la industria cultural, ha ido disecando la esencia del patrimonio popular para hacerle perder sus energías. ¿Y si no es así, entonces porqué sí hay presupuesto para gastarse lo que quieren, contratando actuaciones que escenifican teatralmente lo que ellos consideran el imaginario colectivo?

Más allá de los estereotipos con los que se pueda definir el patrimonio tangible e intangible, los cronistas estamos custodiando y defendiendo los espacios y las actividades cuyas estructuras afectivas y simbólicas definen nuestra identidad. El patrimonio local de los barrios, las colonias y los pueblos, es todo aquello que define el origen, el aura, y la vitalidad del lugar. Y que, por acumulación cultural propia, está fuera del mercado ideológico regenteado por el INAH y por el INBA.

Lamentablemente, la salvaguarda del patrimonio no está en manos de un ejecutivo eficiente, de una legislatura representativa, ni de una vigilancia justa. Para ello, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, con el articulado en cuatro decretos, ha restringido jurídicamente las atribuciones y la función de los cronistas, como custodios, difusores, y defensores del patrimonio histórico y cultural de su localidad; lo cual no sucede con la jurisprudencia para los cronistas de todas las demás entidades del país.

Así cómo los cronistas nos apoyamos en la cultura local, también estamos en contra de la burocracia gerencial, por estar contaminada con modalidades corruptas, actitudes paternalistas, y estrategias corporativas plagadas de fayuca cultural. Por eso, los fundamentos del patrimonio local no se basan en una exaltación a ultranza, sino en cómo los cronistas damos legitimidad y fortalecimiento a las tradiciones, costumbres y festividades que generan la circulación de las ideas que refuerzan la pertenencia, la identidad y la cultura. Modestia aparte, los cronistas somos el único grupo especializado que cuestiona y que rebasa los límites críticos contra la opinión y el dictamen de la burocracia cultural.

En lo referente a la definición del patrimonio, la legislación oficial le ha puesto tantos barrotes, y candados, a la “jaula” de la melancolía” de los cantados y decantados tiempos en que todo era bonito. Por ello, la ciudad tiene trazadas muchas “fronteras” como límites impuestos, o autoimpuestos, para fomentar el anonimato ciudadano y dificultar la salida y el cruce de puentes al exterior. La metáfora de la “jaula”, las “fronteras”, y el “puente” entre una y otra frontera cultural, son el equivalente al Departamento de Sentimientos de Culpa que el gobierno federal abrió, luego de suscribir el Tratado de Libre Comercio.

La solidez del puente que seguimos construyendo los cronistas, con todo el andamiaje cultural que tenemos, nos hará cruzar todas las fronteras para abrir esa jaula leguleya con la que tratan de encerrar y manipular la esencia de nuestro patrimonio.

Esto es tan urgente que, en este 2010, la nueva Ley de Desarrollo Urbano “Sustentable” le otorga a la SEDUVI facultades para trastocar el patrimonio a favor del capital inmobiliario y el urbanismo depredador, con nuevas nomenclaturas y tipologías de uso del suelo. Por todo lo anterior, nuestra Asociación de Cronistas seguirá defendiendo el patrimonio esencial, contenido en todos los lugares que preservan nuestra identidad y en todas las actividades que resguardan las festividades que definen nuestra cultura.

Tangible e intangible, es patrimonio primordial cada lugar y toda representación que evoca, y que deja percibir, la resistencia de su sobrevivencia histórica, sin separar la realidad social de la cultura en la cotidianidad.

Alfonso Hernández Hernández, es: Hojalatero social y Cronista de Tepito  /  Director del Centro de Estudios Tepiteños  /  ww.barriodetepito.com.mx  /  En 2009-2010, presidente de la Asociación de Cronistas del Distrito Federal  /  Museo Archivo de la Fotografía.    Miércoles 17 de Noviembre de 2010  /  República de Guatemala 34, Centro Histórico, Delegación Cuauhtémoc

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